¿Qué fue la Ilustración?
La Ilustración fue un movimiento intelectual, filosófico y cultural que se desarrolló en Europa durante el siglo XVIII. Tuvo gran influencia sobre los procesos sociales y políticos de Europa y América hasta principios del siglo XIX.
Este movimiento es conocido también como «iluminismo» porque consideraba que la razón era la luz que iluminaría el conocimiento humano para sacar a la humanidad de la ignorancia y de esta manera construir un mundo mejor. Por esta razón, el siglo XVIII suele ser llamado el «Siglo de las Luces».
Características de la Ilustración
Las principales características de la Ilustración fueron las siguientes:
- Se difundió entre burguesía y sectores de la aristocracia. Sus ideas se discutían en los salones organizados por señoras de clase alta donde se reunían filósofos, científicos, artistas, literatos, etc. Estos grupos se transformaron en grandes consumidores de libros.
- Consideraba que el pensamiento racional era la única forma de acceder al conocimiento verdadero. Se llegaba a conocer el mundo a través del razonamiento, la observación y la experimentación.
- Negaba cualquier forma de conocimiento que no procediera del análisis racional. Por eso, consideraba las creencias populares y la religión como meras supersticiones.
- En un contexto en el que la categoría de las personas estaba determinada por su origen familiar, sostenía que todas las personas nacían iguales y tenían derechos naturales.
- Creía en la posibilidad de progreso tanto material como moral de las sociedades a partir de los descubrimientos científicos y tecnológicos. Confiaba en que el conocimiento podía mejorar la vida de las personas y de las sociedades.
- Cuestionó las monarquías absolutas y el principio de que el poder del rey provenía de Dios.
Antecedentes de la Ilustración
Los principales antecedentes de la ilustración fueron:
- Una tendencia sostenida desde comienzos del siglo XV a valorar el pensamiento humano como fuente del saber.
- La difusión de dos corrientes filosóficas que tuvieron importante desarrollo en siglo XVII: el empirismo y el racionalismo. El empirismo sostenía la importancia de la observación y la experimentación para conocer los fenómenos y el racionalismo, el uso del razonamiento lógico.
- El liberalismo inglés propuesto por John Locke, quien sostenía que la racionalidad era una característica natural de las personas y la función de los gobiernos era garantizar sus derechos naturales, es decir, la vida, la libertad, la igualdad y la propiedad.
- La necesidad social de encontrar respuestas a las nuevas inquietudes e incertidumbres humanas que la religión y los gobiernos no podían explicar.
Consecuencias de la Ilustración
Algunas consecuencias del pensamiento ilustrado fueron las siguientes:
- Dio un fuerte impulso al desarrollo del método científico y de las ciencias como las conocemos en la actualidad.
- Su cuestionamiento de los privilegios de sangre fueron los principios de la Revolución Francesa que terminó con la monarquía absolutista
- En otras monarquías, como la española, los reyes practicaron un sistema llamado despotismo ilustrado. Si bien mantenían el absolutismo, adherían a los principios de la Ilustración y pretendían brindar a sus súbditos educación y medios para progresar.
- La difusión de sus cuestionamientos al poder político vigente y de la idea de igualdad de las personas ante la ley fue una influencia importante para los criollos americanos. Esos fueron los principios que guiaron las revoluciones independentistas de las colonias europeas.
- En Francia, los pensadores de la Ilustración crearon una enciclopedia para reunir y difundir todo el conocimiento. Esta publicación, llamada Enciclopedia o Diccionario razonado de las ciencias, las artes y los oficios, se fue completando a lo largo de los años y fue el antecedente de las actuales enciclopedias tanto materiales como virtuales.
LA ILUSTRACIÓN
La Ilustración es la salida del hombre de su autoculpable minoría de edad. La minoría de edad significa la incapacidad de servirse de su propio entendimiento sin la guía de otro. Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no reside en la carencia de entendimiento, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de él sin la guía de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propio entendimiento!, he aquí el lema de la Ilustración.
La pereza y la cobardía son las causas de que una gran parte de la humanidad permanezca, gustosamente, en minoría de edad a lo largo de toda su vida, y por eso es tan fácil para otros erigirse en sus tutores. ¡Es tan cómodo ser menor de edad! Si tengo un libro que piensa por mí, un director espiritual que reemplaza mi conciencia moral, un médico que me prescribe la dieta, etc., entonces no necesito esforzarme. Si puedo pagar, no tengo necesidad de pensar; otros asumirán por mí tan fastidiosa tarea. Aquellos tutores que tan bondadosamente han tomado sobre sí la tarea de supervisión se encargan ya de que el paso hacia la mayoría de edad sea considerado peligroso. Después de haber entontecido a sus animales domésticos, que no se atreven a dar un paso sin las andaderas en que han sido encerrados, les muestran el peligro que les amenaza si intentan caminar solos. Lo cierto es que ese peligro no es tan grande, porque después de unas cuantas caídas aprenderían a valerse por sí mismos. Pero ese riesgo inicial asusta tanto que, para muchos, la pasividad de su espíritu se ha convertido ya en consustancial.
Ciertamente, siempre se encontrarán algunos hombres que piensen por sí mismos, incluso entre los establecidos tutores de la gran masa, los cuales, después de haberse autoliberado del yugo de la minoría de edad, difundirán a su alrededor la estimación del propio valor y de la vocación de todo hombre a pensar por sí mismo. Pero aquí se ha de señalar algo especial: aquel público sometido anteriormente a este yugo por tutores incapaces de cualquier Ilustración, si es que se libera de él, obligará más tarde a los propios tutores a sufrir el mismo calvario que ellos padecieron. Por eso es tan perjudicial inculcar prejuicios, pues al final terminan vengándose de sus mismos autores. De ahí que el público pueda alcanzar sólo lentamente la Ilustración. Quizá mediante una revolución sea posible derrotar el despotismo personal junto a la opresión ambiciosa y dominante, pero nunca se consigue la verdadera reforma del modo de pensar, sino que tanto los nuevos como los viejos prejuicios servirán de riendas para la mayor parte de la masa carente de pensamiento.
Immanuel Kant, Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?
...¿De dónde procede, pues, ese dominio, todavía tan general, de los prejuicios y ese oscurecimiento de las mentes ante la luz esparcida por la filosofía y la experiencia? La época es ilustrada, es decir, se han encontrado y ofrecido públicamente los conocimientos suficientes. El espíritu de la libre investigación ha diluido las fantasmagorías que impidieron durante largo tiempo el acceso a la verdad, y ha socavado la base sobre la que construyeron su trono el fanatismo y el engaño; la razón se ha purificado de las ilusiones de los sentidos y de una sofística engañosa. ¿A qué se debe, pues, que aún continuemos siendo bárbaros?
Si esta causa no está en las cosas, tiene que existir algo en los espíritus de los hombres que impida la admisión de la verdad, aunque ésta brillara muy claramente. Un viejo sabio lo ha sentido y expresado en la significativa máxima: ¡sapere aude! “Atrévete a ser sabio” Lo cual requiere energía y valor para combatir la pereza y la cobardía con que el corazón se enfrenta al saber. A causa de la lucha, la mayor parte de los hombres se fatiga y abandona. Contentos cuando eluden el agrio esfuerzo de pensar, dejan gustosamente que otros ejerzan la tutela sobre sus conceptos; si alguna vez se hace sentir en ellos una necesidad superior, recurren con fe ardiente a las fórmulas que el Estado y el clero tienen preparadas para tal caso. Si estos hombres desgraciados merecen nuestra compasión por su dependencia, nuestro justo desprecio a los otros, a los que podrían evitar el error mediante el conocimiento y sin embargo se humillan voluntariamente ante él. Tendrían que ser sabios para amar la sabiduría.
La educación de la capacidad de sentir es, pues, la más urgente necesidad de la época, no simplemente porque es un medio para hacer efectiva una comprensión mejor de la vida, sino, incluso, porque despierta la comprensión para el perfeccionamiento.
Friedrich Schiller, Sobre las fronteras de la razón
Robinson Crusoe, Daniel Defoe (resumen)
Narra
la historia de un joven inglés que desea salir en busca de aventuras,
pero su barco naufraga cerca de la desembocadura del río Orinoco. Él es
el único superviviente. Logra llegar a una isla cercana, donde vivirá
prácticamente solo durante vientiocho años, hasta que es rescatado. Los
últimos años tuvo la compañía de un indígena, al que dio el nombre de
Viernes, al que enseñó las costumbres occidentales.
Robinson Crusoe, Daniel Defoe
El buque encalló profundamente en las arenas, de manera que solo nos quedaba tratar de salvar la vida de cualquier manera... Once embarcamos en un bote... Una ola gigantesca cayó sobre el bote con tal violencia, que se dio vuelta en un instante... Nadé hacia adelante con todas mis fuerzas... Fui el único que consiguió pisar tierra, empapado, sin ropa para cambiarme y nada que comer y beber; sólo tenía un cuchillo, una pipa y un poco de tabaco en una cajita... Todo lo que se me ocurrió fue treparme a un frondoso árbol, y allí me propuse estarme la noche entera y decidir, a la mañana siguiente, cuál sería mi muerte.
Anduve primero en busca de agua dulce. Después de beber y mascar tabaco trepé a mi árbol, tratando de hallar una posición de la cual no me cayera si el sueño me vencía. Había cortado un sólido garrote para defenderme.
Al otro día no había huellas del temporal. La marea había zafado al barco y lo había traído hacia las rocas... Poco después de mediodía el mar se puso como un espejo y la marea bajó tanto que pude acercarme a un cuarto de milla del barco (ya entonces sentía renovarse mi desesperación al comprender que si nos hubiésemos quedado a bordo estaríamos a salvo y en tierra)... Nadé hasta el barco.
Las provisiones de a bordo no habían sufrido absolutamente nada; pude satisfacer mi gran apetito, llenándome además los bolsillos de galleta. Bebí un buen trago de ron para fortalecerme ante la tarea que me esperaba... [Armó una balsa, con elementos que encontró en el barco]... Se presentaba el problema de elegir lo indispensable y al mismo tiempo preservarlo de los golpes del mar [eligió comida, herramientas, armas].
Mi próxima tarea fue la de reconocer el lugar, en busca de un sitio adecuado para instalarme y almacenar mis efectos con toda seguridad... En la isla había aves; me pregunté si su carne sería o no comestible.
Se me ocurrió que aún podría sacar muchas cosas útiles del barco, y me decidí a hacer otro viaje a bordo... Hallé 2 o 3 cajas de clavos y tornillos, un gran barreno, 1 o 2 docenas de hachuelas, y lo más precioso de todo, una piedra de afilar... Seguí yendo diariamente al barco, aprovechando la marea baja... Lo que más me alegró en aquellos viajes es que después de estar 5 o 6 veces, y cuando ya no esperaba encontrar nada que valiera la pena mover de su sitio, seguía descubriendo cosas que me servían... En la cabina del capitán hallé una caja con 36 libras esterlinas en monedas europeas, brasileñas y algunas piezas de oro y plata. Sonreí a la vista de aquel dinero. ¿Para qué me sirves?', exclamé... Pero luego lo pensé mejor y tomé el dinero.
Mis pensamientos estaban ahora consagrados a encontrar los medios de asegurarme contra los salvajes y las bestias que pudiera haber en la isla... Calculé aquello que necesitaba en forma indispensable: en primer lugar agua dulce y aire saludable; luego abrigo y seguridad; finalmente, que si Dios me enviaba algún barco por las cercanías, no perdiera yo esa oportunidad de salvarme.
En el barco encontré plumas, tinta y papel, e hice lo indecible por economizarlos; mientras duró la tinta pude llevar una crónica muy exacta, pero cuando se terminó me hallé imposibilitado de continuarla, ya que no pude hacer tinta a pesar de todo lo que probé. Esto vino a demostrarme que necesitaba muchas cosas fuera de las que había acumulado. Habiendo conseguido acostumbrar un poco mi espíritu a su actual condición y abandonando la costumbre de mirar al mar por si divisaba algún navío, me apliqué desde entonces a organizar mi vida y a hacerla lo más confortable posible... Fabriqué una mesa y una silla.
DESPUÉS DE QUINCE AÑOS DE SOLEDAD EN UNA ISLA, EL NAÚFRAGO ROBINSON CRUSOE DESCUBRE LAS HUELLAS DE OTRO SER HUMANO
Ocurrió una mañana, hacia mediodía, cuando me dirigía hacia la piragua. Ante mi sorpresa descubrí las huellas perfectamente nítidas de un pie desnudo sobre la arena. Me detuve estupefacto, como golpeado por un rayo, o como si hubiesevisto un fantasma. Escuché, miré alrededor, no oí ni vi nada. Subí a un gran montículo para observar desde allí, recorrí la playa a lo largo y a lo ancho, pero no encontré ningún vestigio. Volví, pues, a observarlas nuevamente y a examinar alrededor para asegurarme de que no habían sido producto de mi fantasía; pero no, allí estaba muy precisa la huella de un pie, los dedos, el talón y todas sus partes. No sabía ni tampoco podía imaginarme cómo había llegado hasta allí. Después de infinitas ideas confusas,como las que se le pueden ocurrir a un hombre absolutamente perplejo y fuera de sí, volví a mi castillo, sin saber, por así decirlo, adónde iba, aterrado hasta lo indecible, mirando hacia atrás a cada dos o tres pasos, confundiendo cada arbusto y cada árbol, cada tronco a lo lejos, con un hombre. No es posible describir las formas diversas que atribuía a todos los objetos mi imaginación trastornada, cuántas ideas extravagantes se me ocurrieron y cuántos pensamientos extraños y absurdas elucubraciones me pasaron por la cabeza en aquel camino.
Cuando llegué a mi castillo, entré en él como a quien lo persiguen. Jamás una liebre o un zorro asustados huyeron a ocultarse con mayor terror que el mío a su refugio. Aquella noche no pude dormir. Estaba tan confuso con los terrores que yo mismo alimentaba en mí, que no pensaba más que en siniestras fantasías, pese a que en aquel momento me encontraba lejos del motivo de mi terror. Sense títol 5
¡Qué extraña y variada obra de la providencia es la vida de un hombre! ¡Y qué secretos y contradictorios impulsos mueven nuestros afectos, según las diferentes circunstancias! Hoy amamos lo que mañana odiamos. Hoy buscamos lo que mañana evitamos; hoy deseamos lo que mañana nos dará miedo; más aún, lo que mañana nos harátemblar de horror. Yo era un ejemplo manifiesto y viviente de esta verdad en este momento, pues yo, un hombre cuya mayor aflicción era haber sido borrado de toda sociedad humana, solo, rodeado por el ilimitado océano, separado de la humanidad, y condenadoa una vida silenciosa; yo, que era un hombre a quien el cielo había considerado indigno de vivir entre los hombres o de figurar entre las criaturas del Señor, un hombre a quien el solo hecho de ver a uno de su especie le hubiese parecido renacer, pasar dela muerte a la vida, como la mayor bendición que el cielo podía acordarme, después del don supremo de la salvación eterna, podía temblar de miedo ante la visión de un ser humano, y estaba dispuesto a meterme bajo la tierra, solo a causa de una sombra o dela ininteligible presencia de un hombre que había dejado las huellas de sus pies en esta isla.
La causa de todo esto surgía únicamente del hecho de haber visto las huellas del pie de un hombre, que me provocaron grandes aprensiones. Pues, como hasta entonces no había visto acercarse a la isla a ningún ser humano, ahora vivía con esta inquietud, que había quitado tranquilidad a mi existencia, como bien puede imaginar cualquiera que sepa lo que significa vivir bajo la insidia constante del miedo a los hombres.
Los viajes de Gullivert, de Jonathan Swift
El libro se nos presenta como la narración de un viajero llamado Lemuel Gulliver, quien fue «al principio un cirujano, y luego un capitán de diversos barcos». El texto es presentado como una narración en primera persona. Está dividido en cuatro partes, cada una representando un viaje diferente.
Parte I: viaje a Liliput
El libro comienza con un pequeño preámbulo en el que Lemuel Gulliver, en el estilo de los libros de la época, da una pequeña reseña sobre su vida e historia antes de sus viajes. Cuenta su procedencia, sus estudios y sus aficiones; entre ellas viajar. Se establece como médico, pero ante las dificultades económicas decide embarcarse para mejorar su situación. No obstante, sufre un naufragio. Nada hacia la costa y, de cansancio, cae dormido.
Al despertar, descubre que ha sido hecho prisionero por una raza de personas de un tamaño doce veces menor que un ser humano, es decir de menos de 15 cm de altura, habitantes del país isleño de Liliput.
Después de prometer un buen
comportamiento, obtiene la libertad y se convierte en el favorito en
la corte.
Parte II: viaje a Brobdingnag
Inquieto, Gulliver emprende
de nuevo viaje. Cuando el barco Adventure
es desviado por las tormentas y forzado a ir a una isla en busca de
agua dulce, el grupo de desembarco es perseguido por seres de
gigantesca estatura. Gulliver, abandonado por sus compañeros, huye
hasta un campo de cereal y allí es encontrado por un granjero
perteneciente a esta raza, de 22 metros de altura. Los habitantes de ese lugar son, por tanto, gigantescos.
En una excursión a la costa, es atrapado por un águila gigantesca que termina soltándolo sobre el mar, de donde es rescatado por un navío con el que retorna a Inglaterra.
Parte III: viaje a Laputa, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y Japón
Emprendiendo un nuevo viaje, el barco de Gulliver es atacado por piratas y grandes barcos y es dejado a la deriva cerca de una desolada isla rocosa cercana a la India. Afortunadamente es rescatado por la isla flotante de Laputa, un reino dedicado a las artes de la música, las matemáticas y la astronomía pero absolutamente incapaz de utilizarlas de modo práctico.
Parte IV: viaje al país de los Houyhnhnms
A pesar de su intención de quedarse en su hogar, Gulliver vuelve a la mar como el capitán de un mercante. Es abandonado en un bote salvavidas y llega primero ante una raza de lo que parecen horribles criaturas deformes a las que concibe una antipatía violenta. Pronto conoce a un caballo hablador y se da cuenta de que estos animales —en su lenguaje Houyhnhnm, que quiere decir de naturaleza perfecta— son los gobernantes y las deformes criaturas llamadas Yahoos, son seres humanos salvajes.
Vuelve a su hogar en Inglaterra. Sin embargo, es incapaz de reconciliarse con la vida entre los "yahoos" humanos y se convierte en un ermitaño, quedándose en casa, evitando en gran medida a su familia y su esposa, y pasando varias horas al día hablando con los caballos en sus establos.
Fragmentos
Los viajes de Gullivert, Jonathan Swift
Parte I
«Golbasto
Momaren Evlame Gurdilo Shefin Mully Ully Gue, muy poderoso emperador
de Liliput, delicia y terror del universo, cuyos dominios se
extienden cinco mil blustrugs -unas doce millas en circunferencia-
hacia los confines del globo; monarca de todos los monarcas, más
alto que los hijos de los hombres, cuyos pies oprimen el centro del
mundo y cuya cabeza se levanta hasta tocar el Sol; cuyo gesto hace
temblar las rodillas de los príncipes de la tierra; agradable como
la primavera, reconfortante como el verano, fructífero como el
otoño, espantoso como el invierno. Su Muy Sublime Majestad propone
al Hombre-Montaña, recientemente llegado a nuestros celestiales
dominios, los artículos siguientes, que por solemne juramento él
viene obligado a cumplir:
Primero. El Hombre-Montaña no
saldrá de nuestros dominios sin una licencia nuestra con nuestro
gran sello.
Segundo. No le será permitido entrar en nuestra
metrópoli sin nuestra orden expresa. Cuando esto suceda, los
habitantes serán avisados con dos horas de anticipación para que se
encierren en sus casas.
Tercero. El citado Hombre-Montaña
limitará sus paseos a nuestras principales carreteras, y no deberá
pasearse ni echarse en nuestras praderas ni en nuestros sembrados.
Cuarto. Cuando pasee por las citadas carreteras pondrá el
mayor cuidado en no pisar el cuerpo de ninguno de nuestros amados
súbditos, así como sus caballos y carros, y en no coger en sus
manos a ninguno de nuestros súbditos sin consentimiento del propio
interesado.
Quinto. Si un correo requiriese extraordinaria
diligencia, el Hombre-Montaña estará obligado a llevar en su
bolsillo al mensajero con su caballo un viaje de seis días, una vez
en cada luna, y, si fuese necesario, a devolver sano y salvo al
citado mensajero a nuestra imperial presencia.
Sexto. Será
nuestro aliado contra nuestros enemigos de la isla de Blefuscu, y
hará todo lo posible por destruir su flota, que se prepara
actualmente para invadir nuestros dominios.
Séptimo. El
citado Hombre-Montaña, en sus ratos de ocio, socorrerá y auxiliará
a nuestros trabajadores, ayudándoles a levantar determinadas grandes
piedras para rematar el muro del parque principal y otros de nuestros
reales edificios.
Octavo. El citado Hombre-Montaña entregará
en un plazo de dos lunas un informe exacto de la circunferencia de
nuestros dominios, calculada en pasos suyos alrededor de la costa.
Noveno. Finalmente, bajo su solemne juramento de cumplir todos
los anteriores artículos, el citado Hombre-Montaña dispondrá de un
suministro diario de comida y bebida suficiente para el mantenimiento
de 1.724 de nuestros súbditos, y gozará libre acceso a nuestra real
persona y otros testimonios de nuestra gracia. Dado en nuestro
palacio de Belfaborac, el duodécimo día de la nonagésimaprimera
luna de nuestro reinado.»
Parte IV
“(…)En otra conversación Su Majestad recapituló todo lo que yo le había dicho y arribó a la siguiente conclusión: “Mi pequeño amigo Grildrig: has hecho una admirable exposición sobre tu país, sobre su historia, sus instituciones, su cultura, su religión y sus costumbres. Has probado con absoluta claridad que la ignorancia, la pereza y el odio son los ingredientes apropiados para formar un legislador; que quieres mejor explican, interpretan y aplican las leyes son aquellos cuyos intereses y habilidades residen en pervertirlas, confundirlas y eludirlas. Observo en tu patria algunos rasgos de una institución que en su origen pudo haber sido tolerable; pero la mitad ha sido borrada, y el resto, manchado por corrupciones. De lo que has dicho resulta que en tu país no se requiere perfección alguna para aspirar a alguna posición, y mucho menos que los hombres sean ennoblecidos por sus virtudes; los sacerdotes ascendidos por su piedad o sabiduría; los soldados, por su comportamiento y valor; los jueces, por su integridad; los senadores, por el amor a su patria; y los consejeros, por su prudencia. (…)
(…) Como viví tres años en aquel país, puedo hablar con bastante conocimiento sobre el estilo de vida y las costumbres de los houyhnhnms. Tienen una disposición natural para todas las virtudes y carecen de una concepción de lo que es el mal en los seres racionales. Su principal máxima es cultivar la inteligencia y dejarse gobernar enteramente por ella. Pero ellos no emplean la razón, como nosotros, para debatir a favor o en contra de algo, sino que los gobierna una convicción inmediata que no se encuentra corrompida por la pasión o el interés. Recuerdo que me resultó muy difícil hacerle entender a mi amo la palabra “opinión”, o la posibilidad de discutir sobre un punto. El sostenía que la razón nos enseña a afirmar o negar sólo lo que es cierto, y sobre lo que se encuentra más allá de nuestro conocimiento nada podemos hacer. De este modo, las controversias, las disputas y la terquedad sobre falsas o dudosas proposiciones son males desconocidos para los houyhnhnms. Por eso, cuando le hablé de nuestros sistemas filosóficos, se burló de que una criatura que se atribuía uso de razón se apoyara en las conjeturas de otros.
La amistad y la benevolencia son las dos principales virtudes de los houyhnhnms. Un extraño, procedente del lugar más remoto, recibe igual trato que un familiar. Son muy corteses, pero para nada ceremoniosos ni solemnes. No malcrían a sus hijos y los educan según los dictados de la razón. El mismo cariño que demuestran por sus propios hijos lo extienden a todas las crías, porque la naturaleza les enseña a amar a toda la especie. (…)”
El hombre de arena, Hoffman
Nataniel a Lotario
Sin duda estarán inquietos porque hace tanto tiempo que no les escribo. Mamá estará enfadada y Clara pensará que vivo en tal torbellino de alegría que he olvidado por completo la dulce imagen angelical tan profundamente grabada en mi corazón y en mi alma. Pero no es así; cada día, cada hora, pienso en ustedes y el rostro encantador de Clara vuelve una y otra vez en mis sueños. ¡Ay de mí! ¿Cómo podría haberles escrito con la violencia que anidaba en mi espíritu y que hasta ahora ha turbado todos mis pensamientos? ¡Algo espantoso se ha introducido en mi vida! Sombríos presentimientos de un destino cruel y amenazador se ciernen sobre mí, como nubes negras, impenetrables a los alegres rayos del sol. Debo decirte lo que me ha sucedido. Debo hacerlo, es preciso, pero sólo con pensarlo oigo a mi alrededor risas burlonas. ¡Ay, querido Lotario, cómo hacer para intentar solamente que comprendas que lo que me sucedió hace unos días ha podido turbar mi vida de una forma terrible! En pocas palabras, la horrible visión que tuve, y cuya mortal influencia intento evitar, consiste simplemente en que, hace unos días, concretamente el 30 de octubre a mediodía, un vendedor de barómetros entró en mi casa y me ofreció su mercancía. No compré nada y lo amenacé con precipitarlo escaleras abajo, pero se marchó al instante.
Sospechas sin duda que circunstancias concretas que han marcado profundamente mi vida conceden relevancia a este insignificante acontecimiento, y así es en efecto. Reúno todas mis fuerzas para contarte con tranquilidad y paciencia algunas cosas de mi infancia que aportarán luz y claridad a tu espíritu. Vamos al hecho en cuestión.
Salvo en las horas de las comidas, mis hermanos y yo veíamos a mi padre bastante poco. Estaba muy ocupado en su trabajo. Después de la cena, que, conforme a las antiguas costumbres, se servía a las siete, íbamos todos, nuestra madre con nosotros, al despacho de nuestro padre, y nos sentábamos a una mesa redonda. Mi padre fumaba su pipa y bebía un gran vaso de cerveza. Con frecuencia nos contaba historias maravillosas, y sus relatos lo apasionaban tanto que dejaba que su pipa se apagase; yo estaba encargado de encendérsela de nuevo con una astilla prendida, lo cual me producía un indescriptible placer. También a menudo nos daba libros con láminas; y permanecía silencioso e inmóvil en su sillón apartando espesas nubes de humo que nos envolvían a todos como la niebla. En este tipo de veladas, mi madre estaba muy triste, y apenas oía sonar las nueve, exclamaba: «Vamos niños, a la cama… ¡el Hombre de Arena está al llegar…! ¡ya lo oigo!» Y, en efecto, se oía entonces retumbar en la escalera graves pasos; debía ser el Hombre de Arena. En cierta ocasión, aquel ruido me produjo más escalofríos que de costumbre y pregunté a mi madre mientras nos acompañaba:
-¡Oye mamá! ¿Quién es ese malvado Hombre de Arena que nos aleja siempre del lado de papá? ¿Qué aspecto tiene?
-No existe tal Hombre de Arena, cariño -me respondió mi madre-. Cuando digo “viene el Hombre de Arena” quiero decir que tienen que ir a la cama y que sus párpados se cierran involuntariamente como si alguien les hubiera tirado arena a los ojos.
La respuesta de mi madre no me satisfizo y mi infantil imaginación adivinaba que mi madre había negado la existencia del Hombre de Arena para no asustarnos. Pero yo lo oía siempre subir las escaleras.
Lleno de curiosidad, impaciente por asegurarme de la existencia de este hombre, pregunté a una vieja criada que cuidaba de la más pequeña de mis hermanas, quién era aquel personaje.
-¡Ah mi pequeño Nataniel! -me contestó-, ¿no lo sabes? Es un hombre malo que viene a buscar a los niños cuando no quieren irse a la cama y les arroja un puñado de arena a los ojos haciéndolos llorar sangre. Luego los mete en un saco y se los lleva a la luna creciente para divertir a sus hijos, que esperan en el nido y tienen picos encorvados como las lechuzas para comerles los ojos a picotazos.
Desde entonces, la imagen del Hombre de Arena se grabó en mi espíritu de forma terrible; y, por la noche, en el instante en que las escaleras retumbaban con el ruido de sus pasos, temblaba de ansiedad y de horror; mi madre sólo podía entonces arrancarme estas palabras ahogadas por mis lágrimas: «¡El Hombre de Arena! ¡El Hombre de Arena!» Corría al dormitorio y aquella terrible aparición me atormentaba durante toda la noche.
Yo tenía ya la edad suficiente como para pensar que la historia del Hombre de Arena y sus hijos en el nido de la luna creciente, según la contaba la vieja criada, no era del todo exacta; sin embargo, el Hombre de Arena siguió siendo para mí un espectro amenazador. El terror se apoderaba de mí cuando lo oía subir al despacho de mi padre. Algunas veces duraba su ausencia largo tiempo; luego, sus visitas volvían a ser frecuentes; aquello duró varios años. No podía acostumbrarme a tan extraña aparición, y la sombría figura de aquel desconocido no palidecía en mi pensamiento. Su relación con mi padre ocupaba cada vez más mi imaginación, la idea de preguntarle a él me sumía en un insuperable temor, y el deseo de indagar el misterio, de ver al legendario Hombre de Arena, aumentaba en mí con los años. El Hombre de Arena me había deslizado en el mundo de lo fantástico, donde el espíritu infantil se introduce tan fácilmente. Nada me complacía tanto como leer o escuchar horribles historias de genios, brujas y duendes; pero, por encima de todas las escalofriantes apariciones, prefería la del Hombre de Arena que dibujaba con tiza y carbón en las mesas, en los armarios y en las paredes bajo las formas más espantosas. Cuando cumplí diez años, mi madre me asignó una habitación para mí solo, en el corredor, no lejos de la de mi padre. Como siempre, al sonar las nueve el desconocido se hacía oír, y había que retirarse. Desde mi habitación lo oía entrar en el despacho de mi padre, y poco después me parecía que un imperceptible vapor se extendía por toda la casa. La curiosidad por ver al Hombre de Arena de la forma que fuese crecía en mí cada vez más. Alguna vez abrí mi puerta, cuando mi padre ya se había ido, y me deslicé en el corredor; pero no pude oír nada, pues siempre habían cerrado ya la puerta cuando alcanzaba la posición adecuada para poder verle. Finalmente, empujado por un deseo irresistible, decidí esconderme en el gabinete de mi padre, y esperar allí mismo al Hombre de Arena.
Por el semblante taciturno de mi padre y por la tristeza de mi madre supe una noche que vendría el Hombre de Arena. Pretexté un enorme cansancio y abandonando la sala antes de las nueve fui a esconderme detrás de la puerta. La puerta de la calle crujió en sus goznes y lentos pasos, tardos y amenazadores, retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras. Mi madre y los niños pasaron apresuradamente ante mí. Abrí despacio, muy despacio, la puerta del gabinete de mi padre. Estaba sentado como de costumbre, en silencio y de espaldas a la puerta. No me vio, y corrí a esconderme detrás de una cortina que tapaba un armario en el que estaban colgados sus trajes. Después los pasos se oyeron cada vez más cerca, alguien tosía, resoplaba y murmuraba de forma singular. El corazón me latía de miedo y expectación. Muy cerca de la puerta, un paso sonoro, un golpe violento en el picaporte, los goznes giran ruidosamente. Adelanto a mi pesar la cabeza con precaución, el Hombre de Arena está en medio de la habitación ¡el resplandor de las velas ilumina su rostro! ¡El Hombre de Arena, el terrible Hombre de Arena, es el viejo abogado Coppelius que a veces se sienta a nuestra mesa! Pero el más horrible de los rostros no me hubiera causado más espanto que el de aquel Coppelius. Imagínate un hombre de anchos hombros con una enorme cabeza deforme, una tez mate, cejas grises y espesas bajo las que brillan dos ojos verdes como los de los gatos y una nariz gigantesca que desciende bruscamente sobre sus gruesos labios. Su boca torcida se encorva aún más con su burlona sonrisa; en sus mejillas dos manchas rojas y unos acentos a la vez sordos y silbantes se escapan de entre sus dientes irregulares. Coppelius aparecía siempre con un traje color ceniza, de una hechura pasada de moda, chaqueta y pantalones del mismo color, medias negras y zapatos con hebillas de estrás. Su corta peluca, que apenas cubría su cuello, terminaba en dos bucles pegados que soportaban sus grandes orejas, de un rojo vivo, e iba a perderse en un amplio tafetán negro que se desplegaba aquí y allá en su espalda y dejaba ver el broche de plata que sujetaba su lazo. Aquella cara ofrecía un aspecto horrible y repugnante, pero lo que más nos chocaba a nosotros, niños, eran aquellas grandes manos velludas y huesudas; cuando él las dirigía hacia algún objeto, nos guardábamos de tocarlo. Él se había dado cuenta de esto y se complacía en tocar los pasteles o las frutas confitadas que nuestra madre había puesto sigilosamente en nuestros platos; entonces él gozaba viendo nuestros ojos llenos de lágrimas al no poder ya saborear por asco y repulsión las golosinas que él había rozado. Lo mismo hacía los días de fiesta, cuando nuestro padre nos servía un vasito de vino dulce. Entonces se apresuraba a coger el vaso y lo acercaba a sus labios azulados, y reía diabólicamente viendo cómo sólo podíamos exteriorizar nuestra rabia con leves sollozos. Acostumbraba a llamarnos los animalitos; en presencia suya no nos estaba permitido decir una sola palabra y maldecíamos con toda nuestra alma a aquel personaje odioso, a aquel enemigo que envenenaba deliberadamente nuestra más pequeña alegría. Mi madre parecía odiar tanto como nosotros al repugnante Coppelius, pues, desde el instante en que aparecía, su dulce alegría y su despreocupada forma de ser se tornaban en una triste y sombría gravedad. Nuestro padre se comportaba con Coppelius como si éste perteneciera a un rango superior y hubiera que soportar sus desaires con buen ánimo. Nunca dejaba de ofrecerle sus platos favoritos y descorchaba en su honor vinos de reserva.
Al ver entonces a Coppelius me di cuenta de que ningún otro podía haber sido el Hombre de Arena; pero el Hombre de Arena ya no era para mí aquel ogro del cuento de la niñera que se lleva a los niños a la luna, al nido de sus hijos con pico de lechuza. No. Era una odiosa y fantasmagórica criatura que dondequiera que se presentase traía tormento y necesidad, causando un mal durable, eterno.
Yo estaba como embrujado, con la cabeza entre las cortinas, a riesgo de ser descubierto y cruelmente castigado. Mi padre recibió alegremente a Coppelius.
-¡Vamos! ¡al trabajo! -exclamó el otro con voz sorda quitándose la levita.
Mi padre, con aire sombrío, se quitó la bata y los dos se pusieron unas túnicas negras. Mi padre abrió la puerta de un armario empotrado que ocultaba un profundo nicho donde había un horno. Coppelius se acercó, y del hogar se elevó una llama azul. Una gran cantidad de extrañas herramientas se iluminaron con aquella claridad. Pero, ¡Dios mío, qué extraña metamorfosis se había operado en los rasgos de mi anciano padre! Un dolor violento y terrible parecía haber cambiado la expresión honesta y leal de su fisonomía, que se había contraído de forma satánica. ¡Se parecía a Coppelius! Éste manejaba unas pinzas incandescentes y atizaba los carbones ardientes del hogar. Creí ver a su alrededor figuras humanas, pero sin ojos. En su lugar había cavidades negras, profundas, horribles.
-¡Ojos, ojos! -gritaba Coppelius con voz sorda, amenazadora.
Grité y caí al suelo, violentamente abatido por el miedo. Entonces Coppelius me cogió.
-¡Pequeña bestia! ¡Pequeña bestia! -dijo haciendo crujir los dientes de un modo espantoso. Diciendo esto me arrojó al horno, cuya llama prendía ya mis cabellos.
-Ahora -exclamó- ya tenemos ojos, ¡ojos! ¡un hermoso par de ojos de niño! -Y con sus manos cogió del hogar un puñado de carbones ardientes que se disponía a arrojar a mis ojos, cuando mi padre, con las manos juntas, le imploró:
-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Deja los ojos a mi Nataniel! ¡Déjaselos!
Coppelius se echó a reír de forma estrepitosa.
-Que el niño conserve sus ojos para que éstos realicen su trabajo en el mundo; pero, puesto que está aquí, observemos atentamente el mecanismo de sus pies y de sus manos.
Sus dedos apretaron todas las articulaciones de mis miembros, que crujieron, y me retorció las manos y los pies.
-¡Esto no está del todo bien! ¡Tan bien como estaba! ¡El viejo lo ha entendido perfectamente!
Coppelius murmuraba esto mientras me retorcía; pero pronto todo se volvió oscuro y confuso a mi alrededor; un dolor nervioso agitó todo mi ser; no sentí nada más. Un vapor dulce y cálido se derramó sobre mi rostro; desperté como del sueño de la muerte. Mi madre estaba inclinada sobre mí.
-¿Está aquí el Hombre de Arena? -balbucí.
-No, mi niño, está muy lejos; se fue hace mucho, no te hará daño.
Así decía mi madre, y me besaba estrechando contra su corazón al niño querido que le era devuelto.
¿Para qué cansarte por más tiempo con estas historias, querido Lotario? Fui descubierto y cruelmente maltratado por Coppelius. La ansiedad y el miedo me causaron una ardiente fiebre que padecí durante algunas semanas; «¿Está aún aquí el Hombre de Arena?» Éstas fueron las primeras palabras de mi salvación y el primer signo de mi curación. Sólo me queda contarte el instante más horrible de mi infancia; después te habrás convencido de que no hay que acusar a mis ojos de que todo me parezca sin color en la vida; pues un sombrío destino ha levantado una densa nube ante todos los objetos, y sólo mi muerte podrá disiparla.
Coppelius no volvió a aparecer, se dijo que había abandonado la ciudad.
Había transcurrido un año, y cierta noche, según la antigua e invariable costumbre, estábamos sentados en la mesa redonda. Nuestro padre estaba muy alegre y nos contaba historias divertidas que le habían sucedido en los viajes de su juventud. En el momento en que el reloj daba las nueve oímos sonar los goznes de la puerta de la casa, y unos graves pasos retumbaron desde el vestíbulo hasta las escaleras.
-¡Es Coppelius! -dijo mi madre palideciendo.
-Sí, es Coppelius -repitió mi padre con voz entrecortada.
Las lágrimas asomaron a los ojos de mi madre:
-¡Padre! ¿es preciso?
-Por última vez -respondió-. Viene por última vez, te lo juro. Ve con los niños. Buenas noches.
Yo estaba petrificado, me faltaba el aire. Mi madre, viéndome inmóvil, me cogió del brazo.
-Ven, Nataniel -me dijo-. Me dejé llevar a mi habitación-. Estate tranquilo y acuéstate. ¡Duerme! -me dijo al irse. Pero un terror invencible me agitaba y no pude cerrar los ojos. El horrible, el odioso Coppelius estaba ante mí, con sus ojos destellantes, sonriéndome hipócrita, e intentaba alejar su imagen. Era cerca de media noche cuando se oyó un golpe violento, como la detonación de un arma de fuego. La casa entera se tambaleó, alguien pasó corriendo por delante de mi cuarto y la puerta de la calle se cerró estrepitosamente de un porrazo.
-¡Es Coppelius! -grité fuera de mí, y salté de la cama. Oí gemidos; corrí a la habitación de mi padre, la puerta estaba abierta, se respiraba un humo asfixiante, y una criada gritaba:
-¡El señor! El señor!
Delante del horno encendido, en el suelo, yacía mi padre muerto, con la cara destrozada. Mis hermanas, de rodillas a su alrededor, clamaban y gemían. Mi madre había caído inmóvil junto a su marido.
-¡Coppelius, monstruo infame! ¡Has asesinado a mi padre! -grité. Y caí sin sentido. Dos días más tarde, cuando colocaron su cuerpo en el ataúd, sus rasgos habían vuelto a ser serenos y dulces como lo fueron durante toda su vida. Aquella imagen mitigó mi dolor, pensé que su alianza con el infernal Coppelius no lo había llevado a la condenación eterna.
La explosión había despertado a los vecinos, el suceso causó sensación, y las autoridades, que tuvieron conocimiento del mismo, requirieron la presencia de Coppelius. Pero había desaparecido de la ciudad sin dejar rastro.
Si te dijera, querido amigo, que el vendedor de barómetros no era otro sino el miserable Coppelius, comprenderías el horror que me produjo tan desgraciada y enemiga aparición. Llevaba otro traje, pero los rasgos de Coppelius están demasiado profundamente marcados en mi alma como para poder equivocarme. Además, Coppelius ni siquiera ha cambiado de nombre. Se hace pasar aquí -según tengo oído-, por un mecánico piamontés llamado Giuseppe Coppola.
Estoy decidido a vengar la muerte de mi padre, pase lo que pase. No digas nada a mi madre de este encuentro cruel. Saluda a la encantadora Clara; le escribiré con una mayor presencia de ánimo.
Clara a Nataniel
Es cierto que hace mucho que no me has escrito pero creo, sin embargo, que me llevas en tu alma y en tus pensamientos; pues pensabas vivamente en mí cuando, queriendo enviar tu última carta a mi hermano Lotario, la suscribiste a mi nombre. La abrí con alegría y sólo me di cuenta de mi error al ver estas palabras: «¡Ay, mi querido Lotario!» Apenas podía respirar y todo daba vueltas ante mis ojos, mi querido Nataniel, al saber la infortunada causa que ha turbado tu vida. Leí y volví a leer. Tu descripción del repugnante Coppelius es horrible. Así he sabido la forma cruel en que murió tu anciano y venerable padre. Mi hermano, a quien remití lo que le pertenecía, intentó tranquilizarme, sin conseguirlo. El fatal vendedor de barómetros Giuseppe Coppola me perseguía, y casi me avergüenza confesar que ha turbado, con terribles imágenes, mi sueño siempre profundo y tranquilo. Pero de pronto, desde la mañana siguiente, todo me parece distinto. No estés enfadado conmigo, amor mío, si Lotario te dice que a pesar de tus funestos presentimientos sobre Coppelius no se altera mi serenidad en absoluto. Te diré sinceramente lo que pienso. Las cosas terribles de que hablas tienen su origen dentro de ti mismo, el mundo exterior y real tiene poco que ver. El viejo Coppelius sin duda era repelente, pero, como odiaba a los niños, esto producía en ustedes, niños, verdadero horror hacia él. [...]
...
Nadie podría imaginar algo tan extraño y maravilloso como lo que le sucedió a mi pobre amigo, el joven estudiante Nataniel, y que voy a referirte, lector. [...] Una fuerza poderosa me obliga a hablarte del fatal destino de Nataniel.
Para que desde el principio quede claro lo que es necesario saber, hay que añadir como aclaración a las cartas que, inmediatamente después de la muerte del padre de Nataniel, Clara y Lotario, hijos de un pariente lejano también recientemente fallecido, fueron recogidos por la madre de aquél. Clara y Nataniel sintieron una fuerte inclinación mutua, contra la que nadie tuvo nada que oponer. Estaban, pues, prometidos cuando Nataniel abandonó la ciudad para proseguir sus estudios en G. Aquí se encuentra mientras escribe su última carta y asiste al curso del célebre profesor de física Spalanzani.
[Poco después, Nataniel visita en vacaciones a esta familia]. Sin embargo, Nataniel tenía razón cuando escribía a su amigo Lotario que su encuentro con el repugnante vendedor de barómetros había ejercido una funesta influencia en su vida. Todos sintieron desde los primeros días de su estancia que Nataniel había cambiado su forma de ser. Se hundía en sombrías ensoñaciones y se comportaba de un modo extraño, no habitual en él. [Después de una breve temporada, debe regresar a la ciudad].
¡Cuál no sería la sorpresa de Nataniel cuando, al llegar a su casa en G., vio que ésta había ardido entera, y que sólo quedaban de ella los muros y un montón de escombros! El fuego había comenzado en el laboratorio del químico, situado en el piso bajo. Varios amigos que vivían cerca de la casa incendiada habían conseguido entrar valientemente en la habitación de Nataniel, situada en el último piso, y salvar sus libros, manuscritos e instrumentos, que trasladaron a otra casa donde alquilaron una habitación en la que Nataniel se instaló. No se dio cuenta al principio de que el profesor Spalanzani vivía enfrente, y no llamó especialmente su atención observar que desde su ventana podía ver el interior de la habitación donde Olimpia estaba sentada a solas. Podía reconocer su silueta claramente, aunque los rasgos de su cara continuaban borrosos. Pero acabó por extrañarse de que Olimpia permaneciera en la misma posición, igual que la había descubierto la primera vez a través de la puerta de cristal, sin ninguna ocupación, sentada junto a la mesita, con la mirada fija, invariablemente dirigida hacia él; tuvo que confesarse que no había visto nunca una belleza como la suya, pero la imagen de Clara seguía instalada en su corazón, y la inmóvil Olimpia le fue indiferente, y sólo de vez en cuando dirigía una mirada furtiva por encima de su libro hacia la hermosa estatua, eso era todo. Un día estaba escribiendo a Clara cuando llamaron suavemente a la puerta. Al abrirla, vio el repugnante rostro de Coppola. Nataniel se estremeció; pero recordando lo que Spalanzani le había dicho de su compatriota Coppola y lo que le había prometido a su amada en relación con el Hombre de Arena, se avergonzó de su miedo infantil y reunió todas sus fuerzas para decir con la mayor tranquilidad posible:
-No compro barómetros, amigo, así que ¡váyase!
Pero Coppola, entrando en la habitación, le dijo con voz ronca, mientras su boca se contraía en una odiosa sonrisa y sus pequeños ojos brillaban bajo unas largas pestañas grises:
-¡Eh, no barómetros, no barómetros! ¡También tengo bellos ojos…, bellos ojos!
Nataniel, espantado, exclamó:
-¡Maldito loco! ¡Cómo puedes tú tener ojos! ¡Ojos!… ¡Ojos!…
Al instante puso Coppola a un lado los barómetros y empezó a sacar del inmenso bolsillo de su levita lentes y gafas que iba dejando sobre la mesa.
-Gafas para poner sobre la nariz. Ésos son mis ojos, ¡bellos ojos! -y, mientras hablaba, seguía sacando más y más gafas, tantas que empezaron a brillar y a lanzar destellos sobre la mesa.
Miles de ojos centelleaban y miraban fijamente a Nataniel, pero él no podía apartar su mirada de la mesa, y Coppola continuaba sacando cada vez más gafas y cada vez eran más terribles las encendidas miradas que disparaban sus rayos sangrientos en el pecho de Nataniel.
Éste, sobrecogido de terror, gritó:
-¡Detente, hombre maldito! -cogiéndolo del brazo en el momento en que Coppola hundía de nuevo su mano en el bolsillo para sacar más lentes, por más que la mesa estuviera llena.
Coppola se separó de él suavemente con una sonrisa forzada, diciendo:
-¡Ah, no son para usted, pero aquí tengo bellos prismáticos! -y recogiendo los lentes empezó a sacar del inmenso bolsillo prismáticos de todos los tamaños.
En cuanto todas las gafas estuvieron guardadas Nataniel se tranquilizó, y acordándose de Clara se dio cuenta de que el horrible fantasma sólo estaba en su interior, ya que Coppola era un gran mecánico y óptico, y en modo alguno el doble del maldito Coppelius. Por otra parte, las lentes que Coppola había extendido sobre la mesa no tenían nada de particular, y menos de fantasmagórico, por lo que Nataniel decidió, para reparar su extraño comportamiento, comprarle alguna cosa. Escogió unos pequeños prismáticos muy bien trabajados, y, para probarlos, miró a través de la ventana. Involuntariamente miró hacia la estancia de Spalanzani. Olimpia estaba sentada, como de costumbre, ante la mesita, con los brazos apoyados y las manos cruzadas. Por primera vez podía Nataniel contemplar la belleza de su rostro. Sólo los ojos le parecieron algo fijos, muertos. Sin embargo, a medida que miraba más y más a través de los prismáticos le parecía que los ojos de Olimpia irradiaban húmedos rayos de luna. Creyó que ella veía por primera vez y que sus miradas eran cada vez más vivas y brillantes. Nataniel permanecía como hechizado junto a la ventana, absorto en la contemplación de la belleza celestial de Olimpia… [...]
A partir de aquel día la cortina de la puerta de cristal estuvo totalmente echada, por lo que no pudo ver a Olimpia, y los dos días siguientes tampoco la encontró en la habitación, si bien apenas se apartó de la ventana mirando a través de los prismáticos. Al tercer día estaba la ventana cerrada. Lleno de desesperación y poseído de delirio y ardiente deseo, salió de la ciudad. La imagen de Olimpia flotaba ante él en el aire, aparecía en cada arbusto y lo miraba con ojos radiantes desde el claro riachuelo. El recuerdo de Clara se había borrado, sólo pensaba en Olimpia.
Cuando Nataniel volvió a su casa observó una gran agitación en la de Spalanzani. Las puertas estaban abiertas, y unos hombres metían muebles; las ventanas del primer piso estaban abiertas también, y unas atareadas criadas iban y venían mientras carpinteros y tapiceros daban golpes y martilleaban por toda la casa. Al día siguiente daba Spalanzani una gran fiesta con concierto y baile a la que estaba invitada media universidad. Se rumoreaba que Spalanzani iba a presentar por primera vez a su hija Olimpia, que hasta entonces había mantenido oculta, con extremo cuidado, a las miradas de todos. Nataniel encontró una invitación, y, con el corazón palpitante, se encaminó a la hora fijada a casa del profesor, cuando empezaban a llegar los carruajes y resplandecían las luces de los adornados salones. La reunión era numerosa y brillante. Olimpia apareció ricamente vestida, con un gusto exquisito. Todos admiraron la perfección de su rostro y de su talle. Su forma de andar tenía algo de medido y de rígido. Causó mala impresión a muchos, y fue atribuida a la turbación que le causaba tanta gente.
El concierto empezó. Olimpia tocaba el piano con una habilidad extrema, e interpretó un aria con voz tan clara y penetrante que parecía el sonido de una campana de cristal. Nataniel estaba fascinado. Las brillantes notas le parecían a Nataniel el lamento celestial de un corazón enamorado.
El concierto había terminado y el baile comenzó. Sin saber ni él mismo cómo, se encontró junto a Olimpia, a quien nadie había sacado aún; cuando comenzaba el baile, y después de intentar balbucir algunas palabras, tomó su mano. La mano de Olimpia estaba helada y él se sintió atravesado por un frío mortal. La miró fijamente a los ojos, que irradiaban amor y deseo, y al instante le pareció que el pulso empezaba a latir en su fría mano y que una sangre ardiente corría por sus venas.
Creía haber bailado acompasadamente, pero la rítmica regularidad con que Olimpia bailaba y que algunas veces lo obligaba a detenerse, le hizo observar enseguida que no seguía los compases.
Después, sentado junto a Olimpia y con su mano entre las suyas, le hablaba de su amor exaltado e inspirado con palabras que nadie, ni él ni Olimpia, habría podido comprender. O quizá Olimpia sí, pues lo miraba fijamente a los ojos y de vez en cuando suspiraba:
-¡Ah…, ah…, ah…!
A lo que Nataniel respondía:
-¡Oh, mujer celestial, divina criatura, luz que se nos promete en la otra vida, alma profunda donde todo mi ser se mira…! -y cosas parecidas.
Pero Olimpia suspiraba y contestaba sólo:
-¡Ah…, ah…!
El profesor Spalanzani pasó varias veces junto a los felices enamorados y les sonrió con satisfacción.
Aunque Nataniel se encontraba en un mundo distinto, le pareció como si de pronto oscureciera en casa del profesor Spalanzani. Miró a su alrededor y observó espantado que las dos últimas velas se consumían y estaban a punto de apagarse. Hacía tiempo que el baile y la música habían cesado.
-¡Separarnos, separarnos! -exclamó furioso y desesperado Nataniel. Besó la mano de Olimpia y se inclinó sobre su boca; sus labios ardientes se encontraron con los suyos helados. Se estremeció como cuando tocó por primera vez la fría mano de Olimpia, y la leyenda de la novia muerta le vino de pronto a la memoria; pero al abrazar y besar a Olimpia sus labios parecían cobrar el calor de la vida.
El profesor Spalanzani atravesó lentamente la sala vacía, sus pasos resonaban huecos y su figura, rodeada de sombras vacilantes, ofrecía un aspecto fantasmagórico.
-¿Me amas? ¿Me amas, Olimpia? ¡Sólo una palabra! -murmuraba Nataniel.
Pero Olimpia, levantándose, suspiró sólo:
-¡Ah…, ah…,!
-¡Sí, amada estrella de mi amor! -dijo Nataniel-, ¡tú eres la luz que alumbrará mi alma para siempre!
-¡Ah…, ah…! -replicó Olimpia alejándose.
Nataniel la siguió, y se detuvieron delante del profesor.
-Ya veo que lo ha pasado muy bien con mi hija -dijo éste sonriendo-: así que, si le complace conversar con esta tímida muchacha, su visita será bien recibida.
Nataniel se marchó llevando el cielo en su corazón.
Al día siguiente la fiesta de Spalanzani fue el centro de las conversaciones. A pesar de que el profesor había hecho todo lo posible para que la reunión resultara espléndida, hubo numerosas críticas y se dirigieron especialmente contra la muda y rígida Olimpia, a la que, a pesar de su belleza, consideraron completamente estúpida; se pensó que ésta era la causa por la que Spalanzani la había mantenido tanto tiempo oculta. Nataniel escuchaba estas cosas con rabia, pero callaba; pues pensaba que aquellos miserables no merecían que se les demostrara que era su propia estupidez la que les impedía conocer la belleza del alma de Olimpia. [...]
Había olvidado por completo que existía una Clara en el mundo a la que él había amado; su madre, Lotario, todos habían desaparecido de su memoria. Vivía solamente para Olimpia, junto a quien permanecía cada día largas horas hablándole de su amor, de la simpatía de las almas y de las afinidades psíquicas, todo lo cual Olimpia escuchaba con gran atención.
Nataniel sacó de los lugares más recónditos de su escritorio todo lo que había escrito, poesías, fantasías, visiones, novelas, cuentos, y todo esto se vio aumentado con toda clase de disparatados sonetos, estrofas, canciones que leía a Olimpia durante horas sin cansarse. Jamás había tenido una oyente tan admirable. No cosía ni tricotaba, no miraba por la ventana, no daba de comer a ningún pájaro ni jugaba con ningún perrito, ni con su gato favorito, ni recortaba papeles o cosas parecidas, ni tenía que ocultar un bostezo con una tos forzada; en una palabra, permanecía horas enteras con los ojos fijos en él, inmóvil, y su mirada era cada vez más brillante y animada. Sólo cuando Nataniel, al terminar, cogía su mano para besarla, decía:
-¡Ah! ¡ah! -y luego- buenas noches, mi amor.
-¡Alma sensible y profunda! -exclamaba Nataniel en su habitación-: ¡Sólo tú me comprendes!
El profesor Spalanzani parecía mirar con mucho agrado las relaciones de su hija con Nataniel, prodigándole a éste todo tipo de atenciones, de modo que cuando se atrevió a insinuar un matrimonio con Olimpia, el profesor, con gran sonrisa, dijo que dejaría a su hija elegir libremente.
Animado por estas palabras y con el corazón ardiente de deseos, Nataniel decidió pedirle a Olimpia al día siguiente que le dijera con palabras lo que sus miradas le daban a entender desde hacía tiempo: que sería suya para siempre. Buscó el anillo que su madre le diera al despedirse, para ofrecérselo a Olimpia como símbolo de unión eterna. Encontró el anillo y, poniéndoselo en el dedo, corrió de nuevo junto a Olimpia. Al subir las escaleras, y cuando se encontraba ya en el vestíbulo, oyó un gran estrépito que parecía venir del estudio de Spalanzani. Pasos, crujidos, golpes contra la puerta, mezclados con maldiciones y juramentos:
-¡Suelta! ¡Suelta de una vez!
-¡Infame!
-¡Miserable!
-¿Para esto he sacrificado mi vida? ¡Éste no era el trato!
-¡Yo hice los ojos!
-¡Y yo los engranajes!
-¡Maldito perro relojero!
-¡Largo de aquí, Satanás!
-¡Fuera de aquí, bestia infernal!
Eran las voces de Spalanzani y del horrible Coppelius que se mezclaban y retumbaban juntas. Nataniel, sobrecogido de espanto, se precipitó en la habitación. El profesor sujetaba un cuerpo de mujer por los hombros, y el italiano Coppola tiraba de los pies, luchando con furia para apoderarse de él. Nataniel retrocedió horrorizado al reconocer el rostro de Olimpia; lleno de cólera, quiso arrancar a su amada de aquellos salvajes. Pero al instante Coppola, con la fuerza de un gigante, consiguió hacerse con ella descargando al mismo tiempo un tremendo golpe sobre el profesor, que fue a caer sobre una mesa llena de frascos, cilindros y alambiques, que se rompieron en mil pedazos. Coppola se echó el cuerpo a la espalda y bajó rápidamente las escaleras profiriendo una horrible carcajada; los pies de Olimpia golpeaban con un sonido de madera en los escalones.
Nataniel permaneció inmóvil. Había visto que el pálido rostro de cera de Olimpia no tenía ojos, y que en su lugar había unas negras cavidades: era una muñeca sin vida.
Spalanzani yacía en el suelo en medio de cristales rotos que lo habían herido en la cabeza, en el pecho y en un brazo, y sangraba abundantemente. Reuniendo fuerzas dijo:
-¡Corre tras él! ¡Corre! ¿A qué esperas? ¡Coppelius me ha robado mi mejor autómata! ¡Veinte años de trabajo! ¡He sacrificado mi vida! Los engranajes, la voz, el paso, eran míos; los ojos, te he robado los ojos, maldito, ¡corre tras él! ¡Devuélveme a mi Olimpia! ¡Aquí tienes los ojos!
Entonces vio Nataniel en el suelo un par de ojos sangrientos que lo miraban fijamente. Spalanzani los recogió y se los lanzó al pecho. El delirio se apoderó de él y, confundidos sus sentidos y su pensamiento, decía:
-¡Huy… Huy…! ¡Círculo de fuego! ¡Círculo de fuego! ¡Gira, círculo de fuego! ¡Linda muñequita de madera, gira! ¡Qué divertido…!
Y precipitándose sobre el profesor lo agarró del cuello. Lo hubiera estrangulado, pero el ruido atrajo a algunas personas que derribaron y luego ataron al colérico Nataniel, salvando así al profesor. Segismundo, aunque era muy fuerte, apenas podía sujetar a su amigo, que seguía gritando con voz terrible:
-Gira, muñequita de madera .
FRANKENSTEIN, Mary Shelly Fragmentos y resumen
Fragmento I: Víctor y la creación
Una desapacible noche de noviembre contemplé el final de mis esfuerzos. Con una ansiedad rayana en la agonía, coloqué a mí alrededor los instrumentos que me iban a permitir infundir un hálito de vida a la cosa inerte que yacía a mis pies. Era ya la una de la madrugada; la lluvia golpeaba las ventanas sombríamente, y la vela casi se había consumido, cuando, a la mortecina luz de la llama, vi cómo la criatura abría sus ojos amarillentos y apagados. Respiró profundamente y un movimiento convulsivo sacudió su cuerpo.
¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos!: ¡santo cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios.
Las alteraciones de la vida no son ni mucho menos tantas como las de los sentimientos humanos. Durante casi dos años había trabajado infatigablemente con el único propósito de infundir vida en un cuerpo inerte. Para ello me había privado de descanso y de salud. Lo había deseado con un fervor que sobrepasaba con mucho la moderación; pero ahora que lo había conseguido, la hermosura del sueño se desvanecía y la repugnancia y el horror me embargaban. Incapaz de soportar la visión del ser que había creado, salí precipitadamente de la estancia. Ya en mi dormitorio, paseé por la habitación sin lograr conciliar el sueño. Finalmente, el cansancio se impuso a mi agitación, y vestido me eché sobre la cama en el intento de encontrar algunos momentos de olvido. Mas fue en vano; pude dormir, pero tuve horribles pesadillas. Veía a Elizabeth, rebosante de salud, paseando por las calles de Ingolstadt. Con sorpresa y alegría la abrazaba, pero en cuanto mis labios rozaron los suyos, empalidecieron con el tinte de la muerte; sus rasgos parecieron cambiar, y tuve la sensación de sostener entre mis brazos el cadáver de mi madre; un sudario la envolvía, y vi cómo los gusanos reptaban entre los dobleces de la tela. Me desperté horrorizado; un sudor frío me bañaba la frente, me castañeteaban los dientes y movimientos convulsivos me sacudían los miembros. A la pálida y amarillenta luz de la luna que se filtraba por entre las contraventanas, vi al engendro, al monstruo miserable que había creado. Tenía levantada la cortina de la cama, y sus ojos, si así podían llamarse, me miraban fijamente. Entreabrió la mandíbula y murmuró unos sonidos ininteligibles, a la vez que una mueca arrugaba sus mejillas. Puede que hablara, pero no lo oí. Tendía hacia mí una mano, como si intentara detenerme, pero esquivándola me precipité escaleras abajo. Me refugié en el patio de la casa, donde permanecí el restode la noche, paseando arriba y abajo, profundamente agitado, escuchando con atención, temiendo cada ruido como si fuera a anunciarme la llegada del cadáver demoníaco al que tan fatalmente había dado vida.
El fragmento II: Víctor hace una excursión él solo y se admira de la belleza del paisaje, cuando aparece el monstruo:
Miré el valle a mis pies. Sobre los ríos que lo atraviesan se levantaba una espesa niebla, que serpenteaba en espesas columnas alrededor de las montañas de la vertiente opuesta, cuyas cimas se escondían entre las nubes. Los negros nubarrones dejaban caer una lluvia torrencial que contribuía a la impresión de tristeza que desprendía todo lo que me rodeaba. ¿Por qué presume el hombre de una sensibilidad mayor a la de las bestias cuando esto sólo consigue convertirlos en seres más necesitados? Si nuestros instintos se limitaran al hambre, la sed y el deseo, seríamos casi libres. Pero nos conmueve cada viento que sopla, cada palabra al azar, cada imagen que esa misma palabra nos evoca. Descansamos; una pesadilla puede envenenar nuestro sueño. Despertamos; un pensamiento errante nos empaña el día. Sentimos, concebimos o razonamos, reímos o lloramos. Abrazamos una tristeza querida o desechamos nuestra pena; Todo es igual; pues ya sea alegría o dolor, El sendero por el que se alejará está abierto. El ayer del hombre no será jamás igual a su mañana. ¡Nada es duradero salvo la mutabilidad!
Era casi mediodía cuando llegué a la cima. Permanecí un rato sentado en la roca que dominaba aquel mar de hielo. La neblina lo envolvía, al igual que a los montes circundantes. De pronto, una brisa disipó las nubes y descendí al glaciar. La superficie es muy irregular, levantándose y hundiéndose como las olas de un mar tormentoso, y está surcada por profundas grietas. Este campo de hielo tiene casi una legua de anchura, y tardé cerca de dos horas en atravesarlo. La montaña del otro extremo es una roca desnuda y escarpada. Desde donde me encontraba, Montanvert se alzaba justo enfrente, a una legua, y por encima de él se levantaba el Mont Blanc, en su tremenda majestuosidad. Permanecí en un entrante de la roca admirando la impresionante escena. El mar, o mejor dicho: el inmenso río de hielo, serpenteaba por entre sus circundantes montañas, cuyas altivas cimas dominaban el grandioso abismo. Traspasando las nubes, las heladas y relucientes cumbres brillaban al sol. Mi corazón, repleto hasta entonces de tristeza, se hinchó de gozo y exclamé: “Espíritus errantes, si en verdad existís y no descansáis en vuestros estrechos lechos, concededme esta pequeña felicidad, o llevadme con vosotros como compañero vuestro, lejos de los goces de la vida.
No bien hube pronunciado estas palabras, cuando vi en la distancia la figura de un hombre que avanzaba hacia mí a velocidad sobrehumana saltando sobre las grietas del hielo, por las que yo había caminado con cautela. A medida que se acercaba, su estatura parecía sobrepasar la de un hombre. Temblé, se me nubló la vista y me sentí desfallecer; pero el frío aire de las montañas pronto me reanimó. Comprobé, cuando la figura estuvo cerca odiada y aborrecida visión–, que era el engendro que había creado. Temblé de ira y horror, y resolví aguardarlo y trabar con él un combate mortal. Se acercó. Su rostro reflejaba una mezcla de amargura, desdén y maldad, y su diabólica fealdad hacían imposible el mirarlo, pero apenas me fijé en esto.
La ira y el odio me habían enmudecido, y me recuperé tan sólo para lanzarle las más furiosas expresiones de desprecio y repulsión. Demonio –grité–, ¿osas acercarte? ¿No temes que desate sobre ti mi terrible venganza? Aléjate, ¡insecto despreciable! Mas no, ¡detente! ¡Quisiera pisotearte hasta convertirte en polvo, si con ello, con la abolición de tu miserable existencia, pudiera devolverles la vida a aquellos que tan diabólicamente has asesinado!
Esperaba este recibimiento –dijo el demoníaco ser–. Todos los hombres odian a los desgraciados. ¡Cuánto, pues, se me debe odiar a mí que soy el más infeliz de los seres
vivientes! Sin embargo, vos, creador mío, me detestáis y me despreciáis, a mí, vuestra criatura, a quien estáis unido por lazos que sólo la aniquilación de uno de nosotros romperán. Os proponéis matarme. ¿Cómo os atrevéis a jugar así con la vida? Cumplid vuestras obligaciones para conmigo, y yo cumpliré las mías para con vos y el resto de la humanidad. Si aceptáis mis condiciones, os dejaré a vos y a ellos; pero si rehusáis, llenaré hasta saciarlo el buche de la muerte con la sangre de tus amigos.
–¡Aborrecible monstruo!, ¡demonio infame!, los tormentos del infierno son un castigo demasiado suave para tus crímenes. ¡Diablo inmundo!, me reprochas haberte creado; acércate, y déjame apagar la llama que con tanta imprudencia encendí.
Mi cólera no tenía límites; salté sobre él, impulsado por todo lo que puede inducir a un ser a matar a otro. Me esquivó fácilmente y dijo:
-¡Serenaos! Os ruego me escuchéis antes de dar rienda suelta a vuestro odio. ¿Acaso no he sufrido bastante que buscáis aumentar mi miseria? Amo la vida, aunque sólo sea una sucesión de angustias, y la defenderé. Recordad: me habéis hecho más fuerte que vos; mi estatura es superior y mis miembros más vigorosos. Pero no me dejaré arrastrar a la lucha contra vos. Soy vuestra obra, y seré dócil y sumiso para con mi rey y señor, pues lo sois por ley natural. Pero debéis asumir vuestros deberes, los cuales me adeudáis. Oh Frankenstein, no seáis ecuánime con todos los demás y os ensañéis sólo conmigo, que soy el que más merece vuestra justicia e incluso vuestra clemencia y afecto. Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso.
-¡Aparta! No te escucharé. No puede haber entendimiento entre tú y yo; somos enemigos. Apártate, o midamos nuestras fuerzas en una lucha en la que sucumba uno de los dos.
- ¿Cómo podré conmoveros?; ¿no conseguirán mis súplicas que os apiadéis de vuestra criatura, que suplica vuestra compasión y bondad? Creedme, Frankenstein: yo era bueno; mi espíritu estaba lleno de amor y humanidad, pero estoy solo, horriblemente solo. Vos, mi creador, me odiáis. ¿Qué puedo esperar de aquellos que no me deben nada? Me odian y me rechazan. Las desiertas cimas y desolados glaciares son mi refugio. He vagado por ellos muchos días. Las heladas cavernas, a las cuales únicamente yo no temo, son mi morada, la única que el hombre no me niega. Bendigo estos desolados parajes, pues son para conmigo más amables que los de tu especie. Si la humanidad conociera mi existencia haría lo que tú, armarse contra mí. ¿Acaso no es lógico que odie a quienes me aborrecen? No daré treguas a mis enemigos. Soy desgraciado, y ellos compartirán mis sufrimientos. Pero está en tu mano recompensarme, y librarles del mal, que sólo aguarda que tú lo desencadenes. Una venganza que devorará en los remolinos de su cólera no sólo a ti y a tu familia, sino a millares de seres más. Deja que se conmueva tu compasión y no me desprecies. Escucha mi relato: y cuando lo hayas oído, maldíceme o apiádate de mí, según lo que creas que merezco. Pero escúchame.
Resumen
La novela narra la historia de Víctor Frankenstein, un estudiante de medicina en Ingolstadt, obsesionado por conocer "los secretos del cielo y la tierra". En su afán por desentrañar "la misteriosa alma del hombre", Víctor crea un cuerpo a partir de la unión de distintas partes de cadáveres diseccionados. Cabe aclarar que en ningún pasaje de la historia original se hace mención al uso de la electricidad para dar vida a la criatura; si bien Víctor Frankenstein confiesa haberse sentido atrapado por el poder de las tormentas eléctricas e incluso mencionar las posibilidades del galvanismo, en ningún párrafo del texto se hace mención a que la criatura de 2,44 metros de altura, haya sido animada mediante electricidad. Es importante mencionar que Frankenstein se cuida de no dar detalles de sus experimentos a fin de que nadie repita tal abominación. (Se señala también que al "Monstruo de Frankenstein", se le conoce en la cultura popular como Frankenstein pero en realidad en toda la obra dicho ser no posee un nombre real, tan solo apelaciones como "ser demoníaco", "engendro", "la criatura", "horrendo huésped").
Víctor Frankenstein comprende en ese momento el horror que ha creado, rechaza con espanto el resultado de su experimento y huye de su laboratorio. Al volver, el monstruo ha desaparecido y él cree que todo ha concluido. Pero la sombra de su pecado le persigue: el monstruo tras huir del laboratorio, siente el rechazo de la humanidad y despierta en él odio y la sed de venganza. Tras un período de convalecencia debido al exceso de trabajo, y después de enterarse del asesinato de su hermano menor William, Víctor regresa a su Ginebra natal con su familia y su prometida, solo para descubrir que detrás del crimen está el furor de la criatura que él ha traído a la vida. La culpa de Víctor se hace mayor cuando permite que una sirvienta de la familia —Justine Moritz— sea condenada a muerte y ejecutada, acusada del crimen.
Víctor decide ir a la montaña para recuperar su decaído ánimo. Cerca del Montblanc se encuentra de nuevo con el monstruo. Este le cuenta cómo aprendió a hablar espiando secretamente a una familia a la que ofrecía pequeños regalos en forma anónima, y cómo la familia le rechazó al descubrir su aspecto físico, rechazo que se repitió ante cada encuentro con seres humanos. Entonces la criatura promete no volver a entrar en la vida de Víctor, pero le pide, como su creador, que complete su obra y cree una compañera para él.
Su discurso y sus motivos son tan elocuentes que Víctor accede a la petición y promete crearle una compañera. En una isla de Escocia establece un nuevo laboratorio. Allí comienza de nuevo a experimentar. Pero sus remordimientos son fuertes y al final decide destruir la segunda creación antes de llegar a darle vida. Entonces el monstruo, que sigue de cerca los trabajos de Víctor, jura vengarse. Esta venganza tomará forma con el asesinato de su mejor amigo Clerval y después, con el asesinato de Elizabeth, la prometida de Víctor, en la noche de bodas de ambos. A causa de todas estas muertes a su familia, el padre de Víctor, Alphonse, también fallece.
Decidido finalmente a terminar con su creación, Víctor persigue a la criatura hasta el confín del mundo. Víctor muere en un barco que le recoge entre los hielos del Ártico. Poco después de la muerte de Víctor, el barco es abordado por la propia criatura que termina por relatar sus motivos y triste historia al capitán. La novela termina con la confesión de la criatura de que pondrá fin a su miserable existencia:
«No tema usted, no cometeré más crímenes. Mi tarea ha terminado. Ni su vida ni la de ningún otro ser humano son necesarias ya para que se cumpla lo que debe cumplirse. Bastará con una sola existencia: la mía. Y no tardaré en efectuar esta inmolación. Dejaré su navío, tomaré el trineo que me ha conducido hasta aquí y me dirigiré al más alejado y septentrional lugar del hemisferio; allí recogeré todo cuanto pueda arder para construir una pira en la que pueda consumirse mi mísero cuerpo».
La novela es narrada a través del diario del navegante Robert Walton durante su comunicación epistolar con su hermana Margaret. Finalmente la historia termina siendo el relato de Víctor, contado en las palabras de Walton.
Temática
La novela se subtitula El moderno Prometeo, sugiriendo de esta manera la principal fuente de su inspiración. Una de las obras favoritas de Byron era la obra teatral de Esquilo, y el propio Percy Shelley escribió sobre el tema. Prometeo también se presenta a veces como el escultor de la humanidad, un titán que, según explicaría esta leyenda, creó al hombre a partir de la arcilla. La novela no es una simple reescritura del mito clásico, ya que, a diferencia del titán, el moderno Prometeo no es castigado por los dioses, sino por su propia creación.
Ambientada en los sombríos y desolados páramos de Yorkshire, muestra una extraordinaria visión sobre el destino, la obsesión, la pasión y la venganza.
El hilo narrativo de la obra lo lleva Elena Dean quien es una especie de ama de llaves y nana de los Earnshow, ella conoce muy bien a la familia y sabe todos los secretos. Los contará con lujo de detalles al inquilino, el señor Lockwood quien ha alquilado la Granja de los Tordos cercana a Cumbres Borrascosas. En estas dos casas rurales se desarrollarán las acciones.
Heathcliff es un niño de aspecto gitano recogido por el Sr. Earnshow, fue rechazado por Hindley su hijo. Sufrió maltratos y humillaciones. Mientras que su hija Catherine lo aceptó y la amistad dio paso al amor, un amor tormentoso que durará hasta el final de sus días.
Esta novela trata de las pasiones desbordadas. Catherine a los quince años, era la reina de la comarca. Nadie podía igualarla, se convirtió en un ser terco y caprichoso. Heathcliff crece con un gran resentimiento y odio. Es un ser oscuro, tosco, carente de modales y educación.
Catherine tiene un accidente con un perro y la cuidan durante un tiempo los Linton que viven en la Granja de los Tordos, allí va refinando sus modales y convertida en una señorita decidirá aceptar a Eduard Linton como esposo.
Heathcliff, despreciado y ofendido se
marcha, volverá luego de tres años, con dinero proveniente de extraños
negocios y con la firme idea de vengarse de todos aquellos que lo han humillado.
Jean Valjean es un ex convicto que ha acabado su condena, pero que al salir en libertad encuentra todas las puertas cerradas debido a su historial (que por cierto no es nada peligroso, solo se ha robado un pan). Debido al odio termina robándole a un obispo, que le da su perdón. Esto lo cambia completamente. Dejándose llevar por el acto divino del perdón desinteresado, Valjean dedica su vida a hacer el bien y aquí conoce a Fantine, una joven que ha caído en lo mas bajo de la miseria para mantener a su hijita (Cosette) que está al cuidado de una pareja que la maltrata.
A continuación, Valjean se hace cargo de la pobre Cossette (mientras escapa de la ley por el robo infligido al obispo), que ha tenido una infancia dolorosísima. Es perseguido por un detective, obsersionado por su amor por el deber.
Segunda evaluación
Cantar de Roldán
El Cantar de Roldán o la Canción de Rolando (La Chanson de Roland, en francés) es un poema épico de varios miles de versos, escrito a finales del siglo XI en francés antiguo. Narra, deformando legendariamente, los hechos de la batalla de Roncesvalles, y que pudo enfrentar a tribus de vascones contra la retaguardia de las fuerzas carolingias al mando del conde Roldán, prefecto de la Marca de Bretaña.
Argumento
Roldán es el sobrino del emperador Carlomagno y tiene un amigo inseparable, Oliveros. El asunto es el siguiente: tras siete años de Cruzada, el Emperador Carlomagno ha conquistado el norte de la Península Ibérica a los musulmanes. Solo resiste Zaragiza, ciudad del rey Marsukui. Los francos reciben unas sospechosas propuestas de paz. Roldán propone como embajador a su padrastro Ganelón. Este cree que Roldán pretende enviarlo a la muerte y decide vengarse. Como embajador prepara la traición: azuza a los moros contra Roldán, al que hace responsable del hostigamiento al que están sometidos. Sugiere Ganelón a Marsilio que prometa a Carlomagno lo que sea, que se vayan las tropas y así poder atacar la retaguardia francesa, en la que estará Roldán. Carlomagno vuelve a Francia y, a propuesta de Ganelón, confía la retaguardia a Roldán.
Carlomagno cruza los Pirineos, y sobre la retaguardia que dirige Roldán cae el numerosísimo ejército de Marsilio. Uno a uno van cayendo los caballeros ante el número incalculable de moros que les acosan. Antes de morir, Roldán desea romper su espada Durandarte para que no caiga en manos del enemigo, pero la piedra contra la que golpea su espada se parte por la fuerza del golpe de Roldán.
Cuando Carlomagno oye el cuerno de Roldán demandando socorro, sospecha la traición de Ganelón y lo arresta, y vuelve a Roncesvalles al frente de sus tropas. Una vez derrotadas las tropas de Marsilio, Carlomagno debe enfrentarse a Baligante, almirante de Babilonia. En esa batalla, Baligante muere a manos de Carlomagno, quien finalmente consigue tomar Zaragoza, donde Marsilio muere . Tras enterrar en la iglesia de Saint-Romain en Blaye a Roldán, Oliveros y al arzobispo Turpín, regresa abatido a Aquisgrán. La hermana de Oliveros, Alda, muere de pena al conocer el fallecimiento de su amado Roldán.
Cantar de los Nibelugos
El Cantar de los nibelungos (en alemán: Nibelungenlied) es un cantar de gesta o poema épico de origen germánico, escrito alrededor del siglo XIII.
Sigfrido
vence a los nibelungos
En
el reino de los nibelungos, vivía un rey llamado Nibelungo, quien
tenía dos hijos: Schilbungo y Nibelungo. Ambos murieron a manos de
Sigfrido. En realidad Sigfrido, caminando, se encuentra con unos
hombres extrayendo un tesoro, quienes al verlo, lo llaman y le dicen
a Sigfrido que los ayude a llevar el tesoro y que él se quedaría
con una parte de éste. Sigfrido, ya cansado, sigue alzando el botín
pensando en las grandes riquezas, pero cuando estaban por llegar a su
destino, los hombres traicionan a Sigfrido e intentan asesinarlo. De
la batalla sale victorioso Sigfrido, quedándose con todo el tesoro,
y a su vez con 1.000 hombres, a los cuales se lleva a su reino y
utiliza como esclavos. Se decía que el tesoro tenía una maldición.
El
punto débil de Sigfrido
La
acción del poema es la siguiente: Sigfrido y Krimilda son dos hijos
de reyes. Tras múltiples peripecias, se conocen y se casan. Por otra
parte, el hermano mayor de Krimilda, el rey Gunter, desea casarse con
Brunilda, reina de Islandia, caracterizada por su belleza, su vigor
físico y su bravura; el hombre que quisiera casarse con ella,
primero habría de vencerla en combate. Sigfrido ayuda a Gunter, y
con su manto mágico, que lo vuelve invisible, pelea sin que Brunilda
se dé cuenta, con lo que Gunter consigue su propósito. Más tarde,
Sigfrido halla al dragón Fafner y, tras derrotarlo, se baña en su
sangre, ya que según la tradición esto le haría invulnerable.
Al poco tiempo surge la enemistad entre Brunilda y Krimilda, cuando se descubre la treta entre Sigfrido y Gunter, por lo que la primera decide vengarse a través de Hagen, un caballero de la corte de Gunter que desea poseer el tesoro nibelungo de Sigfrido. Y lo hace a traición, ya que averigua por Krimilda cuál es el punto débil de Sigfrido, cuya imbatibilidad se atribuye a la sangre de un dragón con la que bañó su cuerpo. Hagen mata en una cacería a Sigfrido, arrebata el tesoro a Krimilda y lo esconde. El ataque mortal a Sigfrido es posible ya que, en el momento de bañarse con la sangre del dragón, una hoja cubrió la espalda del héroe a la altura del corazón, dejándola vulnerable.
La
desconfianza de Hagen
La
segunda parte tiene lugar trece años después de estos hechos.
Atila, rey de los hunos, desea casarse con Krimilda, la cual, deseosa
de vengarse de los asesinos de Sigfrido, accede. Krimilda va al reino
de Atila, se casa con él y tienen un hijo. Pasan trece años y la
heroína pide a su esposo que invite a la corte a su hermano el rey
Gunter y su séquito. Este accede, pese a las recomendaciones en
contra de Hagen.
Venganza
de Krimilda
Gunter
y Hagen parten acompañados de mil guerreros y tras un largo viaje
llegan al castillo de Atila. Poco tiempo después de su llegada
empiezan las escaramuzas, al principio con poca intensidad, pero
después se generalizan. Mueren primero los caballeros menos
importantes, y después lo hacen los de más valor. Hagen asesina al
hijo de Krimilda y Atila. Al final, Gunter y Hagen son derrotados y
hechos presos. Krimilda exige a Hagen que les diga dónde está el
tesoro de Sigfrido, y tras la negativa del prisionero, lo mata. El
rey Atila reconoce el valor de su enemigo Hagen, por lo que reprocha
a Krimilda su muerte; su pesar es compartido por el caballero
Hildebrando, que decide vengar a Hagen y asesina a Krimilda. Con este
sangriento desenlace concluye el «Cantar de los nibelungos».
Hamlet
Argumento
La obra transcurre en Dinamarca, y trata de los acontecimientos posteriores al asesinato del rey Hamlet (padre del príncipe Hamlet), a manos de su hermano Claudio. El fantasma del rey pide a su hijo que se vengue de su asesino.
La obra discurre vívidamente alrededor de la locura (tanto real como fingida), y de la transformación del profundo dolor en desmesurada ira. Además de explorar temas como la traición, la venganza, el incesto y la corrupción moral.
Acto I
La obra comienza en una fría noche en Elsinor, el castillo real de Dinamarca. Un centinela llamado Francisco es relevado por otro hombre llamado Bernardo. Cuando el primero sale, entra otro centinela llamado Marcelo acompañado de Horacio. En sus conversaciones descubrimos que el protagonista de la obra es el príncipe Hamlet de Dinamarca, hijo del fallecido rey. Después de la muerte del rey, su tío Claudio se casa con la esposa del soberano, la reina Gertrudis, madre de Hamlet. También relatan el hecho de que Dinamarca tiene una larga enemistad con Noruega, y una invasión por parte de este último país, liderada por el príncipe Fortimbrás, se espera.
Los centinelas tratan de convencer a Horacio, el mejor amigo de Hamlet, de que han visto al fantasma del rey Hamlet, padre del príncipe. Después de oír a Horacio, el príncipe Hamlet decide ir, por la noche, al lugar de las apariciones para ver al fantasma él mismo.
Polonio es el chambelán del reino; su hijo, Laertes, parte de viaje a Francia y su hija, Ofelia, es cortejada por Hamlet. Laertes le advierte a Ofelia que debe terminar su relación con Hamlet ya que él es el príncipe y no es el dueño de sus deseos porque estos pueden afectar al Estado. A su vez, Polonio, su padre, le prohíbe que lo vea de nuevo, «De ahora para siempre: no quiero, hablando en términos claros, que derroches un solo momento de ocio hablando o conversando con el príncipe Hamlet». Ofelia promete obedecer y dejar de verlo.
Esa noche el fantasma se le aparece a Hamlet y le informa que es el espíritu de su padre y que su tío Claudio lo asesinó al verter veneno en su oído mientras dormía. El fantasma le pide que lo vengue matando a su homicida. Tras el encuentro, el príncipe duda si el espíritu es el de su padre y si lo que ha dicho es real.
Acto II
El rey Claudio y la reina Gertrudis están muy ocupados tratando de abortar la invasión liderada por Fortimbrás, a la vez que se preocupan por el comportamiento errático y cambiante de Hamlet. Claudio decide convocar a dos amigos de Hamlet (Rosencrantz y Guildenstern) para intentar averiguar la causa de la conducta extraña de su sobrino. Hamlet los recibe cortésmente, pero se da cuenta de que lo están espiando.
Ofelia se alarma por el comportamiento extraño de Hamlet y le cuenta a su padre que el príncipe entró a su habitación y se quedó mirándola sin decir nada. Polonio presume que es un “éxtasis de amor” la causa de la locura de Hamlet y pregunta a su hija si había sido dura con él. Ella le responde que había seguido sus órdenes, a lo que Polonio entiende que esa era la causa del trastorno de Hamlet y lamenta haber malinterpretado sus intenciones. Luego informa a los reyes de lo que supone acerca de la "locura" del príncipe.
Hamlet continúa dudando si el fantasma le ha dicho la verdad, por lo
que, cuando una compañía de actores itinerantes llega a Elsinor, se le
presenta una solución. La obra resulta ser una recreación de un
asesinato, por lo que Hamlet les pide que la representen modificada
según un texto que él les proporcionaría, para que sea una recreación
del asesinato de su padre.
Acto III
Polonio y el rey Claudio deciden espiar a Hamlet cuando este se encuentre con Ofelia pensando que están solos, para ver su reacción y confirmar la causa de su aparente locura. Luego de que Hamlet diga el soliloquio que comienza con "ser o no ser", sin advertir la presencia de Ofelia. Ella le devuelve unas cartas que Hamlet le envió y el príncipe se pone furioso, la rechaza y le insiste para que se marche a vivir a un convento.
La corte va a ver la obra y, previamente a la representación, el autor, en la voz de Hamlet, hace una crítica de la sobreactuación de algunos actores. Transcurrida la escenificación, cuando llega el momento del asesinato del rey, Claudio se inquieta y se retira del lugar abruptamente, lo que induce a creer en su culpabilidad.
Claudio temiendo que, en su "locura", Hamlet atente contra él, decide enviarlo a Inglaterra, por su propia seguridad. Mientras tanto, la reina llama a Hamlet para tratar de comprender su conducta tan rara, mientras Polonio se oculta detrás de una cortina para poder espiar y luego contárselo a Claudio.
Hamlet acude al llamado de su madre a la habitación de ella, donde le reprocha su apresurada boda con Claudio, por el inadecuado momento en que ocurrió (menos de dos meses después de la muerte del rey) y por considerar que no existía punto de comparación entre su padre y su tío. Cuando escucha un ruido detrás de la cortina, y pensando que es el rey, lo apuñala, causando la muerte a Polonio. Luego aparece el fantasma de su padre y Hamlet le habla, pero la reina Gertrudis no puede verlo ni oírlo, por lo que supone que el príncipe está totalmente loco. Finalmente Hamlet se lleva el cuerpo de Polonio y lo oculta. Luego parte a Inglaterra, acompañado por Rosencrantz y Guildenstern, ya que tienen la orden de ejecutarlo.
Acto IV
Tras la muerte de Polonio, Ofelia, angustiada además por el alejamiento de su amado Hamlet, comienza a desvariar y cantar; mientras que su hermano Laertes regresa de Francia con la idea de vengar la muerte de su padre. Claudio lo convence de que Hamlet tiene toda la culpa del crimen. En ese momento llega a Horacio una carta de Hamlet en la que cuenta que su barco con rumbo a Inglaterra fue atacado por piratas por lo que ha retornado a Dinamarca después de ser liberado, mientras sus acompañantes siguen su viaje.
El rey Claudio y Laertes organizan un plan: Laertes peleará contra Hamlet con una espada envenenada para así tener más posibilidades de matarlo. En caso de que falle, Claudio le ofrecerá a Hamlet una copa de vino con veneno. En ese momento llega la reina Gertrudis para informar que Ofelia se ha ahogado en un río, sembrando la duda de que podría haberse suicidado.
Acto V
Después, dos sepultureros cavan una tumba para Ofelia; es mientras discuten cuando llegan Hamlet y Horacio. Uno de los sepultureros encuentra el cráneo de Yorick, un bufón con el que Hamlet solía divertirse cuando era niño, y es allí cuando le habla a la calavera. Luego llega el cortejo fúnebre de Ofelia, encabezado por Laertes, y Hamlet se entera de su muerte. Cuando Hamlet llega, ambos compiten y pelean en quién siente mayor dolor con la pérdida de Ofelia, hasta que son detenidos por Claudio y Gertrudis.
En Elsinor, Hamlet se reúne con Horacio y le cuenta cómo encontró una carta de Claudio en la que ordenaba que cuando llegara a Inglaterra, lo mataran, por lo que Hamlet la modificó pidiendo que se dé muerte a Rosencrantz y Guildenstern; en ese momento, un cortesano llamado Osric llega y le informa sobre el duelo con Laertes.
En el duelo, Laertes hiere con su espada envenenada a Hamlet pero el príncipe sigue luchando, luego surge un intercambio casual de espadas y Hamlet termina hiriendo a Laertes con su propia espada envenenada. La reina Gertrudis muere al beber el vino envenenado por error, sin saber que lo estaba.
Laertes, arrepentido, confiesa a Hamlet que la trampa del vino fue ideada por Claudio. Hamlet, encolerizado, por fin logra herir al rey Claudio y le hace beber de su propio veneno, cumpliendo finalmente la venganza que el fantasma de su padre anhelaba. Hamlet, antes de morir, le pide a su fiel amigo Horacio que cuente la verdad sobre lo sucedido y que se declare al príncipe Fortimbrás heredero del trono, el cual se presenta en la sala (después del fallecimiento de Hamlet), en medio del espectáculo de tantas muertes.
La obra termina con la entrada en la corte de Fortimbrás, quien ofrece un funeral militar en honor a Hamlet.
Acto III
MACBETH
Argumento
Acto I
La obra comienza con tres brujas, las tres "Hermanas Fatídicas" hacen un hechizo en el que se ponen de acuerdo acerca de su próximo encuentro con Macbeth. En la escena siguiente, Duncan, rey de Escocia, comenta con sus oficiales el aplastamiento de la invasión de Escocia por noruegos e irlandeses, acaudillados por el rebelde Macdonwald, en la cual Macbeth, thane (barón) de Glamis y primo del rey, ha tenido un importante papel. Duncan se propone darle en recompensa el título de thane de Cawdor.
Cuando Macbeth y su compañero Banquo cabalgan hacia Forres desde el campo de batalla, se encuentran con las brujas, quienes saludan a Macbeth, primero como thane de Glamis, luego como thane de Cawdor, y por último anunciándole que un día será rey. A Banquo le dicen que sus descendientes serán reyes. Cuando Macbeth pide a las brujas que le aclaren el sentido de las profecías, ellas desaparecen. Se presenta un enviado del rey (Ross), quien notifica a Macbeth la concesión real del título de thane de Cawdor.
Viendo cumplida la profecía de las brujas, Macbeth comienza a ambicionar el trono. Macbeth escribe una carta a su esposa, en Inverness, explicando las profecías de las brujas. Lady Macbeth, al leer la carta, concibe el propósito de asesinar al rey Duncan para lograr que su marido llegue a ser rey. De improviso se presenta Macbeth en el castillo, así como la noticia de que Duncan va a pasar allí esa noche. Lady Macbeth le expone sus planes. Macbeth duda, pero su esposa le inculca cizañas, estimulando su ambición.
Acto II
Al llegar la noche, Macbeth, instigado por su esposa, da muerte al rey Duncan cuando duerme en su aposento. Antes de su muerte ve visiones de una espada con sangre y siente fuertes remordimientos, que Lady Macbeth se esfuerza por acallar, y ve lo débil que es su esposo y decide ella incriminar a los criados tiñéndolos de sangre. A la mañana siguiente, se descubre el crimen y Macbeth culpa a los sirvientes de Duncan, a los que previamente ha asesinado, supuestamente en un arrebato de furia para vengar la muerte del rey. Los hijos de Duncan, Malcolm y Donalbain, que se encuentran también en el castillo, no creen la versión de Macbeth, pero disimulan para evitar ser también asesinados. Malcolm huye a Inglaterra y Donalbain, a Irlanda.
Gracias a su parentesco con el fallecido rey Duncan y a la huida de los hijos de este, Macbeth consigue ser proclamado rey de Escocia, cumpliéndose así la segunda profecía de las brujas.
Acto III
A pesar del éxito de sus propósitos, Macbeth continúa intranquilo a causa de la profecía que las brujas hicieron a Banquo, según la cual este sería padre de reyes. Encarga a unos asesinos que acaben con su vida, y la de su hijo, Fleance, cuando lleguen al castillo para participar en un banquete al que Macbeth les ha invitado. Los asesinos matan a Banquo, pero Fleance consigue huir del lugar. En el banquete, poco después de que Macbeth sepa por los asesinos lo ocurrido, se aparece el espectro de Banquo y se sienta en el sitio de Macbeth. Sólo Macbeth puede ver al fantasma, con el que dialoga, y en sus palabras se hace evidente su crimen.
Acto IV
Macbeth regresa al lugar de su encuentro con las brujas. Inquieto, les pregunta por su futuro. Ellas conjuran a tres espíritus. El primero advierte a Macbeth que tenga cuidado con Macduff. El segundo dice que "ningún hombre nacido de mujer" podrá vencer a Macbeth, y el tercero hace una curiosa profecía:
Macbeth seguirá invicto y con ventura
si el gran bosque de Birnam no se mueve
en Dunsinane, allá en la misma altura.
y, subiendo, a luchar con él se atreve
Estas profecías tranquilizan a Macbeth, pero no se queda satisfecho. Quiere saber también si los descendientes de Banquo llegarán a reinar, como las brujas profetizaron. En respuesta a su demanda, se aparecen los fantasmas de ocho reyes y el de Banquo, con un espejo en la mano, indicando así que ocho descendientes de Banquo serían reyes de Escocia. Un vasallo de Macbeth le notifica que Macduff ha desertado. En represalia, Macbeth decide atacar su castillo y acabar con la vida de toda su familia. La acción se traslada a Inglaterra, donde Macduff, ignorante todavía de la suerte que ha corrido su familia, se entrevista con Malcolm, hijo de Duncan, al que intenta convencer para que reclame el trono. Recibe la noticia de la muerte de su familia.
Acto V
Temas y motivos recurrentes
- Ambición y traición. Temas estrechamente relacionados. Macbeth puede verse como una advertencia acerca de los peligros que entraña la ambición. La ambición es el rasgo principal del carácter de Macbeth y de Lady Macbeth, y la causa de su ruina. Aparece por primera vez cuando, a comienzos del acto II, Macbeth asesina a su rey, al que debe lealtad y que acaba además de recompensarle con un título; y se reitera cuando ordena matar a su amigo Banquo, en el acto III. Antes de eso, el tema de la traición había aparecido ya tras la profecía, en el acto III.
- Visiones y el sentimiento de culpa. A lo largo de la obra, Macbeth y su esposa sufren varias visiones. En la escena primera del segundo acto, poco antes de asesinar a Duncan, Macbeth cree ver un puñal ensangrentado flotando ante sí. Más adelante, en la escena primera del quinto acto, Lady Macbeth, sonámbula, ve en sus manos manchas de sangre que no consigue lavar, imagen con la que se muestran sus remordimientos por su responsabilidad en el asesinato de Duncan. Una tercera visión —aunque no está claro si se trata de una alucinación de Macbeth, atormentado por su conciencia culpable, o de la aparición sobrenatural de un fantasma— es el espectro de Banquo que se presenta en el banquete (acto III, escena IV).
Textos de Macbeth
BRUJA 1ª.- Salve, M acbeth, señor de Glamis, salve.
BRUJA 2ª.- Salve, M acbeth, señor de Cawdor, salve.
BRUJA 3ª.- Salve, M acbeth, salve a ti que serás rey .
BANQUO.- ¿Y p ara mí no tenéis nada?
BRUJA 1ª.- Salve.
BRUJA 2ª.- Banquo.
BRUJA 3ª.- Salve.
BRUJA 1ª.- Tú, menos grande que M acbeth, aunque más grande.
BRUJA 2ª.- Tú, menos dichoso, p ero más dichoso.
BRUJA 3ª.- Padre de rey es, aunque tú no serás rey .
MACBETH.- ¡De nada sirve estar ası́
si no hay seguridad! Nuestro miedo hacia Banquo
ha penetrado en lo más hondo, y hay en su realeza natural
algo que deberı́a ser temido. Su atrevimiento es mucho
y al carácter indómito de su alma
añade un saber que guı́a su valor
haciéndole que actúe con seguridad. Ninguna otra existencia
temo más que la suya; y bajo él
mi genio está abrumado como, dicen,
ante César lo estaba Marco Antonio. En el mismo momento
en que rey me llamaron, increpó a las brujas
y les hizo que hablaran. Como una profecı́a, entonces,
le saludaron como padre de una estirpe de reyes.
Una infecunda corona ciñeron sobre mi cabeza,
me hicieron empuñar un cetro estéril
que deberá arrancarme un dı́a mano extraña
sin tener hijo alguno para que me suceda: si es ası́
mi alma he mancillado por la estirpe de Banquo;
por ellos he matado al noble Duncan,
llenado de rencor mi copa de reposo
sólo por ellos, dando la joya eterna de mi vida
al enemigo común de los mortales,
para hacer de ellos reyes. ¡Reyes a las semillas
de Banquo! ¡Ven, destino, antes de que ası́ sea! ¡Ven y lucha!
¡Lucha conmigo hasta el final!... ¿Quién va?
Entran el sirviente y dos asesinos
Espérate a la puerta hasta que llame.
La leyenda del rey Arturo
LAS MIL Y UNA NOCHES
Las mil y una noches
es una recopilación medieval de cuentos tradicionales del Oriente
Medio, que utiliza la forma del relato enmarcado. La historia principal
que sirve como marco a los cuentos narra la historia del sultán y su
esposa Scherezade (hija mayor del visir), quien se sirve de la treta de
contar una relato al rey cada noche que deja inconcluso para la noche
siguiente, para evitar su muerte. Debemos recordar que el sultán
asesinaba cada mañana a sus nuevas esposas, como venganza del adulterio
cometido por su primera mujer. Al final, el sultán acaba enamorado de
Sherezade y olvidando el rencor que sentía hacia las mujeres.
Boccaccio
Decamerón
I, 1
El seor Cepparello engaña a un santo fraile con una falsa confesión y muere después, y habiendo sido un hombre malvado en vida, es, muerto, reputado por santo y llamado San Ciapelletto.
Se dice, pues, que habiéndose Musciatto Franzesi convertido, de riquísimo y gran mercader en Francia, en caballero, y debiendo venir a Toscana con micer Carlos Sin Tierra, hermano del rey de Francia, que fue llamado y solicitado por el papa Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban muy intrincados acá y allá, pensó encomendarlos a varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó la duda de a quién dejar pudiese capaz de rescatar los créditos hechos a varios borgoñones. Y la razón de la duda era saber que los borgoñones son litigiosos y de mala condición y desleales, y a él no le venía a la cabeza quién pudiese haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza para que pudiese oponerse a su perversidad. Y después de haber estado pensando largamente en este asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas veces se hospedaba en su casa de París, que por Ciappelletto era conocido en todas partes. Era este Ciappelletto de esta vida: declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le pedía como si no; y dándose en aquellos tiempos en Francia grandísima fe a los juramentos, no preocupándose por hacerlos falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas le pidiesen que jurara decir verdad por su fe. Tenía placer en suscitar entre cualesquiera personas males y enemistades y escándalos, de los cuales cuanto tanta mayor alegría sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier otro acto criminal de buena gana iba, y muchas veces se encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias manos. Gran blasfemador era contra Dios y los santos, y por cualquier cosa pequeña, como que era iracundo más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás, y a todos sus sacramentos escarnecía con abominables palabras; y por el contrario las tabernas y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y los frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros al bastón. Golosísimo y gran bebedor hasta a veces sentir repugnantes náuseas; era solemne jugador con dados trucados.
Mas ¿por qué me alargo en tantas palabras? Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese nacido. Y su maldad largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer Musciatto, por quien muchas veces de la justicia fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó el dicho micer Musciatto que éste era el que necesitaba, llamándole le dijo así:
-Seor Ciappelletto, como sabes, estoy por retirarme del todo de aquí y, teniendo entre otros que entenderme con los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé quién pueda dejar más apropiado que tú para rescatar de ellos mis bienes; si quieres ocuparte de esto entiendo conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que rescates que sea conveniente.
Seor Cepparello, que se veía desocupado y mal provisto de bienes mundanos se decidió sin dilación alguna y dijo que quería hacerlo de buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, se fue a Borgoña donde casi nadie le conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza, benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido, como si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así, hospedándose en la casa de dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de micer Musciatto le honraban mucho, sucedió que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron prestamente venir médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa necesaria para recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era ya viejo y había vivido desordenadamente, según decían los médicos iba de día en día de mal en peor como quien tiene un mal de muerte; un día, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yacía enfermo, comenzaron los dos hermanos a razonar entre ellos.
-¿Qué haremos de éste? -decía el uno al otro-. Estamos por su causa en una situación pésima porque echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos traería gran tacha. Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado que no querrá confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será arrojado a los fosos como un perro. Y si por el contrario se confiesa, sus pecados son tantos y tan horribles que ningún fraile o cura querrá ni podrá absolverle; por lo que, no absuelto, será también arrojado a los fosos como un perro. Y si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro oficio (que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y correrá en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben los haberes sino que pueden quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera guisa estamos mal si éste se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí cerca de donde éstos estaban hablando, oyó lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:
-No quiero que temáis por mí ni tengáis miedo de recibir por mi causa algún daño. He hecho, viviendo, tantas injurias al Señor Dios que por hacerle una más a la hora de la muerte poco se dará. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más que podáis y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y estéis contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha esperanza, no dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que algún hombre santo y sabio escuchase la confesión de un lombardo que estaba enfermo en su casa; y les fue dado un fraile anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la Escritura y hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en grandísima y especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual, llegado a la cámara donde el seor Ciappelletto yacía, y sentándose a su lado, empezó primero a confortarle benignamente y le preguntó luego que cuánto tiempo hacía que no se había confesado. A lo que el seor Ciappelletto, que nunca se había confesado, respondió:
-Padre mío, mi costumbre es de confesarme todas las semanas al menos una vez; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son casi ocho días, no me he confesado, tanto es el malestar que he tenido. Por ello os ruego, mi buen padre, que me preguntéis tan menudamente de todas las cosas como si nunca me hubiera confesado, y no tengáis compasión porque esté enfermo, que más quiero disgustar a estas carnes mías que hacer cosa que pudiese resultar en perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su preciosa sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le parecieron señal de una mente bien dispuesta; y luego empezó a preguntarle si había alguna vez pecado lujuriosamente con alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió suspirando:
-Ya que lo queréis así, os lo diré: soy tan virgen como salí del cuerpo de mi madre.
-¡Oh, bendito seas de Dios! -dijo el fraile-, ¡qué bien has hecho!
Y luego de esto, le preguntó si había desagradado a Dios con el pecado de la gula. A lo que, suspirando mucho, seor Ciappelletto contestó que sí y muchas veces; porque, como fuese que él tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido el agua con tanto deleite como los grandes bebedores hacen con el vino. Y muchas veces había deseado comer aquellas ensaladas de hierbas que hacen las mujeres cuando van al campo, y algunas veces le había parecido mejor comer que el más delicioso de los manjares. A lo que el fraile dijo:
-Hijo mío, estos pecados son naturales y son muy leves, y por ello no quiero que te apesadumbres.
-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, padre mío, no me digáis esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las cosas que se hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el ánimo: y quien lo hace de otra manera, peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
-Y yo estoy contento de que así lo entiendas en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
-Padre mío, no querría que sospechaseis de mí porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte aquí sino que había venido con la intención de amonestarles y reprenderles y arrancarles a este abominable oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios no me hubiese visitado de esta manera. Pero debéis de saber que mi padre me dejó rico, y de sus haberes, cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego lo que he ganado lo he partido por medio con los pobres, dedicando mi mitad a mis necesidades, dándoles a ellos la otra mitad; y en ello me ha ayudado tan bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido mis negocios.
-Has hecho bien -dijo el fraile-, pero ¿con cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?
-¡Oh! -dijo seor Ciappelletto-, eso os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas sucias, no observar los mandamientos de Dios, no temer sus juicios? Muchas veces he querido estar mejor muerto que vivo al ver a los jóvenes ir tras vanidades y jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las iglesias y seguir más las vías del mundo que las de Dios.
Dijo entonces el fraile:
-Hijo mío, ésta es una ira buena y yo en cuanto a mí no sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por acaso no te habrá podido inducir la ira a cometer algún homicidio o a decir villanías de alguien o a hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió:
-¡Ay de mí, señor, ¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera tenido un pequeño pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que Dios me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los asesinos y los criminales, de los que al verlos he dicho siempre: «Ve con Dios que te convierta».
Entonces dijo el fraile:
-Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de Dios, ¿alguna vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o dicho mal de alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de su dueño?
-Ya, señor, sí -repuso seor Ciappelletto- que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del mundo no hacía más que golpear a su mujer cada vez que había bebido, y tan gran piedad sentí por aquella pobrecilla que una vez hablé mal de él a los parientes de la mujer.
Dijo entonces el fraile:
-¿Has engañado alguna vez a alguien como hacen los mercaderes?
-Por mi fe -dijo seor Ciappelletto-, señor, sí, pero no sé quién era: habiéndome dado alguien unos dineros que me debía por un paño que le había vendido, y yo puéstolos en un cofre sin contarlos, vine a ver después de un mes que eran cuatro reales más de lo que debían ser, por lo que, no habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un año para devolvérselos, los di por amor de Dios.
Dijo el fraile:
-Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo que hiciste.
Y después de esto preguntole el santo fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio respuesta en la misma manera. Y queriendo él proceder ya a la absolución, dijo seor Ciappelletto:
-Señor mío, tengo todavía algún pecado que aún no os he dicho.
El fraile le preguntó cuál, y dijo:
-Me acuerdo de que hice a mi criado barrer la casa en domingo, y no tuve al santo día la reverencia que debía, porque en un día así resucitó de la muerte a la vida Nuestro Señor.
-¡Oh! -dijo el fraile-, hijo mío, ésa es cosa leve. ¿Alguna cosa más has hecho?
-Señor mío, sí -respondió seor Ciappelletto-, no dándome cuenta, escupí una vez en la iglesia de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:
-Hijo mío, ésa no es cosa de inquietud: nosotros, que somos religiosos, todo el día escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
-Y hacéis gran villanía, porque nada conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde sacrificio a Dios.
De tales hechos le dijo muchos, y por último empezó a suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía hacer demasiado bien cuando quería. Dijo el santo fraile:
-Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
-¡Ay de mí, señor! Que me ha quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza me da decirlo.
Entonces el santo fraile dijo:
-¡Bah, hijo! ¿Qué estás diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del mundo fuesen todos en un hombre solo, y éste estuviese arrepentido y contrito como te veo, tanta es la benignidad y la misericordia de Dios que, confesándose éste, se los perdonaría liberalmente; así, dilo con confianza.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el fraile le animaba a decirlo. Luego de que seor Ciappelletto hubo tenido así suspenso al fraile, lanzó un gran suspiro y dijo:
- Sabed que, cuando era pequeñito, maldije una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar fuertemente. Dijo el fraile:
-¡Ah, hijo mío! ¿Y eso te parece tan gran pecado? Si Dios perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado, ¿no crees que vaya a perdonarte esto? No llores, consuélate, que seguro que si hubieses sido uno de los que le pusieron en la cruz, teniendo la contrición que te veo, te perdonaría Él.
Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición teniéndolo por hombre santísimo ¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre en peligro de muerte confesándose decir tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:
-Señor Ciappelletto, con la ayuda de Dios estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios llamase a sí a vuestra alma, ¿os placería que vuestro cuerpo fuese sepultado en nuestro convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
-Señor, sí, que no querría estar en otro sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar a Dios por mí, además de que yo he tenido siempre una especial devoción por vuestra orden. Si he vivido como pecador, al menos muera como cristiano.
El santo hombre dijo que haría que de inmediato fuese llevado; y así fue.
Los dos hermanos, que junto a un tabique que dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía fácilmente oían y entendían lo que al fraile decía, sentían algunas veces tales ganas de reír que casi estallaban, y se decían uno al otro: ¿qué hombre es éste, al que ni vejez ni enfermedad ni temor de la muerte han podido apartarle de su maldad? Pero viendo que el fraile lo exoneraba de culpa no se preocuparon de que fuese a delatarlos por sus primeras intenciones. Seor Ciappelletto comulgó poco después y, empeorando sin remedio, recibió la última unción; y el mismo día poco después del crepúsculo murió. El santo fraile que lo había confesado fue a buscar al prior del convento, y a los frailes reunidos mostró que seor Ciappelletto había sido un hombre santo según él lo había podido entender de su confesión; les persuadió a que con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel cuerpo. Y por la mañana, vestidos todos con albas y capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante, cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y solemnidad se lo llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la ciudad; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al púlpito, el santo fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre sus ayunos, su virginidad, su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar maravillosas cosas, entre otras contando cómo él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender al pueblo que le escuchaba, diciendo:
-Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier brizna de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su Madre y de toda la corte celestial.
Y hasta tal punto lo metió en la cabeza y en la devoción de todos los que allí estaban que, después de terminado el oficio, entre los mayores apretujones del mundo todos fueron a besarle los pies y las manos, y le desgarraron todos los paños que llevaba encima, teniéndose por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera tener: y convino que todo el día fuese conservado así, para que por todos pudiese ser visto y visitado. Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol fue honrosamente sepultado en una capilla, y enseguida al día siguiente empezaron las gentes a ir allí y a encender candelas y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y a colgar exvotos de cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de su santidad y la devoción en que se le tenía que no había nadie que estuviera en alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a él, y lo llamaron y lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por él y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora. Así pues, vivió y murió el seor Cepparello de Prato y llegó a ser santo, como habéis oído; y no quiero negar que sea posible que sea un bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y malvada, pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de manera que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su reino; pero como esto es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que más debe encontrarse condenado entre las manos del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima hemos de reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no mira nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien verdaderamente santo recurriésemos como a mediador de su gracia. Y por ello, para que por su gracia en la adversidad presente y en esta compañía tan alegre seamos conservados sanos y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado, teniéndole reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de ser escuchados.
Y aquí, calló.
III, 1
Masetto de Lamporecchio se hace el mudo y entra como hortelano en un monasterio de mujeres, que porfían en acostarse con él.
En esta comarca nuestra hubo y todavía hay un monasterio de mujeres, muy famoso por su santidad, que no nombraré por no disminuir en nada su fama; en el cual, no hace mucho tiempo, no habiendo entonces más que ocho señoras con una abadesa, y todas jóvenes, había un buen hombrecillo hortelano de un hermosísimo jardín suyo que, no contentándose con el salario, se volvió a Lamporecchio, de donde era. Allí, entre los que alegremente le recibieron, había un joven labrador fuerte y robusto, hermoso en su persona aunque villano, cuyo nombre era Masetto; y le preguntó dónde había estado tanto tiempo. El buen hombre, que se llamaba Nuto, se lo dijo; Masetto le preguntó a qué atendía en el monasterio, y Nuto repuso: -Yo trabajaba en un jardín suyo hermoso y grande, y además de esto, iba alguna vez al bosque por leña, traía agua y hacía otros tales servicios; pero las señoras me daban tan poco salario que apenas podía pagarme los zapatos. Y además de esto, son todas jóvenes y parece que tienen el diablo en el cuerpo, que no se hace nada a su gusto; así, cuando yo trabajaba alguna vez en el huerto, una decía: «Pon esto aquí», y la otra: «Pon aquí aquello» y otra me quitaba la azada de la mano y decía: «Esto no está bien»; y me daba tanto coraje que dejaba el laboreo y me iba del huerto, así que, entre una cosa y la otra, no quise estarme más y me he venido. Y me pidió su mayordomo, cuando me vine, que si tenía alguien a mano que entendiera en aquello, que se lo mandase, y se lo prometí, pero así le guarde Dios los riñones que ni buscaré ni le mandaré a nadie.
A Masetto, oyendo las palabras de Nuto, le vino al ánimo un deseo tan grande de estar con estas monjas que se derretía todo comprendiendo por las palabras de Nuto que podría conseguir algo de lo que deseaba. Y considerando que no lo conseguiría si decía algo a Nuto, le dijo: -¡Ah, qué bien has hecho en venirte! ¿Qué es un hombre entre mujeres? Mejor estaría con diablos: de siete veces seis no saben lo que ellas mismas quieren.
Pero luego, terminada su conversación, empezó Masetto a pensar qué camino debía seguir para poder estar con ellas; y conociendo que sabía hacer bien los trabajos que Nuto hacía, no temió perderlo por aquello, pero temió no ser admitido porque era demasiado joven y aparente. Por lo que, dando vueltas a muchas cosas, pensó: «El lugar es bastante alejado de aquí y nadie me conoce allí; si sé fingir que soy mudo, por cierto que me admitirán».
Y deteniéndose en aquel pensamiento, con un hacha al hombro, sin decir a nadie adónde fuese, a guisa de un hombre pobre se fue al monasterio; donde, llegado, entró dentro y por ventura encontró al mayordomo en el patio, a quien, haciendo gestos como hacen los mudos, mostró que le pedía de comer por amor de Dios y que él, si lo necesitaba, le partiría la leña. El mayordomo le dio de comer de buena gana; y luego de ello le puso delante de algunos troncos que Nuto no había podido partir, los que éste, que era fortísimo, en un momento hizo pedazos. El mayordomo, que necesitaba ir al bosque, lo llevó consigo y allí le hizo cortar leña; después de lo cual, poniéndole el asno delante, por señas le dio a entender que lo llevase a casa. Él lo hizo muy bien, por lo que el mayordomo, haciéndole hacer ciertos trabajos que le eran necesarios, más días quiso tenerlo; de los cuales sucedió que un día la abadesa lo vio, y preguntó al mayordomo quién era. El cual le dijo:
-Señora, es un pobre hombre mudo y sordo, que vino uno de estos días a por limosna, así que le he hecho un favor y le he hecho hacer bastantes cosas de que había necesidad. Si supiese labrar un huerto y quisiera quedarse, creo que estaríamos bien servidos, porque él lo necesita y es fuerte y se podría hacer de él lo que se quisiera; y además de esto no tendríais que preocuparos de que gastase bromas a vuestras jóvenes. A lo que dijo la abadesa:
-Por Dios que dices verdad: entérate si sabe labrar e ingéniate en retenerlo; dale unos pares de escarpines, algún capisayo viejo, y halágalo, hazle mimos, dale bien de comer. El mayordomo dijo que lo haría. Masetto no estaba muy lejos, pero fingiendo barrer el patio oía todas estas palabras y se decía: «Si me metéis ahí dentro, os labraré el huerto tan bien como nunca os fue labrado.»
Ahora, habiendo el mayordomo visto que sabía óptimamente labrar y habiéndolo admitido, le mandó que labrase el huerto y le enseñó lo que tenía que hacer; luego se fue a otros asuntos del monasterio y lo dejó. Labrando un día tras otro, las monjas empezaron a molestarle y a ponerlo en canciones, como muchas veces sucede que otros hacen a los mudos, y le decían las palabras más malvadas del mundo no creyendo ser oídas por él; y la abadesa, que tal vez juzgaba que él tan sin cola estaba como sin habla, de ello poco o nada se preocupaba. Pero sucedió que habiendo trabajado un día mucho y estando descansando, dos monjas que andaban por el jardín se acercaron a donde estaba, y empezaron a mirarle mientras él fingía dormir. Por lo que una de ellas, que era algo más decidida, dijo a la otra:
-Si creyese que me guardabas el secreto te diría un pensamiento que he tenido muchas veces, que tal vez a ti también podría agradarte.
La otra repuso:
-Habla con confianza, que por cierto no lo diré nunca a nadie.
Entonces la decidida comenzó:
-No sé si has pensado cuán estrictamente vivimos y que aquí nunca ha entrado un hombre sino el mayordomo, que es viejo, y este mudo: y muchas veces he oído decir a muchas mujeres que han venido a vernos que todas las dulzuras del mundo son una broma con relación a aquella de unirse la mujer al hombre. Por lo que muchas veces me ha venido al ánimo, puesto que con otro no puedo, probar con este mudo si es así, y éste es lo mejor del mundo para ello porque, aunque quisiera, no podría ni sabría contarlo; ya ves que es un mozo tonto, más crecido que con juicio. Con gusto oiré lo que te parece de esto. -¡Ay! -dijo la otra-, ¿qué es lo que dices? ¿No sabes que hemos prometido nuestra virginidad a Dios?
-¡Oh! -dijo ella-, ¡cuántas cosas se le prometen todos los días de las que no se cumple ninguna! ¡Si se lo hemos prometido, que sea otra u otras quienes cumplan la promesa! A lo que la compañera dijo:
-Y si nos quedásemos preñadas, ¿qué iba a pasar?
Entonces aquélla dijo:
-Empiezas a pensar en el mal antes de que te llegue; si sucediere, entonces pensaremos en ello: podrían hacerse mil cosas de manera que nunca se sepa, siempre que nosotras mismas no lo digamos.
Esta, oyendo esto, teniendo más ganas que la otra de probar qué animal era el hombre, dijo:
-Pues bien, ¿qué haremos?
A lo que aquélla repuso:
-Ves que va a ser nona; creo que las sores están todas durmiendo menos nosotras; miremos por el huerto a ver si hay alguien, y si no hay nadie, ¿qué vamos a hacer sino cogerlo de la mano y llevarlo a la cabaña donde se refugia cuando llueve, y allí una se queda dentro con él y la otra hace guardia? Es tan tonto que se acomodará a lo que queremos.
Masetto oía todo este razonamiento, y dispuesto a obedecer, no esperaba sino ser tomado por una de ellas. Ellas, mirando bien por todas partes y viendo que desde ninguna podían ser vistas, aproximándose la que había iniciado la conversación a Masetto, le despertó y él muy presto se puso en pie; por lo que ella con gestos halagadores le cogió de la mano, y él dando sus tontas risotadas, lo llevó a la cabaña, donde Masetto, sin hacerse mucho rogar, hizo lo que ella quería. La cual, como leal compañera, habiendo obtenido lo que quería, dejó el lugar a la otra, y Masetto, siempre mostrándose simple, hacía lo que ellas querían; por lo que antes de irse de allí, más de una vez quiso cada una probar cómo cabalgaba el mudo, y luego, hablando entre ellas muchas veces, decían que en verdad aquello era tan dulce cosa, y más, como habían oído; y buscando los momentos oportunos, con el mudo iban a juguetear. Sucedió un día que una compañera suya, desde una ventana de su celda, se apercibió del tejemaneje y se lo enseñó a otras dos; y primero tomaron la decisión de acusarlas a la abadesa, pero después, cambiando de parecer y puestas de acuerdo con aquéllas, se convirtieron en participantes con ellas del poder de Masetto; a las cuales, las otras tres, por diversos accidentes, hicieron compañía en varias ocasiones. Por último, la abadesa, que todavía no se había dado cuenta de estas cosas, paseando un día sola por el jardín, siendo grande el calor, se encontró a Masetto (el cual con poco trabajo se cansaba durante el día por el demasiado cabalgar de la noche), que se había dormido echado a la sombra de un almendro, y habiéndole el viento levantado las ropas, todo al descubierto estaba. Lo cual mirando la señora y viéndose sola, cayó en aquel mismo apetito en que habían caído sus monjitas; y despertando a Masetto, a su alcoba se lo llevó, donde varios días, con gran quejumbre de las monjas porque el hortelano no venía a labrar el huerto, lo tuvo, probando y volviendo a probar aquella dulzura que antes solía censurar ante las otras. Por último, mandándole de su alcoba a la habitación de él y requiriéndole con mucha frecuencia y queriendo de él más de una parte, no pudiendo Masetto satisfacer a tantas, pensó que si duraba mucho más aquello de su mudez podría venirle gran daño; y por ello una noche, estando con la abadesa, empezó a decir:
-Señora, he oído que un gallo basta a diez gallinas, pero que diez hombres pueden mal y con trabajo satisfacer a una mujer, y yo tengo que servir a nueve; lo que por nada del mundo podré aguantarlo, pues que he venido a tal, por lo que hasta ahora he hecho, que no puedo hacer ni poco ni mucho; y por ello, o me dejáis irme con Dios o le encontráis un arreglo a esto.
La señora, oyendo hablar a este a quien tenía por mudo, toda se pasmó, y dijo: -¿Qué es esto? Creía que eras mudo.
-Señora -dijo Masetto-, sí lo era pero no de nacimiento, sino por una enfermedad que me quitó el habla, y por primera vez esta noche siento que me ha sido restituida, por lo que alabo a Dios cuanto puedo.
La señora lo creyó y le preguntó qué quería decir aquello de que a nueve tenía que servir. Masetto le dijo lo que pasaba, oyendo lo cual la abadesa, se dio cuenta de que no había monja que no fuese mucho más sabia que ella; por lo que, como discreta, sin dejar irse a Masetto, se dispuso a llegar con sus monjas a un entendimiento en estos asuntos, para que por culpa de Masetto no fuese vituperado el monasterio. Y habiendo por aquellos días muerto el mayordomo, de común acuerdo, haciéndose manifiesto en todas lo que a espaldas de todas se había estado haciendo, con placer de Masetto hicieron de manera que las gentes de los alrededores creyeran que por sus oraciones y por los méritos del santo a quien estaba dedicado el monasterio, a Masetto, que había sido mudo largo tiempo, le había sido restituida el habla, y le hicieron mayordomo; y de tal modo se repartieron sus trabajos que pudo soportarlos. Y en ellos bastantes monaguillos engendró pero con tal discreción se procedió en esto que nada llegó a saberse hasta después de la muerte de la abadesa, estando ya Masetto viejo y deseoso de volver rico a su casa; lo que, cuando se supo, fácilmente lo consiguió. Así, pues, Masetto, viejo, padre y rico, sin tener el trabajo de alimentar a sus hijos ni pagar sus gastos, habiendo sabido por su astucia bien proveer a su juventud, volvió al lugar de donde había salido con un hacha al hombro, afirmando que así trataba Cristo a quien le ponía los cuernos sobre la guirnalda.
III, 8
Ferondo, tomados ciertos polvos, es enterrado como muerto y por el abad, que su mujer se disfruta, hecho sacar de la tumba y puesto en prisión y persuadido de que está en el purgatorio, y luego, resucitado, como suyo cría a un hijo engendrado por el abad en su mujer.
Hubo, pues, en Toscana, una abadía (y todavía hay) situada, como vemos muchas, en un lugar no demasiado frecuentado por las gentes, de la que fue abad un monje que en todas las cosas era santísimo, salvo en los asuntos de mujeres, y éstos los sabía hacer tan cautamente que casi nadie los sospechaba; por lo que se pensaba que era santísimo y justo en todo. Ahora, sucedió que, habiendo hecho gran amistad con el abad un riquísimo villano que tenía por nombre Ferondo, hombre ignorante y obtuso fuera de toda ponderación (y no por otra cosa gustaba el abad de su trato sino por la diversión que a veces le causaba su simpleza), en esta amistad se apercibió el abad de que Ferondo tenía por esposa a una mujer hermosísima, de la que se enamoró tan ardientemente que en otra cosa no pensaba ni de día ni de noche; pero oyendo que, por muy simple y necio que fuese en todas las demás cosas, era sapientísimo en amar y proteger a esta su mujer, casi desesperaba. Pero, como muy astuto, domesticó tanto a Ferondo que éste con su mujer venían alguna vez a pasearse por el jardín de su abadía; y allí les hablaba con gran modestia sobre la felicidad de la vida eterna y sobre las santísimas acciones de muchos hombres y mujeres ya muertos, tanto que a la señora le dieron deseos de confesarse con él y le pidió licencia a Ferondo y la obtuvo. Venida, pues, a confesarse con el abad con grandísimo placer de éste y poniéndose a sus pies como si otra cosa viniese a decir, comenzó:
-Señor, tal vez me sería más fácil con vuestra enseñanza entrar en el camino de que me habéis hablado, que lleva a otros a la vida eterna, pero yo, considerando quién es Ferondo y su estulticia, me puedo considerar viuda y, sin embargo, soy casada en tanto que, viviendo él, otro marido no puedo tomar, y él, aun necio como es, es tan fuera de toda medida y sin ninguna razón tan celoso que por ello no puedo vivir con él más que en tribulación y en desgracia. Por la cual cosa, antes de venir a otra confesión, lo más humildemente que puedo os ruego que sobre esto queráis darme algún consejo, porque si desde ahora no empiezo a procurar ocasión de mi bien, confesarme o hacer alguna otra buena obra de poco me servirá.
Este discurso proporcionó gran placer al alma del abad, y le pareció que la fortuna hubiera abierto el camino a su mayor deseo; y dijo:
-Hija mía, creo que gran fastidio debe ser para una hermosa y delicada mujer como sois vos tener por marido a un mentecato, pero mucho mayor creo que sea tener a un celoso; por lo que, teniendo vos uno y otro, fácilmente os creo lo que de vuestra tribulación me decís. Pero en ello, por decirlo en pocas palabras, no veo consejo ni remedio fuera de uno, que es que Ferondo se cure de estos celos. La medicina para curarlo sé yo muy bien cómo hacerla, siempre que vos tengáis la voluntad de guardar en secreto lo que voy a deciros.
La mujer dijo:
-Padre mío, no dudéis de ello, porque me dejaré antes morir que decir a nadie algo que vos me dijerais que no dijese, ¿pero cómo se podrá hacer?
Repuso el abad:
-Es necesario que muera, y así sucederá, y cuando haya sufrido tantos castigos que esté curado de estos celos suyos, con ciertas oraciones, rogaremos a Dios que lo devuelva a esta vida, y así lo hará.
-Pues -dijo la mujer-, ¿he de quedarme viuda?
-Sí -repuso el abad-, durante algún tiempo, y mucho debéis guardaros de que nadie se case con vos, porque a Dios le parecería mal, y al volver Ferondo tendríais que volver con él y sería más celoso que nunca.
La mujer dijo:
-Siempre que se cure de esta desgracia, que no tenga que estar yo siempre en prisión, estoy contenta; haced como gustéis.
Dijo entonces el abad:
-Así lo haré: pero ¿qué galardón tendré de vos por tal servicio?
-Padre mío -dijo la señora-, lo que deseéis si puedo hacerlo, pero ¿qué puede alguien como yo que sea apropiado a tal hombre como vos sois?
El abad le dijo:
-Señora, vos podéis hacer por mí no menos que lo que yo me empeño en hacer por vos porque así como me dispongo a hacer aquello que debe ser bien y consuelo vuestro, así podéis hacer vos lo que será salud y salvación de mi vida.
Dijo entonces la señora:
-Sí es así, estoy dispuesta.
-Pues -dijo el abad-, me daréis vuestro amor y me daréis el placer de teneros, porque por vos ardo y me consumo.
La mujer, al oír esto, toda pasmada, repuso:
-¡Ay, padre mío!, ¿qué es lo que me pedís? Yo creía que erais un santo: ¿y les cuadra a los santos requerir a las mujeres que les piden consejo a tales asuntos? El abad le dijo:
-Alma mía bella, no os maravilléis, que la santidad no disminuye porque está en el alma, y lo que yo os pido es un pecado del cuerpo. Pero, sea como sea, tanta fuerza ha tenido vuestra atrayente belleza que Amor me obliga a hacer esto, y os digo que de vuestra hermosura más que otras mujeres podéis gloriaros al pensar que agrada a los santos, que están tan acostumbrados a las del cielo; y además de esto, aunque sea yo abad sigo siendo un hombre como los demás y, como veis, todavía no soy viejo. Y esto no debe seros penoso de hacer, sino que debéis desearlo porque mientras Ferondo esté en el purgatorio, yo os daré, haciéndoos compañía por la noche, el consuelo que debería daros él, y nadie se dará cuenta de ello, creyendo todos de mí aquello, y más, que vos creíais hace poco. No rehuséis la gracia que Dios os manda, que muchas son las que desean lo que vos podéis tener y tendréis, si como prudente seguís mi consejo. Además, tengo hermosas joyas valiosas, que entiendo no sean de otra persona sino vuestras. Haced, pues, dulce esperanza mía, lo que yo hago por vos de buen grado.
La mujer tenía el rostro inclinado, y no sabía cómo negárselo, y concedérselo no le parecía bien, por lo que el abad, viendo que le había escuchado y daba largas a la respuesta, pareciéndole haberla convencido a medias, con muchas otras palabras continuando las primeras, antes de que callase le había metido en la cabeza que aquello estaba bien hecho; por lo que dijo vergonzosamente que estaba dispuesta a lo que mandase, pero que antes de que Ferondo hubiese ido al purgatorio no podía ser. El abad, contentísimo, le dijo:
-Y haremos que allí vaya muy presto; haced que mañana o al día siguiente venga aquí conmigo.
Y dicho esto, habiéndole puesto ocultamente en la mano un bellísimo anillo, la despidió. La mujer, alegre con el regalo y esperando tener otros, maravillosas cosas empezó a decir a sus compañeras sobre la santidad del abad. De allí a pocos días se fue Ferondo a la abadía, y en cuanto lo vio el abad pensó en mandarlo al purgatorio; y encontrados unos polvos de maravillosa virtud que en tierras de Levante había obtenido de un gran príncipe que afirmaba que solía usarlos el Viejo de la Montaña cuando quería mandar a alguien (haciéndole dormir) a su paraíso o traerlo de allí, y que, en mayor o menor cantidad dados, sin ninguna lesión hacían de tal manera dormir más o menos a quien los tomaba que, mientras duraba su poder no se habría dicho que tenía vida, y habiendo tomado de ellos cuantos fuesen suficientes para hacer dormir tres días, en un vaso de vino todavía un poco turbio, en su celda, sin que Ferondo se diese cuenta, se los dio a beber; y con él lo llevó al claustro y con otros de sus monjes empezaron a reírse de él y de sus tonterías. Lo que no duró mucho porque, obrando los polvos, se le subió a éste un sueño tan súbito y fiero a la cabeza que estando todavía en pie se durmió, y cayó dormido. El abad, mostrándose perturbado por el accidente, haciéndolo desceñir y haciendo traer agua fría y echándosela en la cara, y haciéndole aplicar muchos otros remedios como si de alguna flatulencia de estómago o de otra cosa quisiera recuperarle la desmayada vida y el sentido, viendo el abad y los monjes que con todo aquello no recobraba el sentido, tomándole el pulso y no encontrándolo, todos tuvieron por cierto que estaba muerto; por lo que, mandándolo a decir a la mujer y a sus parientes, todos los cuales aquí vinieron prontamente, y habiéndolo la mujer con sus parientes llorado un tanto, vestido como estaba lo hizo el abad poner en una sepultura.
La mujer volvió a su casa, y de un pequeño muchachito que tenía de él dijo que no entendía separarse nunca; y así quedándose en casa, el hijo empezó a administrar la riqueza que había sido de Ferondo. El abad y un monje boloñés, de quien mucho se fiaba, sacaron a Ferondo de la sepultura y lo llevaron a un subterráneo en el que ninguna luz entraba, y que había sido hecho para prisión de los monjes que cometiesen faltas, y quitándole sus vestidos, vistiéndole a guisa de monje, sobre un haz de paja lo pusieron, y lo dejaron hasta que recobrase el sentido. Entretanto, el monje boloñés, informado por el abad de lo que tenía que hacer, sin saber de ello nadie más, se puso a esperar que Ferondo volviese en sí. El abad, al día siguiente, con algunos de sus monjes, se fue a casa de la mujer a modo de hacer una visita, y la encontró vestida de negro y atribulada; consolándola algún tanto, en voz baja le pidió que cumpliera su promesa. La mujer, viéndose libre y sin el empacho de Ferondo ni de nadie, habiéndole visto en el dedo otro hermoso anillo, dijo que estaba pronta y acordó con él que la noche siguiente fuese. Por lo que, llegada la noche, el abad, disfrazado con las ropas de Ferondo y acompañado por su monje, fue, y con ella hasta la mañana, con grandísimo deleite y placer, se acostó, y luego se volvió a la abadía, haciendo aquel camino asaz frecuentemente para dicho servicio; y siendo encontrado por algunos al ir o al venir, se creyó que era Ferondo que andaba por aquel barrio haciendo penitencia, y nacieron sobre ello muchas historias entre la gente vulgar de la villa.
El monje boloñés, vuelto en sí Ferondo y hallándose allí sin saber dónde estaba, dando una voz horrible, con algunas varas en la mano, cogiéndolo, le dio una gran paliza. Ferondo, llorando y gritando, no hacía otra cosa que preguntar:
-¿Dónde estoy?
El monje le repuso:
-Estás en el purgatorio.
-¿Cómo? -dijo Ferondo-. ¿Es que me he muerto?
Dijo el monje:
-Ciertamente.
Por lo que Ferondo, por sí mismo y por su mujer y por su hijo, empezó a llorar, diciendo las más extrañas cosas del mundo. El monje le llevó algo de comer y de beber, lo que viendo Ferondo dijo:
-¿Así que los muertos comen?
Dijo el monje:
-Si, y esto que te traigo es lo que la mujer que fue tuya mandó esta mañana a la iglesia para hacer decir misas por tu alma, lo que Dios quiere que te sea ofrecido. Dijo entonces Ferondo:
-¡Dómine, bendícela! Yo mucho la quería antes que muriese, tanto que la tenía toda la noche en brazos y no hacía más que besarla, y también otra cosa hacía cuando me daba la gana.
Y luego, comenzó a comer y a beber con mucha hambre, y no pareciéndole el vino muy bueno dijo:
-¡Dómine, házselo pagar, que no le dio al cura del vino de la cuba de junto al muro!
Pero luego que hubo comido, el monje le cogió de nuevo y con las mismas varas le dio una gran paliza. Ferondo, habiendo gritado mucho, dijo:
-¡Ah!, ¿por qué me haces esto?
Dijo el monje:
-Porque así manda Dios Nuestro Señor que te sea hecho dos veces al día.
-¿Y por qué razón? -dijo Ferondo.
Dijo el monje:
-Porque fuiste celoso teniendo por esposa a la mejor mujer que hubiera en tu ciudad.
-¡Ay! -dijo Ferondo-, dices verdad, y la más dulce; era más melosa que el caramelo, pero no sabía yo que Dios Nuestro Señor tuviera a mal que el hombre fuese celoso, porque no lo habría sido. Dijo el monje:
-De eso debías haberte dado cuenta mientras estabas allí, y enmendarte, y si sucede que alguna vez allí vuelvas, haz que tengas tan presente lo que ahora te hago que nunca seas celoso. Dijo Ferondo:
-¿Pues vuelve alguna vez quien se muere?
Dijo el monje:
-Sí, quien Dios quiere.
-¡Oh! -dijo Ferondo-, si alguna vez vuelvo seré el mejor marido del mundo; no le pegaré nunca, nunca le diré injurias sino por causa del vino que ha mandado esta mañana: y tampoco ha mandado vela ninguna, y he tenido que comer a oscuras.
Dijo el monje:
-Sí lo hizo, pero se consumieron en las misas.
-¡Oh! -dijo Ferondo-, será verdad, y ten por seguro que si allí vuelvo le dejaré hacer lo que quiera. Pero dime: ¿quién eres tú que me haces esto?
Dijo el monje:
-También estoy muerto, y fui de Cerdeña, y porque alabé mucho a un señor mío el ser celoso me ha condenado Dios a esta pena, a que tenga que darte de comer y de beber y estas palizas hasta que Dios disponga otra cosa de ti y de mí.
Dijo Ferondo:
-¿No hay aquí nadie más que nosotros dos?
Dijo el monje:
-Sí, millones, pero tú no los puedes ver ni oír, ni ellos a ti. Dijo entonces Ferondo:
-¿Pues a qué distancia estamos de nuestra tierra?
-¡Ojojú! -dijo el monje-, estamos a millas de más bien-la-cagueremos
-¡Recontra, eso es mucho! -dijo Ferondo-, y a lo que me parece debemos estar fuera del mundo, de tan lejos.
En tales conversaciones y otras semejantes, con comida y con palizas, fue tenido Ferondo cerca de diez meses, en los cuales con mucha frecuencia el abad visitó muy felizmente a su hermosa mujer y con ella se dio la mejor vida del mundo. Pero como suceden las desgracias, la mujer quedó preñada, y dándose cuenta enseguida lo dijo al abad; por lo que a los dos les pareció que sin demora Ferondo tenía que ser traído del purgatorio a la vida y volver con ella, y decir ella que estaba grávida de él. El abad, pues, la noche siguiente hizo con una voz fingida llamar a Ferondo en su prisión y decirle:
-Ferondo, consuélate, que place a Dios que vuelvas al mundo; adonde, vuelto, tendrás un hijo de tu mujer, al que llamarás Benedetto porque por las oraciones de tu santo abad y de tu mujer y por amor de San Benito te concede esta gracia.
Ferondo, al oír esto, se puso muy alegre, y dijo:
-Mucho me place: Dios bendiga a Nuestro Señor y al abad y a San Benito y a mi melosa mujer.
El abad, habiéndole hecho dar en el vino que le mandaba tantos polvos de aquellos que le hicieran dormir unas cuatro horas, volviéndole a poner sus vestidos, junto con su monje silenciosamente lo volvió a la sepultura donde había sido enterrado. Al hacerse de día, Ferondo volvió en sí y vio por alguna rendija de la sepultura luz, lo que no veía hacía diez meses, por lo que pareciéndole estar vivo, empezó a gritar: “¡Abridme, abridme!”, y a golpear él mismo con la cabeza contra la tapa del sepulcro, tan fuerte que removiéndola, porque con poco se removía, empezaba a abrirse cuando los monjes, que habían rezado maitines, corrieron allí y conocieron la voz de Ferondo y lo vieron ya salir del sepulcro, por lo que, espantados todos ante la extrañeza del hecho, comenzaron a huir y se fueron al abad. El cual, haciendo semblante de levantarse de la oración, dijo:
-Hijos, no temáis; tomad la cruz y el agua bendita y venid detrás de mí, y veamos lo que el poder de Dios nos quiere mostrar -y así lo hizo.
Estaba Ferondo tan pálido como quien ha estado tanto tiempo sin ver el cielo, y al ver al abad, corrió a sus pies y le dijo:
-Padre mío, vuestras oraciones, según me ha sido revelado, y las de San Benito y las de mi mujer me han sacado de las penas del purgatorio y traído a la vida de nuevo; por lo que os ruego a Dios que tengáis buenos días y buenas calendas, hoy y siempre.
El abad dijo:
-Alabado sea el poder de Dios. Ve pues, hijo, y consuela a tu mujer, que siempre, desde que te fuiste, ha estado llorando, y sé de aquí en adelante amigo y servidor de Dios.
Dijo Ferondo:
-Señor, así ha sido dicho; dejadme hacer a mí, que en cuanto la vea, tanto la besaré cuanto la quiero.
El abad, quedándose con sus monjes, mostró sentir por esta cosa una gran admiración e hizo cantar devotamente el miserere. Ferondo tornó a su villa, donde quien lo veía huía de él como suele hacerse de las cosas horribles, pero él, llamándole, afirmaba que había resucitado. La mujer también tenía miedo de él, al ver que la gente le preguntaba sobre muchas cosas; convertido en sabio, a todos respondía y daba noticias de las almas de sus parientes, y hacía por sí mismo las más bellas fábulas del mundo sobre los hechos del purgatorio. Por la cual cosa, volviéndose a casa con la mujer y entrado en posesión de sus bienes, la preñó a su parecer, y sucedió por ventura que llegado el tiempo oportuno la mujer parió un hijo varón, que fue llamado Benedetto Ferondo. La vuelta de Ferondo y sus palabras, al creer casi todo el mundo que había resucitado, acrecentaron sin límites la fama de la santidad del abad; y Ferondo, que por sus celos había recibido muchas palizas, según la promesa que el abad había hecho a la mujer, dejó de ser celoso de allí en adelante, con lo que, contenta la mujer, honestamente como solía con él vivió aunque, cuando convenientemente podía, de buen grado se encontraba con el santo abad que bien y diligentemente en sus mayores necesidades la había servido.
IX, 10
Don Gianni, a instancias de compadre Pietro, hace un encantamiento para convertir a su mujer en una yegua; y cuando va a pegarle la cola, compadre Pietro, diciendo que no quería cola, estropea todo el encantamiento .
Hubo en Barletta un cura llamado don Gianni de Barolo, el cual, porque tenía una iglesia pobre, para sustentar su vida comenzó a llevar mercancía con una yegua acá y allá por las ferias de Apulia y a comprar y a vender. Y andando así trabó estrecha amistad con uno que se llamaba Pietro de Tresanti, que hacía aquel mismo oficio con un asno suyo; y cuantas veces llegaba compadre Prieto a Barletta lo llevaba a su iglesia y allí lo albergaba y como podía lo honraba. Compadre Pietro, siendo pobrísimo y teniendo una pequeña cabaña en Tresanti, apenas bastante para él y para su joven y hermosa mujer y para su burro, siempre que don Gianni por Tresanti aparecía se lo llevaba a casa y como podía, en reconocimiento del honor que de él recibía en Barletta, lo honraba. Pero en el asunto del albergue, no teniendo el compadre Pietro sino una pequeña yacija en la cual dormía con su hermosa mujer, no lo podía honrar como quería, y el cura tenía que acostarse en el establo junto a la yegua de don Gianni. La mujer, sabiendo el honor que el cura hacía a su marido en Barletta, muchas veces había querido, cuando el cura venía, ir a dormir con una vecina suya, para que el cura durmiese con su marido en la cama, y se lo había dicho muchas veces al cura, pero él nunca había querido; y entre las otras veces una le dijo:
-Comadre Gemmata, no te preocupes por mí, que estoy bien, porque cuando me place a esta yegua la convierto en una hermosa muchacha y me estoy con ella, y luego, cuando quiero, la convierto en yegua.
La joven se maravilló y se lo creyó, y se lo dijo al marido, añadiendo:
-Si es tan íntimo tuyo como dices, ¿por qué no haces que te enseñe el encantamiento para que puedas convertirme a mí en yegua y hacer tus negocios con el burro y con la yegua y ganaremos el doble? Y cuando hayamos vuelto a casa podrías hacerme otra vez mujer como soy.
Compadre Pietro, que era más bien corto de alcances, creyó este asunto y siguió su consejo. Y lo mejor que pudo comenzó a solicitar de don Gianni que le enseñase aquello. Don Gianni se ingenió mucho en sacarlo de aquella necedad, pero no pudiendo, dijo:
-Bien, puesto que lo queréis, mañana nos levantaremos, como solemos, antes del alba, y os mostraré cómo se hace; es verdad que lo más difícil en este asunto es pegar la cola, como verás.
El compadre Pietro y la comadre Gemmata con tanto deseo esperaban este asunto que en cuanto se acercó el día se levantaron y llamaron a don Gianni; el cual, levantándose en camisa, vino a la alcobita del compadre Pietro y dijo:
-No hay en el mundo nadie por quien yo hiciese esto sino por vosotros; pero tenéis que hacer lo que yo os diga si queréis que salga bien.
Ellos dijeron que harían lo que él les dijese; por lo que don Gianni, cogiendo una luz, se la puso en la mano al compadre Pietro y le dijo:
-Mira bien lo que hago yo, y recuerda bien lo que diga; y si no quieres echar todo a perder guárdate de decir una sola palabra por nada que oigas o veas; y pide a Dios que la cola se pegue bien. El compadre Pietro, cogiendo la luz, dijo que así lo haría. Luego, don Gianni hizo que se desnudase la comadre Gemmata, y la hizo ponerse con las manos y los pies en el suelo de la manera que están las yeguas, aconsejándola igualmente que no dijese una palabra sucediese lo que sucediese; y comenzando a tocarle la cara con las manos y la cabeza, comenzó a decir:
-Que ésta sea buena cabeza de yegua.
Y tocándole los cabellos, dijo:
-Que éstos sean buenas crines de yegua.
Y luego tocándole los brazos dijo:
-Que éstos sean buenas patas y buenas pezuñas de yegua.
Luego, tocándole el pecho y encontrándolo duro y redondo, despertándose quien no había sido llamado y levantándose, dijo:
-Y sea éste buen pecho de yegua.
Y lo mismo hizo en la espalda y en el vientre y en la grupa y en los muslos y en las piernas; y por último, no quedándole nada por hacer sino la cola, levantándose la camisa dijo:
-Y ésta sea buena cola de yegua.
Compadre Pietro, que hasta entonces había mirado en silencio todas las cosas, viendo esta última dijo:
-¡Oh, don Gianni, no quiero que tenga cola, no quiero que tenga cola! Don Gianni, retirándose, dijo:
-¡Ay!, compadre Pietro, ¿qué has hecho?, ¿no te dije que no dijeses palabra por nada que vieras? La yegua estaba a punto de hacerse, pero hablando lo has estropeado todo, y ya no hay manera de rehacerlo.
El compadre Pietro dijo:
-Ya está bien: no quería yo esa cola. ¿Por qué no me decíais a mí: «Pónsela tú»? Y además se la pegabais demasiado baja.
Dijo don Gianni:
-Porque tú no habrías sabido la primera vez pegarla tan bien como yo.
La joven, oyendo estas palabras, levantándose y poniéndose en pie, de buena fe dijo a su marido:
-¡Bah!, qué animal eres, ¿por qué has echado a perder tus asuntos y los míos?, ¿qué yeguas has visto sin cola? Bien sabe Dios que eres pobre, pero sería justo que lo fueses mucho más. No habiendo, pues, ya manera de poder hacer de la joven una yegua por las palabras que había dicho el compadre Pietro, ella doliente y melancólica se volvió a vestir y el compadre Pietro con su burro, como acostumbraba, se fue a hacer su antiguo oficio; y junto con don Gianni se fue a la feria de Bitonto, y nunca más tal favor le pidió.
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1ª Evaluación
Literatura de la Antigüedad
Fragmentos de la Biblia
La maldad de los hombres
Noé construye el arca
Capítulo 7
El diluvio
Capítulo 8
Capítulo 9
Pacto de Dios con Noé
Embriaguez de Noé
Capítulo 11
La torre de Babel
El rey de Egipto se dirigió a las parteras de las hebreas diciéndoles: «Cuando asistáis a las mujeres hebreas a dar a luz y veáis en la silla de parto que es niño, matadlo; pero si es niña, dejadla vivir». Pero las parteras temían a Dios y no hicieron como el rey de Egipto les ordenó, dejando con vida a los niños varones.
Cierto hombre de la tribu de Leví, hijo de Israel que entró en Egipto con Jacob, tomó por esposa a una mujer levita. Esta dio a luz un niño hermoso y lo escondió durante tres meses. Sin poder ocultarlo más, fabricó un cestillo con juncos, lo recubrió con brea y pez, y lo depositó entre los juncos a la orilla del Nilo. La hija del Faraón, que había bajado al Nilo para bañarse, mientras sus doncellas se paseaban por la ribera, vio el cestillo entre los juncos y envió a una sierva que lo recogiese. Al abrirlo, vio al niño y escuchando su llanto se compadeció y dijo: «Este es un niño de los hebreos». Aconsejada por una doncella hebrea, la hija del Faraón hizo llamar a una nodriza para que lo criase diciéndole: «Llévate a este niño y críamelo. Yo te lo pagaré». Así, el niño fue criado por su madre. Cuando el niño creció, la madre se lo llevó a la hija del Faraón quien le puso de nombre Moisés, diciendo: «Porque de las aguas lo saqué».
3:5 Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y proclamaron ayuno, y se vistieron de cilicio desde el mayor hasta el menor de ellos.
Publio
Ovidio Nasón (
Fue halagado y mimado en los salones de la alta
aristocracia romana y en las fiestas de la corte. Pero en el año 9 Augusto lo
desterró, de manera fulminante, a Tomes, pequeña localidad a orillas del
Mar Negro. Las causas del destierro permanecen ocultas.
Metamorfosis de Ovidio
Se trata de un largo poema narrativo escrito por encargo del emperador Augusto, con el que se trataba de legitimizar el Imperio. Narra distintas transformaciones, desde la creación del mundo hasta la conversión de César en constelación.
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LIBER PRIMUS
Antes del mar, y de la tierra, y del cielo que todo lo cubre, en toda la extensión del orbe era uno sólo el aspecto que ofrecía la naturaleza. Se le llamó Caos[1]; era una masa confusa y desordenada, no más que un peso inerte y un amontonamiento de gérmenes mal unidos y discordantes. Ningún Titán[2] daba todavía al mundo su luz; tampoco Febe[3] renovaba en su creciente los cuernos recién aparecidos. Ni la tierra se encontraba suspendida en medio de los aires que la rodeaban, en equilibrio por su propio peso, ni Anfitrite[4] había extendido todavía sus brazos marcando los confines de la tierra firme. Y por dondequiera que había tierra, había también aire y agua, con lo que ni la tierra era sólida, m vadeable el agua, ni el aire tenía luz; ningún elemento conservaba su propia figura. Cada uno era un obstáculo para los otros, porque en un solo cuerpo lo frío luchaba con lo caliente, lo húmedo con lo seco, lo blando con lo duro, y con lo desprovisto de peso lo que tenía peso.
A esta contienda puso fin un dios, una naturaleza
mejor. Separó, en efecto, del cielo la tierra, y de la tierra las aguas, y
apartó el límpido cielo del aire espeso. Y una vez que así despejó estos
elementos y los sacó de la masa obscura, asignó a cada uno un lugar distinto y
los unió en amigable concordia” (versos 5-25).
[1] Denominación del Ser compacto, el abismo o
vacío anterior a todo lo demás, incluso los dioses, desprovisto de orden o
materia.
[2] Sol.
[3] Luna.
[4] Personificación del mar a través del nombre
de una Nereida (la esposa de Poseidón, el dios del mar).
[5] Prometeo, hijo del Titán Jápeto.
El poema sigue mostrando la relación entre el cielo (Urano) y la tierra (Gea) hasta la aparición de los titanes, gigantes y los dioses y el posterior reparto de tareas [lo explicaré en clase].
Continúa
el poema con la explicación de la existencia y distribución de vientos,
lagos, ríos, montes, diferentes temperaturas, nubes, nieblas, lluvias,
truenos, etc.; y respecto a los seres vivos relata lo siguiente:
Apenas había de este modo distribuido todas las cosas separándolas
unas de otras por barreras fijas, cuando los astros, que durante largo
tiempo habían estado soportando el agobio de la densa oscuridad,
empezaron a resplandecer en toda la extensión del cielo. Y para que
ninguna región estuviera desprovista de los seres vivos que le
corresponden, los astros y las formas divinas ocuparon el suelo
celeste, cayeron en suerte las aguas a los peces brillantes como lugar
de habitación, la tierra recibió a las fieras, a las aves el movedizo
aire.
A continuación,
con la ayuda de vientos, nubes, ríos y mares, se lleva a cabo la destrucción
indiscriminada de la vida terrestre bajo las aguas provocando un ‘diluvio
universal’ que dejara sumergidas hasta las más altas cumbres de las montañas.
No obstante en
el último momento se apiadó Júpiter de una pareja de mortales, Deucalión y
Pirra, que se encontraban cerca del monte Parnaso[1],
por no ser merecedora de tal castigo divino:
[Deucalión y Pirra]
“Cuando a aquel paraje, único que las aguas no
habían cubierto, arribó Deucalión, conducido, con la esposa que compartía su
lecho, por una pequeña embarcación, ambos rindieron tributo de adoración a las
ninfas corícidas[2],
a las divinidades de la montaña y a la profética Temis que entonces se
encargaba de los oráculos. No ha habido hombre más excelente ni más amante de
la justicia que Deucalión, ni tampoco mujer alguna más temerosa de los dioses
que la suya. Cuando Júpiter vio que el mundo estaba cubierto de una líquida
sábana formando un inmenso estanque, y que un sólo varón quedaba de tantos
miles y que una sola mujer quedaba de tantos miles, inocentes ambos, adoradores
de la divinidad ambos, dispersó los nubarrones, hizo, valiéndose del aquilón,
que las lluvias cesasen, y mostró al cielo la tierra y el empíreo la tierra. No
persiste tampoco la cólera del mar, y el soberano del piélago abandona su arma
de tres puntas” (versos 318-331).
La tristeza invadió a la
pareja al ver la desolación y al saberse solos sobre la tierra; sin embargo,
piadosos con los dioses, dirigieron a ellos sus plegarias y pidieron auxilio
consultando al oráculo sagrado cómo podría restituirse la raza humana; la
respuesta obtenida fue la siguiente:
“Alejaos del templo, cubríos la cabeza, soltad los
lazos que sujetan vuestras ropas, y arrojad a vuestra espalda los huesos de la
gran madre” (versos 381-383).
Con dificultad lograron
interpretar las palabras del oráculo:
“O me engaña mi inteligencia, o el oráculo es santo
y no nos aconseja ningún crimen. La gran madre es la tierra; me parece que los
huesos de que en él se habla son las piedras en el cuerpo de la tierra; éstas
son las que se nos ordena arrojar a nuestras espaldas” (versos 391-394).
_______________________________.................
En cuanto a los demás
animales terrestres surgieron espontáneamente de la húmeda tierra:
“Los demás animales, con sus formas diversas, los produjo la tierra por sí misma, una vez que la humedad que aún conservaba se calentó con el ardor del sol, una vez que el cieno y las húmedas charcas se hincharon con el calor, y los gérmenes fecundos de la naturaleza, alimentados por un suelo vivificante, como en el seno de una madre, crecieron y tomaron con el tiempo alguna forma determinada” (versos 416-421).
APOLO Y DAFNE
Entre estos animales
renovados se encontraba la monstruosa serpiente Pitón, a quien dio muerte con
sus flechas Apolo. Este dios, orgulloso de su hazaña, se enfrentó con Cupido al
menospreciar el uso que este hacía de las flechas: infundir el amor en aquellos
que eran heridos por sus dardos de oro y de punta fina o el odio en los
afectados por los de plomo y de punta roma.
De esta genial manera Ovidio
hace la transición para centrarse en la narración de la famosa leyenda de
‘Apolo y Dafne’, heridos ambos por las flechas de Cupido infundiendo al dios el
amor y el rechazo del mismo a la bella ninfa, quien, además, había decidido con
el consentimiento de su padre Peneo disfrutar, como la diosa Diana, de una
virginidad perpetua. El acercamiento y súplicas del uno y el alejamiento y
negativas de la otra provoca una apasionante persecución a través del bosque
hasta que…
“Agotadas sus fuerzas, palideció; vencida por la
fatiga de tan acelerada huida, mira a las aguas del Peneo y dice: Socórreme,
padre; si los ríos tenéis un poder divino, destruye, cambiándola, esta figura
por la que he gustado en demasía” (versos 543-547).
En este momento se produce la metamorfosis de Dafne en el árbol del laurel, cuyas hojas a partir de este momento y por deseo del mismo Apolo mantendrán su color verde perpetuamente y servirán para confeccionar las coronas otorgadas a los vencedores en certámenes y batallas.
IO Y JÚPITER
Como siempre Ovidio
establece un nexo entre dos leyendas; es ahora cuando se introduce la primera
de las aventuras extramatrimoniales de Júpiter, y retrata a Juno, su esposa, como celosa y vengativa: los
ríos de la comarca se reúnen en una zona, dudando entre felicitar o consolar al
padre de Dafne, el río Peneo, pero estaba ausente el Ínaco porque lloraba en el
interior de una gruta la pérdida de su hija Io.
Júpiter, enamorado de la
joven, tras una larga persecución, le había arrebatado a la fuerza su
virginidad en un prado que previamente el dios había envuelto en una densa y
extensa neblina para no ser descubierto por su celosa esposa.
Ante la extraña situación
atmosférica Juno sospecha especialmente una posible infidelidad de su esposo:
“y se puso a buscar a su esposo, conocedora, como
era, de las trapisondas de su marido, tantas veces descubierto en flagrante
delito. Y no encontrándolo en el cielo, dice: ‘O me engaño, o me están
ultrajando’; y dejándose caer desde lo más elevado del cielo, se detuvo en la
tierra y ordenó a las nieblas disiparse. Él había advertido de antemano la
llegada de su esposa y había transformado la figura de la Ináquide[1]
en una espléndida ternera” (versos 605-611).
A pesar de la artimaña de
Júpiter, la esposa sigue desconfiando hasta el punto de solicitar a su marido
la ternera como regalo y ponerla bajo custodia del insomne Argos, personaje
especialmente dotado para la vigilancia:
“De cien ojos tenía Argos rodeada la cabeza; de
entre ellos, dos por turno se entregaban al sueño, mientras los demás vigilaban
y permanecían en su puesto. Fuera cual fuera su postura, siempre estaba mirando
a lo; aunque estuviera de espaldas, tenía a Ío delante de sus ojos. Durante el
día le permite pacer; cuando el sol está bajo la tierra profunda, la encierra y
circunda su cuello de cadenas que ella no merece” (versos 625-631).
Mercurio,
el mensajero de los dioses con alas en las sandalias, sombrero y varita
productora del sueño, recibe del mismo Júpiter la orden de matar a Argos, ya
que no puede soportar las desgracias de su amada, a quien Argos no le permite
ni tan siquiera la proximidad de su padre, el río Ínaco.
El mensajero, disfrazado de
pastor, cumple la misión tras atraer la atención del guardián con los sonidos
de una flauta, relatarle el origen de este instrumento musical e infundirle un
profundo sueño con su poderosa varita.
Juno adornó las plumas de su ave sagrada, el pavo real, con los ojos de Argos, una vez muerto, y estalló su cólera infundiendo a Ío una irrefrenable furia que la hizo huir despavorida por todo el mundo hasta que llegó esta a las orillas del Nilo, donde inmensamente fatigada suplicó a Júpiter que pusiera fin a sus desgracias. El padre de los dioses se apiadó de ella y haciéndole promesas de futuro suplicó a su esposa que no siguiera castigando a la pobre ternera y que recuperara esta su primitiva forma.
FAETÓN y el carro del Sol (Febo)
Épafo, el vástago de Júpiter
e Ío, avergonzó a su coetáneo Faetón y a la madre de este, Clímene, al poner en
duda que fuera hijo del Sol, ya que no tenía pruebas de tan celeste origen. La
madre ante las súplicas de su hijo o por la rabia de la falsa acusación habló
así:
“Por esa luminaria que brilla con rayos
resplandecientes, hijo, y que nos está oyendo y viendo, te juro que fuiste
engendrado por ese Sol que tú estás contemplando, por ese Sol que gobierna el
mundo. Si es falso lo que digo, que él me niegue la facultad de verle y que
esta luz sea la última que vean mis ojos. Y no es difícil tarea para ti conocer
el hogar de tu padre; la mansión de la que él sale está contigua a nuestro
país. Si así lo deseas, vete allí y pregúntaselo a él” (versos 768-775).
Sin dudarlo un momento
Faetón se dirige al palacio de su desconocido padre.
Así finaliza Ovidio el
primer libro de su obra y al mismo tiempo comienza el segundo con una amplia
narración del encuentro entre padre e hijo y las nefastas consecuencias del
mismo.
Cuando Faetón llegó al
suntuoso palacio de Febo, el Sol, su discutido padre, lo vio a cierta distancia
rodeado de las Horas, los Días, los Meses, las Estaciones, los Años y los
Siglos, y le pidió pruebas de que era su verdadero padre; ante esto el padre le
prometió bajo juramento cualquier regalo que deseara.
“Así dijo; y
su padre se despojó de los rayos que circundaban por entero su cabeza, le mandó
acercarse y dándole un abrazo le dice: ‘No es justo que se niegue que tú eres
hijo mío, y Clímene ha revelado tu verdadero origen; y para que ceses de dudar,
pídeme el don que quieras con la condición de que te lo he de otorgar y has de
obtenerlo; y que sea testigo de mi promesa la laguna por la que juran los
dioses y que mis ojos no han visto’. Apenas había acabado de hablar cuando
Faetón pide el carro de su padre y la potestad y gobierno durante un día, de
los caballos de alados pies” (versos 40-48).
Inmediatamente se arrepintió
el padre del juramento, sabedor del gran riesgo que correría no sólo su hijo
sino también el mundo entero, e intentó repetidamente y en vano disuadir con
múltiples advertencias y consejos a su hijo de lo solicitado: conducir durante
un día los terribles caballos alados que tiran de su carro desde el Oriente
hasta el Occidente.
“Había acabado sus consejos; más Faetón rechaza sus
palabras, insiste en su proyecto y arde en deseos del carro. De manera que su
padre, después de demorarlo cuanto pudo, lleva al joven al alto carro, don de
Vulcano. De oro era el eje, la lanza de oro, de oro las llantas que envolvían
las ruedas, y de plata el conjunto de los radios” (versos 103-108).
Antes de la partida el padre
unta el rostro de su hijo con una crema divina para que pueda soportar los
rayos que debe llevar sobre su cabeza y le da los últimos consejos:
“Si al menos puedes atender a estos consejos de tu
padre, sé parco en el uso de la aguijada y usa con más fuerza las riendas; por
su propia iniciativa galopan; lo difícil es sujetar su ardor” (versos 126-128).
“Y para lograr que la tierra y el cielo soporten
iguales temperaturas, no hagas descender el carro ni tampoco te esfuerces en
que atraviese la región más elevada del cielo. Si asciendes demasiado quemarás
las mansiones celestes; si desciendes, la tierra; por medio irás con la máxima
seguridad” (versos 134-137).
Briosa es la salida y el
ascenso, pero pronto surgen los problemas y se manifiestan las terribles
consecuencias de las acciones de un inexperto adolescente que no ha aceptado
los sabios consejos de su padre.
“Más era liviana la carga y no podían reconocerla
los caballos del Sol; el yugo carecía de su peso habitual; y del mismo modo que
se bambolean las recurvadas naves cuando no tienen el peso debido y, desprovistas
de estabilidad por su excesiva ligereza, son arrastradas a través del mar, así
el carro despojado de su acostumbrado lastre salta en el aire, sufre violentas
sacudidas y se asemeja a un carro sin ocupantes. Tan pronto como los cuatro
corceles lo notaron, se lanzan abandonando el camino trillado, y no corren ya
en la misma dirección que antes. Faetón es presa del pánico; no sabe adónde
dirigir las riendas que se le han confiado ni por dónde va el camino, ni aunque
lo supiera, sería capaz de imponérselo a los caballos” (versos 161-170).
“… y tan pronto se encaminan a las cumbres como se
lanzan por pendientes caminos abruptos
llegando a las proximidades de la tierra. Se admira
De pequeños daños me estoy lamentando; perecen
grandes ciudades con sus murallas, y los incendios convierten en ceniza
naciones enteras con toda su población. Anden las selvas y los montes” (versos
206-216).
“En todas partes se resquebraja el suelo, por las
hendiduras penetra la luz hasta el Tártaro[3] y
espanta al rey del mundo subterráneo y a su esposa; el mar se encoge, y no es
ya más que un campo de arena lo que poco antes era océano” (versos 260-263).
La madre Tierra es la
primera que eleva su queja a Júpiter y le suplica su intervención para poner
fin a un desastre que amenaza con destruir no sólo a ella misma sino también al
mar y al cielo.
La muerte del joven era
necesaria para detener la devastación que estaba causando su capricho, y su
padre, oprimido por el dolor, se escondió y dejó al mundo en tinieblas durante
un día.
JÚPITER Y CALISTO
Cuando el Sol fue convencido
para volver a conducir su carro y no dejar al mundo sumido en las tinieblas,
Júpiter bajó a la tierra y la recorrió reparando los desperfectos causados por
el joven Faetón. Estando en estos menesteres vio a una doncella seguidora de
Diana y quedó tan prendado de ella que decidió poseerla por mucho que le pesara
a su esposa:
“Cuando Júpiter la vio, cansada y sin que nadie la
custodiase, dijo: ‘Al menos de esta aventura no se enterará mi esposa; y si se
entera, sus reproches ¡merecen tanto, tanto, la pena en este caso!’ En el acto
toma la figura y el atavío de Diana y dice: ‘¡Oh doncella, que formas parte de
mi cortejo!, ¿en qué colinas has estado cazando?’ La doncella se levanta del
césped y dice: ‘Salud, divinidad superior, en mi opinión, a Júpiter, aunque él
mismo me oiga.’ Se ríe él y oye y se alegra de que se le prefiera a sí mismo y
le da en la boca besos desenfrenados e impropios de que los dé así una virgen.
Cuando ella se disponía a contarle en qué selva había estado cazando, se lo
impide él con sus abrazos y se delata no sin oprobio” (versos 422-433).
No le importó al padre de
los dioses la resistencia de la joven ni las consecuencias de su ultraje; estas
comenzaron a sucederse a partir del noveno mes, pues la diosa de la caza
decidió que todas las que formaban su cortejo se bañaran desnudas,
descubriéndose el embarazo de Calisto –este era el nombre de la doncella
violada-, y aunque no era culpable fue expulsada del grupo por la propia diosa
para no mancillar las aguas del sagrado manantial. Y no fue este el único
castigo derivado de la pasión de Júpiter, pues después de haber dado a luz a
Arcas, un precioso niño, Juno, enterada del suceso, llevó a cabo su venganza
transformando a la madre en una espantosa osa.
Durante quince años la que
era cazadora fue objeto de caza, hasta que un día encontró como cazador a su
propio hijo, a quien ella reconoció y, por consiguiente, con su sentimiento de
madre a él se acercó, pero el joven, totalmente desconocer de quién era
realmente la feroz osa, se asustó y en defensa propia intentó atravesarla con
su lanza, lo cual no sucedió porque el mismo Júpiter lo impidió arrebatándolos
a ambos con un torbellino y los lanzó al espacio convirtiéndolos en dos
constelaciones vecinas:
ACTEÓN
El joven Acteón iba de caza, acompañado por sus amigos y una fiera reala de perros. Pero cuando decidió descansar y pasear en solitario, descubrió sin querer a la diosa Diana y al séquito de esta bañándose desnudas en una fresca charca del bosque. Esta visión tuvo horribles consecuencias en el joven cazador, quien, al ser descubierto por la diosa, sufrió la ira de esta transformándolo en un ciervo, que más tarde sería devorado por sus propios perro.
EUROPA (no entra)
TIRESIAS, EL ADIVINO
Tras este episodio nos
cuenta Ovidio una curiosa y trivial disputa entre Júpiter y su esposa sobre
quién goza más en el amor el hombre o la mujer, opinando el dios que eran la
mujeres y la diosa lo contrario. Fue Tiresias el que hizo de juez al ser
consultado por la pareja divina, pues era una autoridad en la materia al haber
disfrutado de la forma de mujer durante siete años por un incidente que tuvo
con unas serpientes. Habiendo dado la razón a Júpiter, la venganza de Juno fue
inmediata, así como la compensación del que todo lo puede excepto dejar sin
efecto las acciones de otro dios:
“El disgusto de
Las predicciones del adivino, puesto que había recibido el don del mismo Júpiter, eran siempre certeras, como la realizada a la ninfa Liríope sobre la longevidad del hijo que esta había tenido tras ser violada por el río Cefiso y al que llamó ‘Narciso’: su vida sería larga si no llega a conocerse a sí mismo.
ECO Y NARCISO
Comienza la leyenda de este
precioso joven cuando a la edad de dieciséis años lo vio una ninfa llamada Eco,
e inmediatamente se enamoró perdidamente de él. Había sido ella muy locuaz en
otro tiempo, pero ahora por un castigo divino sólo podía repetir los últimos sonidos
emitidos por otra persona.
Rechazada por Narciso se
consumió su cuerpo y sus huesos en roca se convirtieron, pero, aunque nadie la
ve, todo el mundo la oye. Del mismo modo rechazó el joven a muchas y a muchos
hasta el punto de que alguno le deseó el mismo mal:
“Ojalá ame él del mismo modo y del mismo modo no
consiga el objeto de sus deseos” (verso 405).
La diosa de la venganza,
Némesis, escuchó esta súplica y provocó el desastre: Narciso se conoció a sí
mismo reflejado en la mansas aguas de una fuente mientras descansaba de una
cacería, y en ese momento conoció también el amor, una irresistible pasión
hacía sí mismo.
“Se desea a sí mismo sin saberlo, gusta él mismo a
quien gusta, al solicitar es solicitado, y a la vez que enciende arde” (versos
425-426).
Después de muchos intentos
por alcanzar lo inalcanzable se da cuenta de la realidad y no soporta el
sufrimiento que le quita las fuerzas y lo extingue en su juventud: desea la
muerte como liberación y derrama lágrimas que, al caer sobre la superficie de
la fuente, enturbian el agua y con ella su propia figura, esto le hace
enloquecer, rasga sus vestiduras y golpea su pecho desnudo, el cual enrojece en
contraste con el resto de su cuerpo; y al volver a contemplarse aún más se
gusta, consumiéndose sobre la hierba y cerrando los ojos sólo como consecuencia
de la muerte. Cuando sus hermanas lo buscan sólo encuentran una flor:
“Y ya preparaban la pira y el blandir de antorchas y
el féretro; por ninguna parte aparecía su cuerpo; en vez de su cuerpo
encuentran un flor amarilla con pétalos blancos alrededor del centro” (versos
508-510).
Así se cumplió
la predicción del adivino ciego, que alcanzó la fama y una buena reputación;
sólo Penteo, nieto de Cadmo y rey de Tebas como sucesor de su padre o de su
abuelo, se atrevió a reírse de él y a despreciarlo por ser ciego, obteniendo
como respuesta estas palabras de Tiresias:
“¡Qué feliz serías si también tú te vieras privado
de esa luz y no pudieras ver los ritos de Baco! Porque llegará un día, que
auguro que no está lejos, en que venga aquí un desconocido, Líber[4],
el vástago de Sémele; si a este no le honras con templos, se te despedazará y
disipará por mil lugares, y con tu sangre mancharás las selvas y a tu madre y a
las hermanas de tu madre. Así ocurrirá; pues no otorgarás a esa divinidad sus
honores, y te lamentarás de que yo haya visto demasiado bajo estas tinieblas
mías” (versos 517-525).
Con la
narración detallada del cumplimiento de esta profecía termina el tercer libro
de las “Metamorfosis”: Penteo es descuartizado por la acción de las bacantes
enajenadas durante los ritos de su dios, Baco, entre las cuales fueron
protagonistas principales su madre y sus tías, todas ellas hijas de Cadmo.
PÍRAMO Y TISBE (historia de un amor imposibble, que sería funete de inspiración para Romeo y Julieta de Shakespeare)
Cuenta la historia de dos jóvenes, cuyas familias estaban enfrentadas, por lo que no podían estar juntos.
No pudiendo
soportar más la separación a la que estaban obligados por sus padres, los
jóvenes Píramo y Tisbe, hablando a hurtadillas a través de una pared, deciden
huir durante la noche para reunirse fuera de la ciudad en un lugar conocido por
ambos, en el que había un sepulcro y había crecido un moral.
“Hábilmente en medio de las tinieblas hace Tisbe
girar la puerta en su quicio, sale, engaña a los suyos, con la cara tapada
llega a la tumba, y se sienta bajo el árbol convenido; el amor la hacía
atrevida. He aquí que llega una leona con el hocico espumeante embadurnado de
sangre de unos bueyes que acaba de matar, y con la intención de apagar su sed
en las aguas de la vecina fuente. La babilonia Tisbe la vio de lejos, a los
rayos de la luna, y con pasos asustados huyó a una oscura cueva; y al huir,
cayó de su espalda un velo que dejó abandonado. Una vez que la feroz leona hubo
aplacado con abundante agua su sed, al volver al bosque se encontró el tenue
velo sin su dueña, y con su boca ensangrentada lo desgarró. Píramo salió más
tarde, vio en el espeso polvo huellas seguras de una fiera, y palideció su
semblante entero; pero cuando encontró también la prenda teñida en sangre,
dijo: ‘una sola noche acabará con los enamorados; de los dos, ella era la más
digna de una larga vida, mientras que mi alma es culpable; yo he sido quien te
he perdido, infortunada, yo que te he mandado venir de noche a un lugar
terrorífico, y no he venido aquí el primero. Despedazad mi cuerpo y devorad a
fieros mordiscos estas vísceras criminales, oh leones todos que habitáis bajo
esta roca. Pero es de cobardes desear la muerte’. Coge del suelo el velo de
Tisbe, lo lleva consigo a la sombra del árbol de la cita, y después de dar
lágrimas y besos a la conocida prenda, dice: ‘Recibe ahora también la bebida de
mi sangre’. Y hundió en sus ijares el hierro que llevaba al cinto, y sin
tardanza se lo arrancó, moribundo ya, de la ardiente herida, quedando tendido
en tierra boca arriba; la sangre salta a gran altura, no de otro modo que
cuando en un tubo de plomo deteriorado se abre una hendidura, que por el
estrecho agujero que silba lanza chorros de agua y rasga el aire con su
persecución. Los frutos del árbol toman, por las cruentas salpicaduras, un
tinte oscuro, y la raíz, humedecida en sangre, matiza de color púrpura las
moras que cuelgan.
He aquí que, sin estar libre de miedo todavía, pero para no hacer defección a su amante, vuelve ella, busca al joven con los ojos y con el alma, y arde en deseos de contarle el enorme peligro de que se ha librado; y si bien reconoce el lugar y la forma del árbol que ha visto, con todo le hace dudar el color del fruto; quédase perpleja sobre si será el mismo árbol. Mientras vacila, ve que unos miembros temblorosos palpitan sobre el suelo ensangrentado; retrocedió, y con el semblante más pálido que el boj sufrió un estremecimiento semejante al del mar que susurra cuando una leve brisa roza su superficie. Mas una vez que, poco después, reconoció a su amor, se maltrata con sonoros golpes los brazos que no lo merecían, se arranca los cabellos, y abrazando el cuerpo amado inundó de lágrimas sus heridas y mezcló su llanto con la sangre; y estampando sus besos en el rostro helado gritó: ‘Píramo, ¿qué desventura me ha dejado sin ti? Píramo, respóndeme; es tu adorada Tisbe quien te llama; escúchame y yergue tu cabeza abatida’. Al nombre de Tisbe levantó Píramo los ojos, sobre los que gravitaba ya la muerte, y después de verla a ella los volvió a cerrar. Cuando ella reconoció su prenda, y vio el marfil desprovisto de su espada, exclamó: ‘¡Tu propia mano te ha dado muerte y tu propio amor, infortunado! Para esto sólo tengo yo también una mano fuerte, y tengo también amor que me dará fuerzas para herirme. Iré tras de ti que ya has perecido, y de tu muerte se dirá que he sido yo trágica causa y compañera; y tú, a quien sólo la muerte ¡ay! podía arrancarme, ni aun la muerte podrá arrancarte de mí. Una cosa sin embargo os han de pedir las súplicas de los dos, oh infelicísimos padres mío y suyo, que a aquellos a quienes unió un fiel amor y la última hora, no les rehuséis ser sepultados en la misma tumba. Y tú, árbol que con tus ramas das sombra ahora al pobre cuerpo de uno sólo, pero pronto la darás a los de los dos, conserva las señales de nuestra ruina, y ten siempre frutos negros y propios para el luto, en memoria de nuestra doble sangre’. Dijo, y colocando la punta de la espada bien por debajo de su pecho, se dejó caer sobre el hierro que aun estaba tibio de la otra sangre. Sus súplicas conmovieron a los dioses, conmovieron a los padres; pues el color del fruto, una vez que está bien maduro, es negruzco, y lo que resta de sus piras descansa en una única urna" (versos 93-166)
Hermafrodito era hijo de Hermes (Mercurio) y Afrodita (Venus). Este
joven, rechazando los deseos amorosos de la ninfa Sálmacis, sufrió una
transformación causada por la fusión física con la hembra en las aguas de una
fuente que, desde entonces, ablanda los rasgos varoniles de los hombres que en
ella se bañan.
“Persiste el Atlantíada[6] y
rehusa a la ninfa el placer que esperaba; ella le oprime, y, con todo su
cuerpo unido a él y conforme estaba adherida, le dijo: ‘Aunque luches, maldito,
no por eso te vas a escapar; ¡hacedlo así, dioses, y que jamás llegue un día
que separe a éste de mí ni a mí de éste!’ La plegaria tuvo dioses que la
escuchasen; pues los dos cuerpos se mezclan y se juntan, y ambos se revisten de
una forma única, como, cuando se unen ramas bajo una corteza, se las ve
juntarse al crecer y desarrollarse en una vida común; pues así, una vez que sus
miembros se soldaron en apretado abrazo, no son ya dos sino una forma doble, y
no podría decirse que es una mujer ni un muchacho; ninguna de las dos cosas y
las dos cosas parecen” (versos 368-379).
DÁNAE
PLUTÓN Y PROSERPINA, EL COMIENZO DE LAS ESTACIONES
Esta larga
leyenda comienza con la salida de Plutón, rey de los infiernos, del mundo
subterráneo debido a sus temores por las sacudidas que sufría la superficie
terrestre, causadas estas por los esfuerzos del Gigante Tifoeo para liberarse
de los montes, islas y volcanes que lo tenían atrapado, y con el irresistible
amor del dios hacia Prosérpina tras haber recibido en su corazón un dardo
lanzado por el hijo de Venus, la cual no soportaba que el mundo de los muertos
desconociera aún sus poderes.
Tras el rapto
de Prosérpina se narran varios episodios durante la carrera
de Plutón regresando a su reino y durante la incesante búsqueda de su hija
iniciada por Ceres.
Castiga la
diosa de la fertilidad a la tierra por no revelarle con exactitud el lugar en
el que se encuentra su hija:
“Por eso con mano cruel rompió allí los arados que
revuelven los terrones y llena de furia dio muerte por igual a los labradores y
a los bueyes que trabajan el campo, ordenó a las tierras que traicionasen el
depósito recibido e hizo que las semillas quedasen deterioradas. La fertilidad,
celebrada a través del ancho mundo, de aquella tierra, resulta falsa y nula;
las mieses mueren en el estado de hierbas recién despuntadas, y unas veces las
malogra el sol excesivo, otras la excesiva lluvia, y los astros tanto como los
vientos las dañan, los pájaros voraces
se llevan las semillas que han sido lanzadas; la cizaña y los abrojos y también
la grama inextinguible devastan los campos” (versos 477-486).
Por fin sale en
defensa de la tierra una ninfa convertida en lago, Aretusa, quién aclara a la
diosa lo realmente sucedido y dónde se encuentra su hija, concebida por acción
de Júpiter.
Inmediatamente
Ceres acude ante el padre y le solicita su devolución ya que una hija del
supremo dios no merece la afrenta del rapto; Júpiter contesta solemnemente:
“Nuestra hija es prenda y carga común para mí y para
ti. Pero si es lícito poner a las cosas su verdadero nombre, esta acción no ha
sido un atentado, sino que se trata de amor. Y no me avergonzaré de tener a ése
por yerno con tal de que tú, diosa, estés conforme. Aunque le faltara lo demás,
¡qué grande es ser hermano de Júpiter! Y eso sin contar con que no le falta lo
demás y con que, si me es inferior, ello es sólo por un azar[9].
Pero si es tan grande tu anhelo de lograr la separación, volverá Prosérpina al
cielo, mas con una estricta condición, la de no tocar allí con la boca alimento
alguno, pues así está prevenido por la ley de las Parcas[10]”
(versos 523-532).
La recuperación
de Prosérpina no se produce porque la joven rompe el ayuno establecido probando
una granada; no obstante, una nueva intervención de Júpiter soluciona
salomónicamente el conflicto.
“Por su parte Júpiter, mediando entre su hermano y
su afligida hermana, divide el curso del año en dos mitades; y en la
actualidad, la diosa, común divinidad de dos reinos diferentes, pasa con su
madre un número de meses igual al que pasa con su esposo. Múdase en un momento
la expresión de su alma y de su rostro, pues la frente de la diosa que antes
podía parecer triste al mismo Di[11]s,
está ahora alegre, como el sol, que antes estaba oculto por nubes cargadas de
agua, del interior de las nubes sale triunfante” (versos 564-571).
Es por esto que
la tierra se llena de alegría en primavera y verano, mientras madre e hija
están alegres por la mutua compañía, y,
por el contrario, se entristece en otoño e invierno debido a su separación.
Esta canción
terminó de cantar la mayor de las Musas, Calíope, en el debatido certamen
contra
[1] Ináquide es el patronimico de
Io, cuyo padre era Ínaco.
[2] Hijo de Júpiter y Maya, una Pléyade
descendiente de Atlas.
[3] El reino de Plutón y Proserpina, la región
subterránea y tenebrosa de los muertos.
[4] “Liber” es una de los nombres
referidos a Baco.
[5] “Palas” es sobre nombre de la
diosa griega Atenea, diosa de la sabiduría y de la estrategia, también asociada
por su inteligencia a intervenciones en el mundo de la agricultura, la
industria y el arte. Los romanos la asociacon con la diosa Minerva.
[6] Referencia a Hermafrodito, que es Atlantiada
por se hijo de Mercurio que es nieto de Atlas.
[7] En latín el murciélago se
denominaba “vespertilio”, derivado de
“vesper” (atardecer). La etimología
del término castellano es “ratón ciego”: mus,
muris + caeculus (diminitivo de caecus), de aquí “murciégalo” y por
metátesis “murciélago” (ambos términos aceptados por
[8] Dánae, la hija de Acrisio, había sido
fecundada por Júpiter convertido en lluvia de oro.
[9] Se hace referencia a la distribución por azar
de los tres reinos (cielo, mar e infierno) entre los tres hermanos (Júpiter,
Neptuno y Plutón).
[10] Las Parcas, hijas de
[11] “Dis”, el rico, nombre atribuido a Plutón.
[1] Residencia favorita de Apolo y
de las Musas.
[2] Ninfas
que habitaban las grutas del monte Parnaso.
Este poema épico narra la cólera de Aquiles, hijo del rey Peleo y de la nereida Tetis durante la guerra contra Troya su causa, su larga duración, sus consecuencias y su posterior cambio de actitud. La ira del pélida Aquiles termina junto con el poema, cuando se reconcilia con Príamo, padre de su enemigo Héctor, momento en que se celebran los funerales de este.
Canto I: La peste y la cólera
Después de nueve años de guerra entre aqueos y troyanos, una peste se desata sobre el campamento aqueo. Un adivino vaticina que la peste no cesará hasta que Criseida, esclava de Agamenón, sea devuelta a su padre Crises. La cólera de Aquiles se origina por la afrenta que le inflige Agamenón, quien al ceder a Criseida, arrebata a Aquiles su parte del botín, la joven sacerdotisa Briseida. Al haberse producido todo esto Aquiles se retira de la batalla, y asegura que solo volverá a ella cuando el fuego troyano alcance sus propias naves. Le pide a su madre Tetis, que convenza a Zeus para que ayude a los troyanos. Este acepta, ya que Tetis lo había ayudado cuando sus hermanos divinos se le rebelaron.
Canto II: El sueño de Agamenón y la Beocia
Zeus, inquieto por la promesa que le había hecho a Tetis, aconseja por medio de un sueño a Agamenón que arme a sus tropas para atacar Troya. Sin embargo, Agamenón, para probar a su ejército, propone a los aqueos regresar a sus hogares, pero la propuesta es rechazada. A continuación se enumera el catálogo de las naves del contingente aqueo y el de las fuerzas troyanas.
Canto III: Los juramentos y Helena en la muralla
El jefe de las tropas troyanas, Héctor, increpa a su hermano Paris por esconderse ante la presencia de Menelao. Ante ello, Paris decide desafiar a Menelao en combate singular. Helena, el rey Príamo y otros nobles troyanos observan la batalla desde la muralla, donde Helena presenta a algunos de los jefes aqueos (teichoscopía). La batalla se detiene para la celebración del duelo singular, con la promesa de que el vencedor se quedaría con Helena y sus tesoros. Menelao está a punto de matar a Paris pero este es salvado por Afrodita, y es enviado junto a Helena.
Canto IV: Violación de los juramentos y revista de las tropas
Tras una pequeña asamblea de los dioses, estos deciden que se reanuden las hostilidades, por lo que Atenea, disfrazada, incita a Pándaro para que rompa la tregua lanzando una flecha que hiere a Menelao y tras la arenga de Agamenón a sus tropas, se reanuda la lucha, en la que Ares y Apolo por una parte y Atenea, Hera y otras divinidades, ayudan respectivamente a los troyanos y a los aqueos.
Canto V: Principalía de Diomedes
Entre los aqueos destaca en la batalla Diomedes, asistido por Atenea, que está a punto de matar a Eneas, y llega a herir a Afrodita. Mientras, Ares y Héctor comandan a las tropas troyanas y también destaca Sarpedón, caudillo de los licios, que mata entre otros al rey de Rodas, Tlepólemo. Luego, Diomedes, amparado nuevamente por Atenea, hiere a Ares.
Canto VI: Coloquio de Héctor y Andrómaca
Ante el empuje de los aqueos, Héleno, también hijo de Príamo y adivino, insta a Héctor a que regrese a Troya para encargar a las mujeres troyanas que realicen ofrendas en el templo de Atenea. Mientras, en la batalla, Diomedes y el licio Glauco reconocen sus lazos de hospitalidad y se intercambian las armas amistosamente. Héctor, tras realizar el encargo de su hermano Héleno, va en busca de Paris para increparle para que regrese a la batalla y se despide de su esposa Andrómaca.
Canto VII: Combate singular de Héctor y Áyax
Tras el debate entre Atenea y Apolo, interpretado por Héleno, Héctor desafía en duelo singular a cualquier aqueo destacado. Los principales jefes aqueos, arengados por Néstor, aceptan el desafío y tras echarlo a suertes, Áyax Telamonio es el elegido. El duelo singular tiene lugar pero la llegada de la noche pone fin a la lucha entre ambos y se intercambian regalos (don y contra-don). Héctor entrega una espada (con la que Áyax luego se suicidaría) y Áyax un cinturón púrpura. Néstor insta a los aqueos a construir una muralla y una fosa que defienda su campamento. Los troyanos en asamblea debaten si deben entregar a Helena y su tesoro (postura defendida por Antenor), o solo su tesoro (postura defendida por Paris). Príamo ordena que se traslade a los aqueos la propuesta de Paris. La propuesta es rotundamente rechazada, pero se acuerda una tregua para incinerar los cadáveres.
Canto VIII: Batalla interrumpida
Zeus ordena al resto de los dioses que se abstengan de intervenir en la contienda. Los troyanos, animados por Zeus, avanzan en la batalla y hacen retroceder a los aqueos.
Canto IX: Embajada a Aquiles
Fénix, Áyax Telamonio, Odiseo y dos heraldos son enviados como embajada, por consejo de Néstor, donde dan a Aquiles disculpas por parte de Agamenón (ofreciéndole regalos, la devolución de Briseida y a cualquiera de sus hijas como esposa) y le suplican que regrese a la lucha, pero este se niega.
Canto X: Gesta de Dolón
Canto XI: Gesta de AgamenónCanto XII: Combate en la muralla
Poseidón se indigna al ver el favoritismo de Zeus hacia los troyanos y toma la forma de Calcas para animar a los aqueos.
Canto XIV: Engaño de Zeus
Hera concibe un plan para engañar a Zeus y con ayuda del cinturón de Afrodita seduce a Zeus y lo hace dormir. Después encarga a Poseidón que intervenga en favor de los aqueos.
Zeus descubre el engaño del que ha sido objeto y ordena a Poseidón a través de Iris que deje de ayudar a los aqueos. Luego insta a Apolo a que infunda nuevas fuerzas a los troyanos.
Canto XVI: Gesta de Patroclo
Héctor logra prender fuego a una de las naves de los aqueos. Patroclo pide permiso a Aquiles para tomar sus armas y repeler el ataque y, al mando de los Mirmidones, hace huir a los troyanos, que creen que en realidad se trata de Aquiles. Mata, entre otros, a Sarpedón, rey de Licia e hijo de Zeus. Pero Apolo acude en ayuda de los troyanos y golpea a Patroclo, que después es herido y rematado por Héctor.
Canto XVII: Gesta de Menelao
Menelao defiende el cuerpo sin vida de Patroclo, en torno al cual se entabla un duro combate. Los troyanos lo hacen retroceder y Héctor despoja a Patroclo de sus armas. Después acuden refuerzos aqueos al combate y consiguen llevar su cuerpo a las naves.
Canto XVIII: Fabricación de armas
Antíloco da a Aquiles la noticia de la muerte de Patroclo, a manos de Héctor y este decide volver a la lucha para vengar su muerte. La diosa Tetis consigue que Hefesto fabrique armas nuevas para su hijo Aquiles.
Canto XIX: Aquiles depone la ira
Aquiles se reconcilia con Agamenón, que le devuelve a Briseida junto con varios regalos, además de hacer un juramento de que nunca estuvo con Briseida como es costumbre entre hombres y mujeres.
Canto XX: Combate de los dioses
Zeus da permiso al resto de los dioses para que intervengan en la batalla y ayuden a quien prefieran. Aquiles inicia un furioso ataque en el que lucha con Eneas, quien finalmente es salvado por Poseidón. Mata a Polidoro, hijo de Príamo, y se le enfrenta Héctor, pero Atenea ayuda a Aquiles y Apolo aleja a Héctor del combate.
Canto XXI: Batalla junto al río
Aquiles mata, entre otros, a Licaón, hijo de Príamo y a Asteropeo, que consigue herirlo levemente. El dios del río, Escamandro, lo rodea con sus aguas y está a punto de ahogarlo, pero Hera acude a su hijo Hefesto para que aleje las aguas del río con las llamas. El resto de los dioses pelean entre ellos, unos a favor de los aqueos y otros a favor de los troyanos. El rey Príamo ordena abrir las puertas de Troya para que sus tropas se refugien tras sus muros. Apolo consigue, mediante un ardid, alejar momentáneamente a Aquiles de los muros de Troya.
Canto XXII: Muerte de Héctor
Las fuerzas troyanas se refugian en la ciudad, pero Héctor queda fuera, con ánimo de pelear contra Aquiles. Una vez los dos guerreros están frente a frente, Héctor huye y da varias vueltas alrededor de la ciudad. Pero luego aparece Atenea y se hace pasar por Deífobo, engañando así a Héctor. Este, al creer que será una batalla de dos contra uno, se enfrenta por fin cara a cara a Aquiles, que lo mata, ata su cadáver a su carro de combate y vuelve a su campamento subido en él.
Canto XXIII: Juegos en honor de Patroclo
Se celebran los juegos funerarios en honor de Patroclo con las siguientes pruebas: carrera de carros, pugilato, lucha, carrera, combate, lanzamiento de peso, tiro con arco y lanzamiento de jabalina.
Canto XXIV: Rescate de Héctor
Príamo y un viejo heraldo se dirigen hacia el campamento aqueo: en el camino encuentran a Hermes (enviado por Zeus), que los ayuda a pasar inadvertidos hasta la tienda de Aquiles. Príamo ruega a Aquiles que le entregue el cadáver de Héctor y ofrece regalos, que Aquiles conmovido acepta. Luego Príamo pide a Aquiles un lecho para que lo acoja el sueño, y el hijo de Peleo ordena que se dispongan dos lechos; uno para Príamo y otro para su heraldo. Después de eso, Aquiles da, a petición del anciano Príamo, once días para los funerales de Héctor, de modo que el duodécimo día los troyanos volverían a pelear.
Resumen de la Odisea
ODISEA
La Odisea (en griego: Ὀδύσσεια, Odýsseia) es un poema épico griego compuesto por 24 cantos, atribuido al poeta griego Homero. Se cree que fue compuesta en el siglo VIII a. C. en los asentamientos que tenía Grecia en la costa oeste del Asia Menor (actual Turquía). Según otros autores, la Odisea se completa en el siglo VII a. C. a partir de poemas que solo describían partes de la obra actual. Fue originalmente escrita en lo que se ha llamado dialecto homérico. Narra la vuelta a casa, tras la guerra de Troya, del héroe griego Odiseo (al modo latino, Ulises: Ὀδυσσεὺς en griego; Vlixes en latín). Además de haber estado diez años fuera luchando, Odiseo tarda otros diez años en regresar a la isla de Ítaca, de la que era rey, período durante el cual su hijo Telémaco y su esposa Penélope han de tolerar en su palacio a los pretendientes que buscan desposarla (pues ya creían muerto a Odiseo), al mismo tiempo que consumen los bienes de la familia.
La obra consta de 24 cantos. Al igual que muchos poemas épicos antiguos, comienza in medias res: empieza en mitad de la historia, contando los hechos anteriores a base de recuerdos o narraciones del propio Odiseo. El poema está dividido en tres partes. En la Telemaquia (cantos del I al IV) se describe la situación de Ítaca con la ausencia de su rey, el sufrimiento de Telémaco y Penélope debido a los pretendientes, y cómo el joven emprende un viaje en busca de su padre. En el regreso de Odiseo (cantos del V al XII) Odiseo llega a la corte del rey Alcínoo y narra todas sus vivencias desde que salió de Troya. Finalmente, en la venganza de Odiseo (cantos del XIII al XXIV), se describe el regreso a la isla, el reconocimiento por alguno de sus esclavos y su hijo, y cómo Odiseo se venga de los pretendientes matándolos a todos. Tras aquello, Odiseo es reconocido por su esposa Penélope y recupera su reino. Por último, se firma la paz entre todos los itacenses.
Canto 1
Concilio de los dioses. Exhortación de Atenea a Telémaco. Homero comienza la Odisea invocando a la Musa para que cuente lo sucedido a Odiseo después de destruir Troya. En una asamblea de los dioses griegos, Atenea aboga por la vuelta del héroe a su hogar. Odiseo lleva muchos años en la isla de la ninfa Calipso. La misma Atenea, tomando la figura de Mentes, rey de los Tafios, aconseja a Telémaco que viaje en busca de noticias de su padre.
Canto II
Telémaco reúne en asamblea al pueblo de Ítaca. El palacio de Odiseo se encuentra invadido por decenas de pretendientes que, creyendo que él ha muerto, buscan la mano de su esposa: Penélope. Gracias a la ayuda de Atenea, aparecida ahora en forma de Méntor, el joven convoca una asamblea en el ágora para expulsar a los soberbios pretendientes de su hogar. Finalmente, Telémaco consigue una nave y emprende viaje a Pilos en busca de noticias sobre su padre.
Canto III
Telémaco viaja a Pilos para informarse sobre su padre. La siguiente mañana, Telémaco y Atenea, que continúa en la forma de Mentor, llegan a Pilos. Allí, invitados por Néstor, participan en una hecatombe para Poseidón. El rey Néstor les relata el regreso de otros héroes desde Troya y la muerte de Agamenón, pero no tiene información específica de Odiseo. Les sugiere que vayan a Esparta a hablar con Menelao, quien acaba de regresar de largos viajes. Atenea pide a Néstor que uno de sus hijos acompañe a Telemaco a Esparta y desaparece milagrosamente. Impresionado porque un joven esté escoltado por una diosa, Néstor ordena el sacrificio de una vaca en honor de ella y arregla que su hijo Pisístrato acompañe a Telémaco a Esparta.
Canto IV
Telémaco viaja a Esparta para informarse sobre su padre. Continúa el viaje hasta Esparta, donde lo reciben Menelao y Helena. Menelao le cuenta acerca de su conversación con Proteo, quien le informó acerca de la suerte que había corrido Odiseo, encontrándose este en una isla retenido por una ninfa llamada Calipso. Mientras tanto, los pretendientes, sabiendo del viaje del joven, preparan una emboscada que le tenderán a su regreso.
Canto V
Odiseo llega a Esqueria de los feacios. En una nueva asamblea de los dioses, Zeus toma la decisión de mandar al mensajero Hermes a la isla de Calipso para que esta deje marchar a Odiseo. La ninfa promete a Odiseo la inmortalidad si se queda, pero el héroe prefiere salir de la isla.
Tarda cuatro días en construir una balsa, y emprende el viaje al quinto día, pero es hundido por Poseidón, enfadado con Odiseo desde que el griego cegó a su hijo Polifemo. Odiseo es ayudado por la nereida Leucótea, quien le da una manta con la que debe taparse el pecho y nadar hasta la isla de los feacios.
Canto VI
Odiseo y Nausícaa. Atenea visita, en un sueño, a la princesa Nausícaa, hija de Alcínoo, rey de Esqueria, y la conmina a hacerse cargo de sus responsabilidades como mujer en edad de casarse. Al despertar, Nausícaa pide a su padre un carro con mulas para ir a lavar ropa al río. Mientras ella y sus esclavas descansan y otras juegan a la pelota, Odiseo despierta, las ve y pide ayuda a la princesa. Nausícaa, impresionada por su forma de hablar, acoge al héroe y le brinda alimentos, le dice que la siga hacia la casa del rey y le indica cómo pedirle a su madre, la reina, hospitalidad. Le señala un bosque consagrado a Atenea, situado en las afueras de la ciudad y donde podrá descansar. Odiseo aprovecha la ocasión para implorar a la reina que lo reciba y lo ayude a llegar a su isla patria.
Canto VII
Odiseo en el palacio de Alcínoo. Guiado hasta allí por Atenea, Odiseo es recibido en el palacio por Alcínoo, rey de los feacios, que lo invita al banquete que se va a celebrar. Odiseo cuenta todo lo acaecido hasta ese momento, con lo que el rey queda impresionado y le ofrece la mano de su hija, mas Odiseo no acepta, por lo que el rey cambia su ofrecimiento por ayudarlo a llegar a su isla.
Canto VIII
Odiseo agasajado por los feacios. Se celebra una fiesta en el palacio en honor del huésped, que aún no se ha presentado. Tras una competición de atletismo, en la que Odiseo asombra al público con un gran lanzamiento de disco, comienza el banquete. El aedo Demódoco ameniza la comida con un canto sobre la guerra de Troya. Al hablar del episodio del caballo, Odiseo rompe a llorar. El rey manda al aedo que deje de cantar, y pregunta al huésped sobre su verdadera identidad.
Canto IX
Odiseo cuenta sus aventuras: los cicones, los lotófagos, los cíclopes. Odiseo se presenta, y comienza a relatar su historia desde que salió de Troya.
Primero destruyeron la ciudad de Ísmaro (donde estaban los cicones), y allí perdió a bastantes compañeros.
Más tarde, llegaron a la isla de los lotófagos. Allí, tres compañeros comieron el loto, y perdieron el deseo de regresar, por lo que hubo de llevárselos a la fuerza.
Posteriormente, llegaron a la isla de los cíclopes. En una caverna se encontraron con Polifemo, hijo de Poseidón, que se comió a varios de los compañeros de Odiseo.
Estaban atrapados en la cueva, pues estaba cerrada con una enorme piedra que les impedía salir a ellos y al ganado de Polifemo. Odiseo, con su astucia, emborrachó con vino a Polifemo, mandó afilar un palo y cegaron con él al cíclope mientras este dormía. Ya ciego y para asegurarse de que no escapasen los prisioneros, el cíclope tanteaba el lomo de sus reses a medida que iban saliendo de la cueva para ir a pastar, pero cada uno de los marinos iba vientre con vientre con una res y agarrado al vellón de ella.
Luego de escapar, Odiseo le grita su nombre a Polifemo y este le pide a su padre, Poseidón, que castigue a Odiseo.
Canto X
La isla de Eolo. El palacio de Circe la hechicera. Odiseo sigue narrando cómo viajaron hasta la isla de Eolo, que trató de ayudarles a viajar hasta Ítaca. Eolo entregó a Odiseo una bolsa de piel que contenía los vientos del oeste. Al acercarse a Ítaca, sus hombres decidieron ver lo que había en la bolsa, se escaparon así los vientos y se desencadenó una tormenta que hizo desaparecer la esperanza del regreso al hogar. Tras seis días de navegación, llegaron a la isla de los Lestrigones, gigantes antropófagos que devoraron a casi todos los compañeros de Odiseo. Huyendo de allí, llegaron a la isla de Circe. La hechicera se enamoró de Odiseo y logró retenerlo allí un año, pero nunca se vio correspondida y finalmente le dejó marchar, no sin antes decirle que antes de regresar a casa tendría que pasar por el Inframundo para pedir consejo al ya difunto adivino Tiresias.
Canto XI
Descenso al Hades. Tras llegar al país de los Cimerios y realizar el sacrificio de varias ovejas, Odiseo visitó la morada de Hades para consultar con el adivino Tiresias, quien le profetizó un difícil regreso a Ítaca. A su encuentro salieron todos los espectros, que quisieron beber la sangre de los animales sacrificados. Odiseo se la dio en primer lugar a Tiresias, luego a su madre, Anticlea, y también bebieron la sangre varias mujeres destacadas y algunos combatientes que habían muerto durante la guerra de Troya.
Canto XII
Las sirenas. Escila y Caribdis. La Isla de Helios. Ogigia. De nuevo en ruta, Odiseo y sus compañeros lograron escapar de las Sirenas, cuyo canto hacía enloquecer a quien las escuchara. Para ello, siguiendo los consejos de Circe, Odiseo ordenó a sus hombres taparse los oídos con cera exceptuándolo a él, que mandó ser atado al mástil. Escaparon también de las peligrosas Caribdis y Escila. Consiguieron llegar a Trinacria (nombre griego de Sicilia), la isla del Sol. Pese a las advertencias de no tocar el ganado de Helios, los compañeros sacrificaron varias reses, lo que provocó la cólera del dios. Al hacerse de nuevo a la mar, Zeus lanzó un rayo que destruyó y hundió la nave, y solo sobrevivió Odiseo, que arribó a la isla de Calipso (lugar donde se encuentra al principio de la historia).
Canto XIII
Los feacios despiden a Odiseo. Llegada a Ítaca. Cuando el héroe termina de contar su viaje, su regreso al hogar es dispuesto por el rey. Acompañado por navegantes feacios, Odiseo llega a Ítaca. Atenea lo disfraza de vagabundo para que no sea reconocido. Por consejo de la diosa, Odiseo va a pedir ayuda a su porquerizo: Eumeo.
Canto XIV
Odiseo en la majada de Eumeo. Odiseo no revela su verdadera identidad a Eumeo, quien lo recibe con comida y manta. Se encuentra con la diosa Atenea, y juntos preparan la venganza contra los pretendientes.
Canto XV
Telémaco regresa a Ítaca. Atenea aconseja al joven Telémaco salir de Esparta y regresar a su hogar. Le advierte que los pretendientes quieren ponerle una trampa para matarlo y le dice que viaje de noche.
Mientras tanto, Eumeo relata su vida y sus orígenes al mendigo, y de cómo llegó al servicio de Odiseo.
Canto XVI
Telémaco reconoce a Odiseo. Gracias a la ayuda de la diosa, el joven consigue eludir la trampa que los pretendientes le habían preparado a la entrada de la isla. Una vez en tierra, se dirige por consejo de la diosa a la casa de Eumeo, donde conoce al supuesto mendigo. Cuando Eumeo marcha a casa de Penélope a darle la noticia del regreso de su hijo, Odiseo revela su identidad a Telémaco, asegurándole que en verdad es su padre, a quien no ve desde hace veinte años. Tras un fuerte abrazo, planean la venganza, con la ayuda de Zeus y Atenea.
Canto XVII
Odiseo mendiga entre los pretendientes. Al día siguiente, Odiseo, de nuevo como mendigo, se dirige a su palacio. Solo es reconocido por su perro Argos, que, ya viejo, fallece frente a su amo. Al pedir comida a los pretendientes, Odiseo es humillado e incluso golpeado por ellos.
Canto XVIII
Los pretendientes vejan a Odiseo. Aparece un mendigo real, llamado Iro, quien solía pasarse por el palacio. Riéndose de Odiseo, lo reta a una pelea. Los pretendientes aceptan que el ganador se junte a comer con ellos. Le dan 2 trozos de pan a Odiseo, que, tras quitarse su manta y dejar ver sus músculos, gana fácilmente al mendigo. A pesar de la victoria, ha de seguir soportando las vejaciones de los orgullosos pretendientes.
Canto XIX
La esclava Euriclea reconoce a Odiseo. Odiseo, ocultando su verdadera identidad, mantiene una larga conversación con Penélope, quien ordena a su criada Euriclea que lo bañe. Euriclea, que fue nodriza del héroe cuando era niño, reconoce una cicatriz que a Odiseo, en su juventud, le hizo un jabalí cuando se encontraba cazando en el monte Parnaso. La esclava, pues, reconoce a su amo, que le hace guardar silencio para no hacer fracasar los planes de venganza.
Canto XX
La última cena de los pretendientes. Al día siguiente, Odiseo pide una señal, y Zeus lanza un trueno en medio del cielo azul. Este gesto es entendido por uno de los sirvientes como una señal de victoria sobre los pretendientes. Odiseo aprovecha para ver quién es fiel al desaparecido rey y, por tanto, habrá de conservar la vida. Un profeta, amigo de Telémaco, avisa a los pretendientes de que pronto los muros se mancharán con la sangre de ellos. A pesar de que algunos de ellos dan crédito a la profecía y huyen, la gran mayoría de ellos se ríe de ella.
Canto XXI
El certamen del arco. Aparece Penélope con un arco que Odiseo dejó en casa a su marcha a Troya. Promete a los pretendientes que se casará con aquel que consiga hacer pasar la flecha por los ojos de doce hachas alineadas. Uno tras otro, los pretendientes lo intentan, pero ni siquiera son capaces de tensar el arco. Odiseo pide participar en la prueba, pero los pretendientes se lo deniegan. Tras la insistencia de Telémaco, le es permitido intentarlo. Con suma facilidad, Odiseo tensa el arco y consigue hacer pasar la flecha por los ojos de las hachas, ante el asombro de los presentes. A la señal de su padre, Telémaco se arma, preparándose para la lucha final.
Canto XXII
La venganza. Antínoo, jefe de los pretendientes, se encuentra bebiendo cuando Odiseo le atraviesa la garganta con una saeta y le da así muerte. Ante las quejas de los demás, Odiseo responde con amenazadoras palabras, y los pretendientes temen por sus vidas. Se inicia la feroz lucha, con los numerosos pretendientes por un lado y Odiseo, su hijo y sus dos fieles criados por otro. Melantio, infiel cabrero de Odiseo, consigue armas, pero gracias a la ayuda de Atenea, todos aquellos que traicionaron a Odiseo van muriendo uno por uno. Las esclavas son colgadas del cuello en el patio del palacio, mientras que Melantio es cortado en pedazos para que se lo coman los perros. Odiseo manda a Euriclea que haga fuego y limpie el patio con azufre. La esclava avisa a las mujeres que fueron fieles al héroe, que llegan y abrazan a su amo.
Canto XXIII
Penélope reconoce a Odiseo. Después de matar a los pretendientes que se hospedaban en su casa, Odiseo manda a los presentes que vistan sus mejores trajes y bailen, para que los vecinos no sospechen lo ocurrido. Con la ayuda de Euriclea, el héroe se presenta a Penélope. Como el aspecto de Odiseo es distinto al que conocía Penélope, que además está casi convencida de que él ha muerto, el héroe no es reconocido por su esposa. Entonces, Odiseo describe el lecho conyugal, y cómo lo hizo él mismo de un olivo. Penélope, convencida ya, abraza a su esposo, que le narra sus aventuras. Finalmente le cuenta que aún tendrá que hacer otro viaje antes de terminar su vida en una tranquila vejez.
Canto XXIV
El pacto. Las almas de los muertos viajan al Hades, donde cuentan lo ocurrido a Agamenón y Aquiles, compañeros del héroe en la expedición de los aqueos a Troya. Odiseo marcha a casa de su padre, Laertes, que se encuentra trabajando en la huerta. El hombre se encuentra envejecido y apenado por la larga ausencia de su hijo. Para ser reconocido, Odiseo le muestra la cicatriz y recuerda los árboles que en su infancia le regaló su padre.
Mientras, los familiares de los pretendientes se juntan en asamblea, y piden venganza por la muerte de los suyos. Odiseo, su hijo y su padre, que se encuentran en la casa de este, aceptan el reto, y da comienzo la lucha. Laertes dispara una lanza que mata al padre de Antínoo. Pero en ese momento cesa la lucha. Interviene la diosa Atenea, que anima a los itacenses a llegar a un pacto, para que juntos vivan en paz durante los años venideros.
Resumen Eneida
La Eneida (en latín, Aeneis) es una epopeya latina escrita por Virgilio en el siglo I a. C. por encargo del emperador Augusto con el fin de glorificar el Imperio atribuyéndole un origen mítico. Virgilio elaboró una reescritura, más que una continuación, de los poemas homéricos tomando como punto de partida la guerra de Troya y la destrucción de esa ciudad, y presentando la fundación de Roma a la manera de los mitos griegos.
Eneas, príncipe de Dardania, huye de Troya cuando la ciudad fue tomada por el ejército aqueo. Entre su gente, van con él su padre (Anquises) y su hijo (Ascanio). Ante la confusión de la fuga Eneas pierde a Creúsa, por lo que regresa y la llama entre las ruinas de la ciudad. Esta se hace presente en forma de aparición y le pide que no vierta más lágrimas por ella, ya que el destino le ha asignado otra consorte de sangre real (La Eneida, Libro II).
Juno, esposa de Júpiter, rencorosa todavía con toda la estirpe troyana, trata de desviar la flota de supervivientes de su destino inevitable: Italia.7
Las peregrinaciones de Eneas duran siete años, hasta que, llegado el último, es acogido en el reino emergente de Cartago, gobernado por Dido (llamada también Elisa de Tiro). Por un ardid de Venus y Cupido, Dido se enamora perdidamente de Eneas y, tras la partida de este por orden de Júpiter, se quita la vida maldiciendo antes a toda la estirpe venidera de Eneas y clamando por el surgimiento de un héroe vengador: de esta forma, se crea el cuadro que justifica la eterna enemistad entre dos pueblos hermanos, el de Cartago y el de Roma, que conduciría a las guerras púnicas.
De camino a Italia, a Eneas se le aparece el alma de su padre Anquises y le pide que vaya a verlo al Averno: Eneas cede y, acompañado de la Sibila de Cumas, recorre los reinos de Plutón, y Anquises le muestra toda la gloria y la pompa de su futura estirpe: los romanos.
Llegados por fin los troyanos a Italia, el rey Latino los recibe pacíficamente, y, recordando que una antigua profecía decía que su hija Lavinia se casaría con un extranjero, decide aliarse con Eneas y darle a Lavinia por esposa.
Trastornado por las Furias, Turno, rey de los rútulos y primo y pretendiente de Lavinia, declara la guerra a Eneas. Los dos ejércitos adquieren aliados y se enfrentan fieramente, ayudados los troyanos por Venus y los rútulos por Juno, sin que intervenga Júpiter. Se producen muertes en ambos bandos y, finalmente, Eneas mata a Turno.
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